Al Qusayr, ciudad sitiada

Publicado por Público.es

Una brisa fresca, que sopla de levante, barre el polvo que se ha ido acumulando en las calles de Al Qusayr estos últimos meses; polvo de las casas derruidas por el fuego de artillería que todas las tardes, al ponerse el sol, cae sobre la ciudad rebelde. Los cascotes inundan buena parte de las calles de la ciudad; mientras que el pavimento de las carreteras está horadado por las mortíferas cargas que escupen las lanzaderas de los morteros y de los cohetes Grad que las tropas del régimen tienen situadas en el este y en el oeste de la ciudad.

Basta un simple paseo por las calles, callejones y avenidas de esta urbe, situada en la provincia de Homs, para ser consciente de lo que supone vivir aquí. La inmensa mayoría de las casas están agujereadas por los fragmentos de metralla que salen despedidos con cada impacto; otras, sin embargo, no han tenido tanta suerte y donde antes estaba el comedor ahora tienen un enorme agujero… “El 70% de las casas de Al Qusayr han sido destruidas o presentan graves desperfectos por los continuos bombardeos que se producen a diario y que tiene a la población atemorizada”, afirma a Público Rifaí, uno de los activistas que trabaja en el Media Center de esta localidad. “Antes del comienzo de la revolución, Al Qusayr tenía cerca de 50.000 habitantes; ahora dudo que queden más de 10.000 y los que se han quedado lo han hecho porque no tienen a dónde ir; permanecer aquí es estar encadenado a una suerte que puede dejar de ser favorable… Nunca sabes dónde van a caer las bombas y tarde o temprano puede ser tu casa”, comenta mientras acompaña a Público por la localidad. Desde el comienzo de la revolución han sido asesinadas más de 400 personas en Al Qusayr; de las cuales 250 han muerto en el interior de la ciudad…

Funeral por una de las víctimas de Al Qusayr. Fotografía: Ricardo García Vilanova

Funeral por una de las víctimas de Al Qusayr. Fotografía: Ricardo García Vilanova

“Hemos calculado que tenemos una media de un muerto diario. Depende del día; algunos hay suerte y no muere nadie”, afirma Hussein, otro de los activistas de la ciudad; pero otras veces la suerte es esquiva con la población civil, como ocurrió el pasado 23 de junio cuando 16 civiles perdieron la vida y otros 37 resultaron heridos. “Una de las bombas cayó cerca de un restaurante e hirió a muchísima gente. Las bombas no discriminan a nadie… Les da igual una niña, un anciano o una mujer. Cumplen su misión a la perfección: matar”, sentencia Rifaí.

Los habitantes de Al Qusayr que han perdido todo lo que tenían se han visto obligados a refugiarse en una escuela que ha sido habilitada para 70 personas que se reparten, como pueden, en las cuatro habitaciones del sótano. “No podemos usar ninguna estancia de la parte superior de la escuela porque somos un objetivo prioritario para el gobierno. El sábado pasado cayeron 18 morteros contra el centro y destrozaron las habitaciones superiores, los niños comenzaron a llorar, pensábamos que íbamos a morir”, afirma Imad que vive aquí con su mujer y sus tres hijos. Llegaron hace tres meses cuando las tropas del régimen les echaron a la fuerza de su casa para ampliar el cordón de seguridad alrededor del edificio que alberga tropas del régimen. “Me sacaron a la fuerza de mi casa y me golpearon en la cabeza con la culata de un AK… nos dejaron sin nada. No nos podemos ir a ninguna parte, yo trabajo en el campo y trabajo para continuar alimentando a mi familia, si nos marchamos a Líbano ¿qué será de nosotros? Yo no quiero caridad, siempre me he ganado todo lo que he tenido con el sudor de mi frente, no voy a empezar a mendigar ahora”, señala tajante mientras muestra los estragos que hicieron los morteros en la planta superior. “No tengo miedo, todos vamos a morir algún… es un honor morir defendiendo la revolución”, comenta mientras muestra un trozo de metralla.

El bazar. El minarete de la mezquita. El Ayuntamiento. El hospital… Nada se ha salvado de la indolente lluvia de muerte que atemoriza a los habitantes de Al Qusayr y que les tiene sometidos desde hace más tres meses. “La mayoría de las tiendas están cerradas, la gente ha huido a Líbano. Las principales rutas de abastecimiento de la ciudad están cortadas o bajo control del ejército regular y empezamos a notar la falta de ciertos productos de primera necesidad; pero de momento resistimos”, comenta a Público Dalal, una mujer que recorre las calles de Al Qusayr cogiendo de la mano a su pequeña… El estruendo comienza a retumbar por las calles de la ciudad, la mujer toma en brazos a su pequeña y emprende la huída.

Varios niños durante una manifestación a la salida de la mezquita. Fotografía: Ricardo García Vilanova

Varios niños durante una manifestación a la salida de la mezquita. Fotografía: Ricardo García Vilanova

Al otro lado de la calle, Khadra, una mujer de avanzada edad nos invita a entrar en su casa. “Bienvenidos”, comenta la anciana. “Hace tres meses que se produjo la primera batalla entre las tropas de Bachar Al Asad y los soldados de Free Syrian Army, cuando estos últimos ajusticiaron a un Shabiha. Los soldados se vengaron yendo casa por casa y deteniendo a todos los hombres y niños que iban encontrando, se los llevaron fuera de las casas y les comenzaron a golpear y a quemar con un cigarrillo mientras las mujeres se quedaban en las casas llorando”, afirma. “Cogieron a uno de los imanes más importantes del pueblo y a dos de mis hermanos y se los llevaron; no hemos vuelto a saber nada de ellos”, atestigua esta antigua profesora de primaria. “Nosotros no necesitamos la caridad de la Comunidad Internacional, no queremos arroz o pasta, no queremos comida; lo que queremos y necesitamos son armas y cohetes para luchar contra Bachar. ¿Para qué necesitamos la comida si nos siguen asesinando igual? No nos sirve de nada si nos continúan matando”. “Me gustaría dar las gracias a China, a Irán, a Rusia y a Kofi Annan por apoyar a Al Asad. Muchísimas gracias por permitir que nos siga matando”, se despide esta mujer de fuertes convicciones políticas e ideológicas.

Fuertes enfrentamientos

Los combates entre las tropas del régimen y los rebeldes son la tónica general en Al Qusayr. En esta ciudad se lucha por cada palmo de terreno. Cada esquina, cada casa, cada piedra suponen una victoria o una derrota; los disparos de armas ligeras se han convertido en la macabra banda sonora de la ciudad. “Hace unos días conseguimos recuperar una antigua clínica que estaba en manos de las tropas progubernamentales,  y gracias a eso ahora podemos descargar un poco de trabajo a los médicos del hospital Mustasfa”, afirma a Público Abu Ahmad, comandante en jefe de una de las tres facciones que operan en la ciudad. “Tenemos muchísimos checkpoints repartidos por toda la ciudad para impedir que las tropas comiencen a recuperar el terreno perdido. Ahora hemos comenzando a realizar operaciones ‘quirúrgicas’, es decir… desplegamos un grupo de hombres y damos un golpe de efecto contra un objetivo prioritario. La misión es ir debilitando al enemigo hasta expulsarlo de la ciudad”, sentencia el comandante. En una de esas misiones los rebeldes consiguieron expulsar del antiguo Ayuntamiento de la ciudad a varios soldados que permanecían atrincherados en la azotea y acabar con “más de media docena de francotiradores que están infiltrados tras nuestras líneas y que matan indiscriminadamente a todas las personas que pasean por la calle, sean civiles o no”, finaliza Abu Ahmad.

“Las tropas del régimen tienen unos 1.500 hombres desplegados alrededor de la ciudad y controlan varios puntos sensibles dentro de Al Qusayr como el hospital Nacional donde tiene 3 comandantes y 80 soldados, además de varios vehículos de transportes de tropas”, comenta Hussein. Público tuvo acceso a información confidencial aportada por tres desertores del ejército nacional que describieron el tipo de armamento y de vehículos; así como las posiciones exactas de varios checkpoints. “Tienen 12 tanques, 2 vehículos acorazados con un cañón de 300mm, 4 baterías antiaéreas, 4 vehículos habilitados para disparar proyectiles Grad, 7 camiones para transportes de tropas, 4 morteros de 120mm, 1 mortero de 80mm y un vehículo desminador”, relata Hussein mientras, sobre un mapa señala las posiciones del ejército de Al Asad dentro de la ciudad. “Por muchas veces que lo intenten no son capaces de penetrar en el interior de la ciudad; y lo único que pueden hacer es continuar castigando a la ciudad con bombardeos; es la única fórmula que tienen que ir minando la moral de la población civil”, sentencia. “Algunas noches hemos llegado a escuchar tres bombas por minuto… una locura”.

Vecinos de Al Qusayr en el interior de la mezquita durante el rezo de los viernes. Fotografía: Ricardo García Vilanova

Vecinos de Al Qusayr en el interior de la mezquita durante el rezo de los viernes. Fotografía: Ricardo García Vilanova

Pero lo cierto es que las tropas gubernamentales aún contralan una parte de la ciudad. “Solo tienen el 15% del total; no es mucho. Controlan el 5% en el este y el 10% del oeste; pero donde se han hecho muy fuertes es en la carretera que une Homs y Líbano, tienen tanques y muchísimos checkpoints, y eso nos dificulta mucho los movimientos”, afirma Abu Ahmad. “Nosotros tenemos casi 300 checkpoints por toda la ciudad y nadie puede entrar sin que lo detectemos”, comenta. Aún así, hay zonas dentro de la ciudad que se conocen como ‘zonas muertas’ porque aún sigue habiendo varios francotiradores del régimen apostados en las casas aledañas y los vehículos tienen que ir a toda velocidad para tratar que las balas no les alcance; aunque no siempre lo acaban consiguiendo.

La silueta anaranjada de las nubes comienzan a difuminarse en el cielo de Al Qusayr, cae la noche… y con ella llegan, puntuales a su cita, los bombardeos. Las calles van quedando desiertas y solo los soldados rebeldes, a lomos de potentes motocicletas se atreven a desafiar a los morteros.

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“Me hice médico para ayudar a salvar vidas; estamos en el bando correcto, junto a los civiles”

Publicado por AFP

“He llorado muchas veces en los últimos nueve meses; sobre todo cuando no he podido hacer nada por los pacientes; y me he quedado junto a ellos hasta que han muerto. He rezado por ellos, por su alma y porque sean acogidos por Alá”, afirma el doctor Kasem Alzein, fundador del hospital clandestino Mustasfa, situado en el corazón de Al Qusayr (provincia de Homs). “Lloro, sobre todo, cuando se me muere un niño entre los brazos porque me recuerda a los míos”, comenta a AFP este padre de tres niños pequeños sin evitar que la emoción embargue sus palabras; hace una pausa para recuperarse. “Hace dos meses recibí a cinco niños; todos habían sido alcanzados por la metralla de un mortero. Tenían heridas muy graves en la cabeza o en el pecho y algunos ya llegaron muertos al hospital y a los otros traté de salvarlos la vida. Hice todo lo que estuvo en mi mano; pero al final murieron los cinco”, recuerda mientras encoje la cabeza; como cada día la artillería del régimen comienza a castigar las inmediaciones del hospital.

Un grupo de hombres traslada a un herido al interior del hospital. Fotografía: Ricardo García Vilanova

Un grupo de hombres traslada a un herido al interior del hospital. Fotografía: Ricardo García Vilanova

Este hospital clandestino está ubicado en una antigua casa en el centro de la ciudad. Fundado hace nueve meses por médicos y enfermeros sirios que lograron escapar del Hospital Nacional de Al Qusayr (bajo mando de las tropas del régimen) recibe mensualmente cientos de pacientes y se ha convertido en la única tabla a la que los habitantes de esta ciudad rebelde se pueden aferrar. “Recibimos, al mes, 570 pacientes que presentan heridas por culpa de las bombas que caen constantemente en la localidad; y luego unos 100 por culpa de heridas de bala, sobre todo de los francotiradores  que están ocultos en los edificios de la ciudad. Este es el motivo por el que nos hemos convertido en un objetivo prioritario para el régimen; por eso nos bombardean constantemente”, asevera el doctor.

La fachada de esta antigua casa presenta un enorme agujero cuando una bomba impactó de lleno en la parte superior. Desde entonces el personal médico del hospital sabe que cada día puede ser el último en sus vidas. “Todo el personal tiene miedo porque estamos buscados por el régimen y si nos detienen nos ejecutaron por traidores a la patria. Nos ejecutan por hacer nuestro trabajo, por salvar vidas. Nos hemos convertido en enemigos”, sentencia.

El personal médico del hospital atienden a uno de los heridos en los pasillos del centro médico. Fotografía: Ricardo García Vilanova.

El personal médico del hospital atienden a uno de los heridos en los pasillos del centro médico. Fotografía: Ricardo García Vilanova.

“No creo que este hospital sea el infierno… Una vez que llegas al infierno no hay ninguna esperanza; y nuestro trabajo es devolver la esperanza a la gente, nuestro trabajo es salvar vidas… No, no creo que sea el infierno; más bien… Estamos a medio camino entre el cielo y el infierno; y aquí tratamos de que aún quede un rayo de esperanza para esta gente”, reflexiona Hasim Kuliani, uno de los enfermeros del hospital.  “En un lugar como este todo el mundo tiene miedo pero la misión de los médicos y de los enfermeros es estar aquí, no podemos dejar a la población civil sola y abandonada porque moriría y eso no lo podemos permitir. Nos bombardean todos los días así que es normal tener miedo… pero no nos moveremos de aquí”, afirma a AFP Kuliani que hace meses, al igual que todos sus compañeros, no recibe salario alguno por su trabajo y que tiene que poner dinero de su propio bolsillo para poder pagar las medicinas que reciben los pacientes de este hospital clandestino. “No tenemos el material necesario para ayudar a los pacientes más graves. Nos falta un neurocirujano y por eso si los heridos presentan heridas en la cabeza la única solución es enviarlos a Líbano para que allí les puedan atender; aquí solo podemos rezar por ellos; nada más. En cuanto al resto de pacientes… Si sus heridas son muy graves, poco podemos hacer salvo tratar de mitigar su dolor y hacer que su muerte sea lo menos dolorosa posible; el resto está en manos de Alá y de los doctores”, afirma el doctor Saleh Mahmut Sadir.

Este hombre, de mediana edad, tuvo que ver como su hijo murió entre sus propios brazos cuando una bomba lo alcanzó de lleno; pero a pesar de haber pasado por semejante trauma acude a diario a trabajar en el hospital. “Mi deber y mi misión es seguir trabajando hasta que el régimen caiga. Yo me hice médico para ayudar a salvar vidas; estamos en el bando correcto, junto a los civiles”, afirma tajante.

La conversación se interrumpe por un fuerte pitido en el exterior del hospital. El personal médico se moviliza. Carreras por los pasillos del edificio. Nervios… Comienzan a llegar los primeros heridos por el bombardeo matutino. Un hombre transporta entre sus brazos el cuerpo inerte de una niña de 11 años… Un intermitente reguero de sangre marca el camino hasta la sala de urgencias. El hombre, con la camisa cubierta de sangre deja la niña sobre una de las tres camillas. Esta muerta. La metralla la destrozó el cráneo y solo pueden certificar su muerte. Pocos segundos después un nuevo pitido… Los enfermeros sacan en volandas a dos niños, de 3 y 4 años, de un coche y los llevan corriendo al interior del hospital. Tienen la cara llena de sangre pero están bien. “Solo tienen unos cortes en la cabeza y en las extremidades. ¿Entiendes ahora porque nos tenemos que quedar? Nos quedamos por ellos… por el pueblo”, sentencia el doctor Sadir mientras tapona la herida de la cabeza de uno de los pequeños.

El personal médico amortaja el cadáver de un hombre fallecido a consecuencia de una herida de metralla. Fotografia: Ricardo García Vilanova

El personal médico amortaja el cadáver de un hombre fallecido a consecuencia de una herida de metralla. Fotografia: Ricardo García Vilanova

El agudo llanto del más pequeño taladra los oídos del personal médico. El niño clava los ojos en el cuerpo inerte de su hermana que permanece con los brazos extendidos sobre la camilla mientras Um Mohammad, una de las dos enfermeras, venda la herida. “Si fuera mi hija no la querría ver así”, confiesa mientras trata de reprimir el dolor y la rabia que atenazan su cuerpo. “Todos los días tenemos que ver las mismas heridas… No hay un solo día que no haya un muerto en Al Qusayr”, se queja mientras el llanto del pequeño apaga su voz.

Um Amaar, la otra enfermera, trata de limpiar la sangre que cubre el rostro del otro niño mientras otro compañero le sutura el corte por donde mana el líquido rojizo. Las bombas continúan cayendo sobre el hospital. ¡BBBBooooommmmmmm! Uno de los proyectiles ha alcanzado de lleno el edificio y ha reventado los cristales de la sala de urgencias. Los enfermeros trasladan a los heridos al interior de la casa… El hospital se ha convertido en un caos absoluto. Lo heridos no paran de llegar y los van colocando en el pasillo como pueden. “Siempre prima la vida por encima de la muerte… En casos como este damos prioridad a aquellos que pensamos tienen posibilidades de sobrevivir a una cirugía; no podemos perder tiempo ni dar las mismas oportunidades a todos; porque sino, al final no conseguiríamos salvar ninguna vida. Sé que no suena muy justo, pero es que la guerra nunca es justa. Tenemos que elegir quien vive y quien muere… Pero al final del día pensamos… No, no hemos sido nosotros los que los hemos matado, sino las bombas de Al Asad”, afirma Rabia Issmail, el enfermero jefe que va haciendo un rápido chequeo a los pacientes según van ingresando en el centro. “La mayoría de heridos que recibimos son por la metralla. Algunos llegan destrozados y no podemos hacer nada… A otros tratamos de salvarles las extremidades, pero si vemos que no es posible, amputamos… La vida siempre es más importante que un brazo o una pierna”, finaliza este enfermero que se acaba de graduar en la universidad. “Jamás pensé que vería un lugar como este… jamás”, confiesa mientras se limpia el sudor de la frente.

Las motos. Los camiones. Los coches particulares e incluso los tractores agrícolas… Todo vehículo motorizado se ha convertido en las improvisadas ambulancias de este hospital. “Normalmente las motos son el medio más rápido para trasladar heridos porque pueden ir mucho más rápido que los coches… Pero cualquier vehículo es válido. El problema es que los francotiradores  empiezan a disparar a todo lo que se mueve y más de una vez han alcanzado a la ambulancia”, afirma Issmail.

A los pacientes más graves tratan de estabilizarlos y los mandan a la frontera para que en Líbano puedan hacer algo más que ellos. “Aquí carecemos de todo, lo que hacemos es mandamos coches a la frontera con Líbano para que puedan cruzarla y llegar a Balbek o a Trípoli y  allí los tratan. El problema es que la frontera casi siempre está cerrada entonces es cuando intervienen los voluntarios que sacan al herido en camilla fuera del país”, relata el doctor Kasem Alzein. “Pero muchos acaban muriendo en este viaje”, afirma apenado.

Poco a poco el hospital va recuperando la calma; la tensión y los nervios van disminuyendo con el paso de los minutos. El bombardeo ha bajado de intensidad. “Recuerdo en una ocasión que recibimos más de 50 pacientes un solo día. Teníamos tantos que tuvimos que colocarlos en el jardín del hospital mientras fuera seguían cayendo las bombas. Una de ellas estalló a 15 metros del hospital y mató a un hombre que venía a donar sangre”, recuerda Rabia Issmail con una sonrisa de ironía. “Pero a pesar de todo nosotros comenzamos a suturar las heridas menos graves en el exterior del hospital aún arriesgo de que nos cayese una bomba encima. Creo que en mi vida he pasado tanto miedo como ese día”, sentencia.

Traslado de un herido hacia la frontera con Líbano. Fotografía: Ricardo García Vilanova

Traslado de un herido hacia la frontera con Líbano. Fotografía: Ricardo García Vilanova

Este pequeño hospital de campaña se ha convertido, a todos los efectos, en la última esperanza que tienen los habitantes de Al Qusayr para no caer en la desolación. En las manos de estos médicos y estos enfermeros está la diferencia entre la vida y la muerte y mientras les quede una sola gota de aliento la usarán para continuar salvando vidas en este lugar próximo al infierno.

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Viaje al corazón de la Siria libre

Reportaje de A. Pampliega publicado en R21

“Siria no es Irak, no es Libia, no es Egipto… aquí todos los días mueren entre 20 y 30 personas. No es un lugar seguro para nadie. Tenéis que tener claro donde vais” afirma sin pestañear Nadir, un antiguo profesor de baloncesto reconvertido en traficante de personas. Él es nuestro enlace para poder entrar de manera ilegal dentro de Siria, un país blindado a la prensa internacional por su presidente, Bachar Al Assad.

La poca información sobre lo que está pasando dentro de Siria sale a cuenta gotas gracias a los videos que cuelgan los activistas en internet; donde muestran, sin ningún tipo de pudor, las palizas o las masacres que comete el régimen contra aquellos que se niegan a acatar el poder establecido. La información es escasa mientras la violencia y la represión continúan cebándose con los más desfavorecidos: los civiles.

Un grupo de personas embutidos en uniformes militares golpean sin piedad a un hombre que está tendido en el suelo protegiéndose la cabeza con los brazos mientras la lluvia de patadas no cesa ni un solo instante. Son los Shabiha (sicarios), la guardia pretoriana del régimen. Temidos por su crueldad y por su brutalidad su misión principal es la de infundir pánico entre los sirios; y son únicos consiguiendo su objetivo. Cuerpos esculpidos a base de pesas y hormonas son la cara dura del régimen de Bachar Al Assad. “Los soldados sirios que se niegan a abrir fuego contra los civiles en las manifestaciones son ejecutados sistemáticamente por los Shabiha. No tienen piedad de nadie… venderían a su madre por dinero”, sentencia Nadir mientras nos muestra las diferentes facturas que estos energúmenos con pinta de cowboys musculosos dejan en todo aquel que cae al alcance de sus manos.

Torturas y munición ilegal
“Cada día el pueblo sirio sale a la calle para manifestarse contra el régimen de los Assad y cada día el ejército abre fuego contra ellos y mata entre 15 y 20 personas. Todos los días… Todos los días”, hace hincapié Saadallah. Este activista es uno de los encargados de sacar a los enfermos más graves fuera de Siria. “Los hospitales sirios no son seguros para los heridos. Los doctores y las enfermeras torturan a los pacientes. Les clavan agujas en la piel o le queman el cuerpo con cigarrillos para que confiesen”, afirma. “Hemos trasladado a heridos con graves amputaciones por culpa de la munición que utilizan las tropas leales al régimen hasta gente que ha sido brutalmente torturada… Incluso que les han arrancado los ojos”, sentencia.

Cientos de personas salen a la calle en la ciudad de Kamsafra para protestar contra el régimen de Bachar al Asad. Fotografía: Ricardo García Vilanova

“A uno de mis primos le torturaron. Le hicieron cortes por todo el cuerpo con un cuchillo y le dejaron que se muriese desangrado”, confirma a este periódico Yami, herido durante una manifestación en la ciudad de Latakia. “Mis amigos me llevaron a un hospital sirio y el personal del propio hospital me denunció a la Mujabarat (espías) para que me interrogasen. Estuve cambiándome de hospital en hospital varias veces hasta que puede cruzar la frontera ilegalmente”, afirma este joven cuya pierna izquierda a penas la puede mover desde que una bala le desgarrase los músculos y varios nervios.

“Los casos más comunes que recibimos son por culpa de balas explosivas. Es una munición que una vez penetra dentro del cuerpo explota provocando heridas muy graves afectando, incluso a órganos vitales. Muchas de las heridas no las podemos tratar llegando a tener que amputar los miembros afectados porque están destrozados”, afirma el doctor Hassan Nayer.

Este médico de larga trayectoria profesional se muestra horrorizado con lo que ve casi a diario. “En mi vida había visto un tipo de munición como esa y unas heridas tan graves. En ocasiones, no nos queda más remedio que amputar… Más del 80% de los heridos que recibimos son por culpa de estas balas explosivas”, afirma este ex-represaliado político que tuvo que huir de Siria en los ’80. Ahora, desde Turquía, se ha convertido en la retaguardia de la oposición. Desde un hospital turco atiende a los sirios que llegan gravemente heridos.

“Bienvenidos a la Siria libre”
El viaje hasta Jabal Zawiya (“la esquina de las montañas”, en árabe) es largo y penoso. Los tres informadores españoles nos tenemos que mover entre sombras. Agazapados para que las tropas de Bachar Al Assad no se percaten de nuestra presencia y nos arresten. De zulo en zulo y escondiéndonos como alimañas logramos llegar a la única zona en todo el país bajo el dominio del Ejército Libre Sirio (ELS). A la entrada de este reducto rebelde una enorme bandera tricolor (verde, blanca y negra; con tres estrellas rojas) nos da la bienvenida. No hay duda… Hemos llegado a nuestro destino.

Esta región, compuesta por unas 40 villas y donde viven 50.000 personas, se ha convertido en un quebradero de cabeza para el régimen. El ELS es ahora la autoridad… su presencia es más que evidente, hombres armados se pasean en coches y camionetas armados con vetustos Kalashnikov y guerreras militares. Pero aunque quieren dar la sensación de poderío todo es un espejismo en este gigantesco tablero de ajedrez que se ha convertido la región.

La retirada del ejército es sólo un espejismo. La bota sigue presionando el cuello de los sirios que viven en este pequeño reducto rebelde a la espera de las embestidas de la maquinaria bélica del régimen. Ocupado en frenar las revueltas a golpe de balas y bombas en Homs, Hama y el resto de grandes ciudades del país, Al Assad deja, de momento, que en Jabal Zawiya se respire ‘Libertad’. “Tenemos que esperar un par de horas para continuar. Los soldados han comenzado a disparar contra nuestras posiciones y no podemos seguir”, afirma Mohammad nuestro ángel de la guardia mientras estuvimos en siria.

Soldados del Ejército Libre Sirio montan guardia delante de uno de sus cuarteles situados en la localidad de Jabal Zawiya. Fotografía Ricardo García Vilanova

En esta zona se juega al ratón y al gato… Los rebeldes huyen de los soldados sirios y cuando estos se retiran a la retaguardia vuelven a tomar posiciones declarándola de nuevo como zona liberada. Un sentido en una guerra civil donde el peso de los contrincantes está claramente a favor de un bando…Todo, en esta revolución es caótico.

El Free Army
Exmilitares. Civiles. Granjeros. Estudiantes universitarios Cientos de hombres. “Miles”, afirma Abu Mujaidin, jefe militar de los rebeldes en la zona liberada, se han unido para hacer frente a la opresión del régimen. Pero no son suficientes. A penas tienen medios para hacer frente a las embestidas de las tropas del régimen. Su misión principal es la de “defender a los civiles que salen a la calle para protestar contra el régimen”, sentencia este desertor reconvertido en jefe guerrillero.

La mayoría de hombres que empuñan armas en Jabal Zawiya son desertores que dejaron el ejército regular cuando les ordenaron disparar a matar contra civiles en las manifestaciones. Jóvenes, inexpertos e imberbes, en su mayoría, muestran a los periodistas sus carnets que les acreditan como antiguos soldados del Ejército de Asad. Si caen en manos de los regulares del régimen serán ajusticiados; y lo saben, por eso se cubren el rostro con pasamontañas o pañuelos palestinos… “En una manifestación mi superior me ordenó disparar a matar contra los civiles. Estuve en cinco manifestaciones antes de atreverme a desertar y en todas vi cómo el Ejército mataba inocentes. Estuve preso una semana por disparar al aire en una manifestación. Cuando salí pude escapar y unirme al ELS”, dice Ahmed, de 29 años.

Muchos de ellos han visto, con sus propios ojos, la suerte que corren los desertores o los que se han negado a abrir fuego contra los civiles. “Le quemaron el cuerpo con cigarrillos. Le rompieron todos los huesos de las manos con un martillo, le abrieron el vientre con un cuchillo y le sacaron las vísceras”, afirma Abu Assiss mientras muestra el vídeo donde aparece el cadáver de un amigo suyo asesinado por los hombres de Asad. “Era un soldado y se negó a disparar contra civiles en una manifestación”. “Nuestra misión es defender a los manifestantes con las armas que tenemos, poco más podemos hacer contra las tropas de Bashar”, se queja Abdul (22 años) que estuvo seis meses alistado en la unidad 259; la primera creada para combatir las revueltas populares.

Nuestro viaje por las entrañas de la Siria Libre continúa, la próxima parada es el hospital de Kam Safra, capital rebelde. Esta clínica fue fundada en 1998 y desde entonces siempre había funcionado como clínica local hasta el comienzo de la revuelta cuando se convirtió en hospital de campaña. Es el punto de partida de muchos de los heridos que acaban cruzando la frontera con Turquía.

Un quirófano, una sala de curas, seis habitaciones, media docena de enfermeras y dos doctores… Esas son las credenciales de este lúgubre lugar que tiene más pinta de clínica veterinaria que de hospital. “Aquí han muerto más de 20 pacientes, muchas veces nos traen a muchos heridos a la vez y no damos abasto para atender a todos. Algunos se nos han muerto mientras esperaban”, se lamenta este doctor sin nombre ni rosto.

La situación de este hospital es tan precaria que apenas tiene anestesias “como mucho para un par de operaciones más”, confiesa. Las medicinas son escasas y son los propios trabajadores del hospital los que tienen que arriesgar sus vidas para ir a buscarlas en pueblos cercanos donde la presencia del ejército leal al régimen es muy numerosa; y lo poco que les llega es de manera ilegal a través de la frontera con Turquia. “Por no tener no tenemos ni frigorífico. Cuando necesitamos hacer una transfusión de sangre la hacemos en el momento, sacamos sangre del donante y la inyectamos al paciente para que no se muera”.

La noche se nos echa encima pero antes de que el día llegue a su fin aún nos queda una última parada. Las voces retumban en la localidad de Ebdita donde el pueblo se ha echado a la calle para clamar contra Al Assad. “Bachar, Bachar vete fuera”, “Fuera, Fuera Al Assad”. Los cánticos de cientos de personas rasgan la fría noche. “Bachar es un terrorista como Franco”, apunta uno de los organizadores de la manifestación. “Queremos que Bachar se vaya a Irán con sus amigos, no queremos que se quede en Siria”, señala otro mientras rodean a los tres informadores para expresar su indignación por la situación en la que se encuentran.

Manifestación en la localidad de Ebdita donde los vecinos salieron a la calle para clamar la marcha del régimen. Fotografía Ricardo García Vilanova

Los niños, situados en las primeras posiciones de la manifestación portan pancartas escritas a manos con lemas contra el régimen y pidiendo la ayuda de los países extranjeros para frenar la sangría de civiles. Las nuevas banderas hondean al viento mientras la gente sigue clamando por la libertad. “Siria Libre, Siria Libre”, gritan dejándose el alma…

“Somos pobres, no tenemos nada que perder, por eso salimos a la calle a protestar contra el régimen”, afirma Yousef Khatif, uno de los organizadores de la manifestación. “Cada una de las personas que está hoy aquí tiene un motivo para protestar. El gobierno nunca hizo nada por ellos, por lo tanto no tienen que estar agradecidos a Bachar por nada”, sentencia. “El gobierno nos impuso esta guerra, nosotros nos manifestábamos pacíficamente; fueron ellos los que empezaron a dispararnos y los que empezaron a matar civiles”, señala… Unos destellos rojizos surcan el cielo. “Nos están disparando”, confirma Khatif con cara de preocupación mientras nos invita a subir a la azotea de un edificio desde donde podemos ver las posiciones del ejército sirio.

“En esta revolución cada muerto saca a la calle a cientos de personas que hasta ese momento estaban en su casa”, finaliza Khatif mientras los manifestantes, poco a poco, van marchándose y los ecos de libertad comienzan a enmudecer. “Las tropas de Bachar se dirigen hacia aquí, hay varios tanques a menos de un kilómetro de distancia, si os encuentran aquí os van a matar”, comenta Mohammad con cara de preocupación… Nos hemos convertido en testigos muy incómodos para el régimen.

Nuestra última parada del día es Kam Safra… Aquí nos encontramos con la otra imagen de la revolución. En las entrañas de un camión, cubierto por unas gruesas mantas, reposa el cuerpo sin vida de un joven soldado del ESL. Estaba en un puesto de control atacado por los soldados del régimen. Su padre y su hermano se llevarán su cadáver a Aleppo, su ciudad natal y donde descansará junto con el resto de mártires que se sigue cobrando esta revolución.

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“Espero poder regresar algún día a mi país”

Reportaje de A. Pampliega publicado por AFP

Nafisa duerme profundamente ajena a todo. A su lado, Fátima, su madre comienza a hacerla carantoñas para arrebatarla de los brazos de morfeo. Le susurra tiernas palabras mientras la niña abre, poco a poco, los ojos… Estira los brazos y bosteza. Su madre sonríe y le da un beso en la frente. Los primeros rayos de sol han comenzado a asomarse por el horizonte bañando los campos de cultivo de Siria.

En unas pocas horas, si todo marcha bien, estarán al otro lado de la frontera; en Turquía, para empezar de cero lejos de las garras de la guerra. El pequeño Alí, a su lado, ya vestido, juega con un pequeño tractor naranja por la alfombra de la habitación. El pequeño corretea por la estancia feliz mientras sus padres se afanan en guardar las pocas pertenencias que han podido cargar con sigo en varias bolsas de deporte a punto de reventar. Apilan los bultos en una fría esquina de la casa donde han tenido que pasar la noche. “Me llevo a mi familia lejos de Siria. Jamás me perdonaría que les pasase algo… Me rindo, no puedo seguir luchando más. Espero por regresar algún día a mi país…El día en el que seamos libres y el tirano se haya marchado para siempre”, afirma Ahmed Ben Habib mientras apura un cigarrillo. Este hombre, de 30 años, junto con su familia consiguió escapar de la ciudad de Idlib después de la dura ofensiva lanzada por las tropas de Bachar Al Asad. Cargó en su coche varias bolsas y condujo hasta ponerlos a salvo a todos. “Los soldados tenían rodeada la ciudad. Tuvimos que huir de noche… Comenzaron a dispararnos, pero gracias a Dios no pasó nada. Nos quedamos unos días en casa de unos amigos y hoy cruzaremos la frontera”, sentencia mientras no puede reprimir un largo y profundo suspiro.

Los ojos de este joven hombre han visto horrores inenarrables. “Los soldados detenían a la gente, la ataban las manos a la espalda, la rociaban con gasolina y les prendían fuego… Por eso huimos; porque tenemos miedo”, comenta mientras ayuda a su hermano, Mohammad a ponerse en pie. El joven resultó malherido hace varios meses en su pierna izquierda por culpa de la esquilar de un proyectil; apenas puede valerse de sí mismo para andar y tiene que apoyarse en el hombro de su hermano mayor. Necesita llegar urgentemente a Turquía si no quiere quedar lisiado para siempre. “No me atreví a ir a los hospitales públicos. Allí los médicos y los enfermeros torturan a los heridos hasta que confiesan… Aunque no hayan hecho nada. Incluso ponen inyecciones letales a los pacientes”, comenta este joven mientras una mueca de dolor se le dibuja en el rostro a cada paso que da. Son las siete de la mañana…

Llaman a la puerta. “Yallah, Yallah (vamos, vamos, en árabe)”, canturrea uno de los cuatro hombres que conducirán a la familia y al equipo de periodistas de AFP hasta la frontera con Turquía para que puedan abandonar ilegalmente el país. Cuatro bolsas de deporte y tres de plástico… Ese es todo el equipaje que la familia Ben Habib guarda en el maletero de un viejo ‘Kia Rio’. Al volante, un hombre del Free Syrian Army chequea por un walkie-talkie el estado de las carreteras. “Todo despejado hasta destino”, escupe una voz metálica entre cortada.

La comitiva se pone en camino desde Sardana, a unos 15 kilómetros de la frontera… hasta un lugar seguro desde donde tendremos que ir andando hasta cruzar la valla que separa Siria de Turquía. El coche devora los kilómetros a toda velocidad esquivando barricadas colocadas por los rebeldes a lo largo del camino… atravesamos varios pueblos donde los aldeanos nos observan intrigados y con envidia por poder abandonar el país.

Una familia de refugiados sirios espera, junto a la alambrada que separa Siria de Turquía, a la llegada de los soldados turcos para poder pasar y obtener el estatus de refugiados. Fotografía Ricardo García Vilanova

Los coches se detienen en un huerto de olivos donde otras cuatro personas, con varias bolsas a sus pies, esperan sentadas a la sombra. Hoy, en total, cruzaremos10 personas la frontera… La marcha es lenta y penosa. La mañana ha impregnado de rocío los campos sirios convirtiendo la tierra en barro. Uno de los hombres del free Army carga sobre su espalda a Mohammad… Es la única forma de que pueda alcanzar la frontera. Unos metros más atrás Nafisa y Ali caminan, al final de la comitiva, de la mano de su madre… Les cuesta avanzar y hacen que la marcha se detenga en varias ocasiones hasta que su padre decide cargar con la más pequeña sobre sus hombros. La carencia de la respiración se entremezcla con el trinar de los pájaros; los hombres hablan a susurros… Es posible que haya soldados del régimen apostados a lo largo de la frontera para evitar la fuga de refugiados. Toda precaución es poca. Nos detenemos a descansar tras un olivo centenario, alejados de la carretera y de miradas indiscretas. “Los que huimos del país lo hacemos porque estamos amenazados de muerte por el régimen… Tras la toma de Homs e Idlib ya no tenemos esperanzas”, comenta a AFP Abu Mustapha. “Tengo a toda mi familia en los campos de refugiados de Turquía y me voy a reunir con ellos”.

A lo lejos, mecida por el viento… Una enorme bandera de color rojo. Turquía… En lo alto de la loma un pequeño cuartel militar domina la llanura. La comitiva se detiene, después de una hora de marcha, a escasos metros del alambre de espino que delimita los dos países. Uno de los rebeldes llama por teléfono y comienza a hablar. La gente se sienta en el suelo a esperar… La incertidumbre y la inquietud se apoderan del grupo. Miran para el cuartel esperando movimiento; pero no ocurre nada. Miradas de temor invaden el rostro de los desplazados. Si los turcos no les aceptan no tendrán más remedio que volver a sus hogares; y a muchos les espera una muerte más que segura… Otra opción sería volver a intentarlo mañana o pasado… y así hasta poder cruzar al otro lado.

Tras media hora de espera dos vehículos militares descienden de la loma en dirección a la valla fronteriza. Varios uniformados descienden de los coches y saludan a los refugiados. Una sonrisa… Buenas palabras… gestos que cuesta creerlos viniendo de donde vienen. Dos rebeldes cruzan la frontera y saludan cortésmente al capitán turco. Le estrechan la mano. No es la primera vez que estos hombres pasan a refugiados por este lado de la frontera. De hecho… lo hacen cada día desde hace más de un año, ellos son los encargados de escoltar fuera de Siria a los miles de refugiados que han ido abandonando el país durante este último año.

En un punto del alambre de espino los rebeldes han colocado una pesada puerta metálica dejándolo a ras de suelo y abriendo una puerta a la libertad. Mohammad es ayudado por su hermano a cruzar la frontera; los soldados turcos colocan una colchoneta en el suelo para que se pueda sentar a descansar hasta que venga la ambulancia… El resto de hombres se van poniendo en fila de a uno y van cruzando al otro lado. Allí los cachean y revisan sus bolsas para comprobar que no llevan armas consigo. Los pequeños, junto con su madre, son los últimos en pasar. Nafisa mira hacia atrás… Un último vistazo al que ha sido su hogar durante tres años.

Los militares turcos ofrecen a los recién llegados un vaso de agua y les invitan a sentarse en el suelo mientras, uno a uno, van preguntando por sus nombres y apellidos. No hay malas caras, ni malos gestos… La ambulancia no tarda en llegar. Dos enfermeros descienden de ella rápidamente para revisar la pierna de Mohammad. Lo colocan en una camilla y se lo llevan al hospital de Reyhanli, a 10 kilómetros de distancia. “Todos los días recibimos pequeños grupos de refugiados en Turquía. Sobre todo se producen antes y después de cada ofensiva. Son familias enteras u hombres que acuden a reunirse con sus mujeres y a sus hijos en los campos de refugiados”, afirma a AFP el capitán Toremis. “Les pedimos su identificación… y los trasladamos a los campos”, sentencia.

La guerra continúa castigando a la población siria y cada día decenas de familias como la de Ben Habib emprenden un largo camino hasta la frontera para huir del caos que asola su país.

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El horror de Sermen

Reportaje de A. Pampliega publicado por AFP

El hedor de la muerte cubría como una fina película el aire de la ciudad de Sermen (a 6 kilómetros de Binnish). El horror, el miedo, el pánico y el silencio estaban gravados en cada calle, en cada casa y en cada rincón de esta pequeña localidad. Calles desiertas llenas de cascotes, de escombros y salpicadas de enormes cráteres de los obuses. El fuego ilumina la porosa noche mientras devora, con parsimonia, varias viviendas. El humo enrarece el ambiente dando unas pinceladas siniestras a este macabro cuadro.

Durante dos interminables días, las tropas de Bachar Al Asad convirtieron esta ciudad en un infierno. 90 carros blindados (70 desde el este y 20 desde el oeste), cuyas huellas aún están frescas sobre el pavimento, y más de dos mil soldados de infantería sometieron a sangre y fuego a esta ciudad rebelde. Un castigo demasiado excesivo para esta diminuta localidad donde sus habitantes quedaron a merced de las enfurecidas hordas progubernamentales a quienes no les tembló el pulso a la hora de ajusticiar a sus habitantes. “Los soldados del régimen sacaron a tres personas del interior de una casa, los ametrallaron en medio de una calle, los rociaron con gasolina y posteriormente les prendieron fuego para que todo el mundo pudiera verlo”, sentencia un horrorizado Abu Omar mientras conduce al equipo de AFP por las ruinas de este reducto rebelde reducido a cenizas, cascotes y escombros.

Una familia trata de escapar de la ciudad de Sermen. La represión del régimen dejó 17 muertos y un centenar de heridos. Fotografía Ricardo García Vilanova

Historias terribles se van sucediendo por doquier. Matanzas indiscriminadas. Asesinatos selectivos. Brutales palizas… Durante 36 horas, Sermen contempló horrorizada la implacabilidad de unas tropas que no muestras piedad allí por donde van. “Irrumpieron en uno de los hospitales clandestinos de la ciudad. Y dispararon a cuatro soldados del Free Army que estaban heridos. Dispararon hasta que se les acabaron las balas”, denuncian los vecinos. Este hospital clandestino fue la punta de lanza de la asistencia sanitaria para los cientos heridos que dejó esta brutal acción por parte de las tropas gubernamentales. Aún se podían ver las gasas cubiertas de sangre, así como enormes surcos del líquido rojizo embadurnando la ropa y el suelo del patio de la casa que sirvió como hospital… Pero no todos los heridos tuvieron la fortuna de llegar hasta aquí. “Los francotiradores disparaban indiscriminadamente contra la gente que trataba de huir. Y permanecían tirados en la calle hasta que morían desangrados”, narra Yousuf un joven imberbe que ha visto con sus propios ojos el horror y la barbarie.

A medida que nos adentramos en el interior del pueblo la destrucción es más palpable. El Free Army y las tropas sirias lucharon calle por calle, callejón por callejón, casa por casa… Corredores horadados por multitud de impactos de bala cuyo suelo, tapizado con cientos de casquillos, narran una historia de guerra y lucha de magnitudes bíblicas. Los soldados rebeldes, superados en número, tuvieron que huir dejando la ciudad a merced de los soldados del régimen. “Los combates duraron pocas horas. Los hombres del Free Army no pudieron presentar batalla contra las tropas de Al Asad; y cuando se vieron desbordados decidieron marcharse de la ciudad… Entonces fue cuando las tropas tomaron el pueblo con más de 2.000 soldados y comenzaron las ejecuciones sumarias, los arrestos y las palizas”, sentencia Abu Omar.

Un niño muestra restros de metralla durante el funeral de una de las 17 víctimas que murieron durante la ofensiva en Sermen. Fotografía Ricardo García Vilanova

Ni siquiera la mezquita se consiguió librar del odio y de la destrucción que abrigó Sermen durante dos días. Dos enormes cráteres del tamaño de un coche fueron cincelados por un blindado del régimen en los muros de piedra caliza. El interior del templo está cubierto de piedras centenarias procedentes de las paredes de esta mezquita Omeya. El verde de las alfombras se pierde entre montañas de escombros, millares de cristales de las desvencijadas ventanas y el polvo de la guerra. En el exterior del patio un francotirador arrebató de cuajo la vida de Mahmut Ali Alu. Las frías losas del suelo aún conservan sus últimas bocanadas de vida mientras un chorro de agua, proveniente de una manguera, arrastra con cadencia la sangre hasta un sumidero. El olor metálico hace recordar a los habitantes de Sermen lo que aquí ocurrió. “Mahmut estaba rezando dentro del templo cuando los tanques comenzaron a atacar y cuando trató de huir lo cazaron como a un perro en la puerta…”, afirma el muecín de la mezquita mientras se queja de que “las tropas entraron dentro del templo y rompieron varios ejemplares del Corán”.

Los pocos habitantes que aún permanecen en Sermen (sólo un tercio del total) se afanan por limpiar las calles amontonando los desechos en montoncitos que salpican la carretera. Los hombres tratan de rescatar de sus hogares y de sus negocios los pocos objetivos de valor que han conseguido aguantar la furia de las bombas. Las escobas acarician el suelo levantando nubes de polvo que envuelven la calle del Bazar, una de las arterias principales de Sermen. Mientras, un ejército de niños muestran fragmentos de metralla, restos de obuses, balas de 40mm y casquillos de Kalashanikov… Suvenires macabros que guardan estos tiernos coleccionistas de la guerra.

“¡Dios es grande! ¡Dios es grande!”. Desgarradores gritos irrumpen en el triste silencio que embarga la ciudad. “¡Dios es grande!”… Cientos de personas, cual ángeles de la guarda, escoltan por las calles principales de Sermen un cuerpo amortajado. Las lágrimas recorren el rosto de los hombres que portan, sobre sus propios hombros, un improvisado altar. Una sábana salpicada de sangre donde varias flores amarillentas dan un poco de color a la fría muerte cubre el cuerpo sin vida del último Shaheed (mártir, en árabe) de Sermen. Ahmad Ben Muhsen Qaruosh, de 13 años, murió cuando la metralla de una bomba le impactó de lleno contra su cuerpo. Su hermano mayor y su tío abren la marcha fúnebre mientras cientos de hombres lanzan consignas contra Al Asad… Cada muerto lo sienten como suyo. Uno más de ellos… en total 17, en sólo dos días de horror y destrucción.

Familiares de Ahmad Ben Muhsen Qaruosh, de 13 años, no pueden reprimir las lágrimas. Un tanque le arrebató la vida. Fotografía Ricardo García Vilanova

“Estaba en casa cuando los tanques empezaron a abrir fuego el pasado jueves. Sobre las 3.30 de la tarde comenzaron a disparar y un proyectil lo mató a las cuatro. Hemos esperando tanto tiempo para enterrarlo porque queríamos pasar un poco más de tiempo con él. Nos queríamos despedir con calma… para poder recordarlo”, afirma su tío, destrozado por la tragedia.

El hermano, fuera de si, comienza a disparar al aire su AK hasta agotar la munición del cargador. Se detiene un segundo para volver a recargar. Los chasquidos de las balas atenazan a la comitiva. El odio nubla su mirada. Y la venganza guía sus dedos hasta el gatillo para descargar toda la rabia que invaden sus entrañas. Hacen falta hasta dos hombres para reducirlo y quitarle el arma de los dos…  Los lloros y los sollozos de los familiares desgarran la soleada mañana. Seis hombres introducen el cuerpo del muchacho en el interior de la tierra… La abuela, al pie de la fosa, clama a Dios con las manos abiertas y la mirada perdida al cielo en busca de un consuelo que no encontrará. En una esquina del cementerio su madre, arropada por una docena de mujeres, llora desconsoladamente… Sermen continúa enterrando a sus muertos mientras la lucha por la libertad y contra la tiranía se sigue cobrando más vidas inocentes.

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