Syrian Uprising

Sobran las palabras… Resumen de los últimos cuatro años de guerra en Siria.

Fotografías y Video: A. Pampliega

Montaje: Alberto González

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Hay una carta para mi

Hace casi dos meses, cuando empezamos con la campaña de ayuda a los niños de Siria, Marta Otero (redactora de La Voz de Galicia) me escribió para que publicara un reportaje- todo lo crudo que quisiera- sobre los motivos que me habían llevado a empezar esta campaña.

Ese artículo, sin yo saberlo, ha tenido una repercusión muy importante en Galicia. Docenas y docenas de cajas y paquetes provenientes de esa Comunidad Autónoma han ido llegando hasta Madrid para sumarse a la campaña. Junto con esas cajas algunas cartas firmadas por Antía o por Alexandra, Marina y Rosa (una madre y sus dos hijas) agradeciéndome la labor que he llevado a cabo.

Pero, como dijo alguien no hace mucho tiempo, yo sólo soy un pequeño eslabón de una cadena interminable de gente que se ha ido sumando. Una cadena de gente anónima. Gente como Antía o Alexandra o Eva o Rosa o Gloria… Gente a la que no conocía de nada pero a la que estaré eternamente agradecido.

Colegio clandestino de  Alepo, Siria. Fotografía: © JM López

Colegio clandestino de Alepo, Siria. Fotografía: © JM López

Artículo publicado en La Voz de Galicia

“¿Cuánto dolor han visto nuestras cámaras?”, me preguntaba el fotógrafo italiano Fabio Bucciarelli mientras apuraba un cigarrillo en la entrada del hospital Dar Al-Shifa de la ciudad de Alepo. Me quedé en silencio. Mirándole. No sabía qué contestarle. Miré al suelo tapizado de polvo, cascotes y restos de sangre. Revisé algunos planos que había estado grabando, y lloré. Lloré mucho y aún lloro recordando aquel día.

Tenía 30 años. Había estado cubriendo conflictos bélicos en lugares tan dispares como Afganistán o Haití. Pero hasta que no llegué a Siria jamás había visto una guerra en toda la extensión de la palabra. Nunca había vista tanta crueldad- y espero no volver a verla nunca. Jamás había visto tantos y tantos civiles asesinados con esa saña. Aún hoy, no sé muy bien qué contestar a la pregunta que me formuló el bueno de Fabio aquel cuatro de octubre de 2012.

Un niño es trasladado a un hospital. Fotografía: © Antonio Pampliega

Un niño es trasladado a un hospital. Fotografía: © Antonio Pampliega

Han pasado dos años y medio de aquel día, pero aún lo recuerdo como si fuese ayer. Jamás podré olvidarlo. Ni yo ni ninguno de mis compañeros. Ese día me acompañará el resto de mi vida. Lo tengo grabado a fuego. Sigo oliendo la sangre. Sigo viendo nítidamente como las entrañas del hospital vomitaba litros y litros de sangre porque ya no podía seguir tragando más. Recuerdo los familiares desgarrados por el dolor. Los besos a cadáveres. Los golpes en el pecho. Las carreras con los cuerpos inertes en los brazos buscando un doctor que estaba atendiendo, al mismo tiempo, a otros tantos pacientes. Recuerdo la desesperación. La rabia. El dolor. Las ganas de mandar la cámara a la mierda y ponerme a echar una mano a los doctores. “Tu trabajo es hacer fotos y documentar esto. Así que ya estás haciendo fotos y déjanos a nosotros trabajar en paz”, me respondió uno de los doctores del hospital cuando le planteamos ayudarles. Los fantasmas de aquel día me siguen visitando cada noche.

Aquel cuatro de octubre levantar la vista de la pantalla de la cámara para buscar un nuevo plano era una bofetada de realidad. Niños muertos o destrozados por la metralla colapsaban las urgencias. Niños que te clavaban los ojos. Ojos inertes. Ojos sin vida. Ojos a los que algún francotirador hijo de puta, les había quitado el brillo. Llantos que taladraban los tímpanos. ¿Es posible trabajar con lágrimas en los ojos? Sí, desde luego que es posible… Doy fe de ello. Puede que la realidad se difumine por las lágrimas pero no se tergiversa. Aquel día terminé de trabajar. Y volví a llorar. Apenas pude dormir. Recordaba cada segundo que había pasado en el interior de ese maldito hospital.

La guerra, dos años y medio después de aquel cuatro de octubre, continúa en Siria. El conflicto, o la carnicería- como ustedes quieran denominar a lo que allí ocurre- se ha cobrado más de 250,000 víctimas de las cuales cerca de 9,000 son niños- de los cuales 2,165 son menores de 10 años.

Una niña es rescatada entre los escombros. Fotografía: © Antonio Pampliega

Una niña es rescatada entre los escombros. Fotografía: © Antonio Pampliega

Me duele Siria. Me duelen sus niños. Me duelen como si fuesen mis hermanos pequeños o mis propios hijos. Lloro al recordarlos. Lloro al revisar las fotos que acompañan este artículo. Durante estos tres años que llevo cubriendo la guerra de Siria he visto cientos de niños muertos. He visto a padres, madres, abuelos, abuelas, hermanos, hermanas llorar sobre sus cadáveres marchitos. He visto como, desesperados, hermanos trataban de despertarlos de su sueño eterno.

Hace tiempo que dejé de contar los niños muertos que he visto en esta maldita guerra. Pero eso no significa que no los sigan asesinando impunemente. Pero ahora he decidido centrarme en los que aguantan. En los que sobreviven. En los que siguen riendo y en los que te roban una sonrisa. Los niños sirios me han devuelto la vida en varias ocasiones. En ocasiones en las que estaba mal de ánimo… Así que es de recibo devolverles toda esa gratitud.

Fotografía: © Antonio Pampliega

Fotografía: © Antonio Pampliega

Para ello qué mejor forma que robarles una sonrisa llevándoles peluches, libros de texto (en inglés o árabe), libros para colorear, lápices de colores, ceras, balones… Cualquier cosa que les ayude a olvidarse de la realidad a la que se enfrentan cada día. Por eso he puesto en marcha una modesta campaña de ayuda para recoger todo el material escolar y llevárselo. Es hora de salvar a los niños perdidos de Siria y demostrarles que su dolor también es el nuestro.

https://www.facebook.com/events/830967820308886/

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Los cosacos de Stahanok

“Luchamos por nuestra tierra (repartida entre Donetsk y Lugansk) que históricamente pertenecen a los cosacos. Nosotros no luchamos por ser ortodoxos, nosotros no queremos ser europeos, ni rusos… nosotros somos cosacos. Defendemos la tierra de nuestros antepasados”, afirma con orgullo Nikolai Valerievich Tsarkov, capitán de una unidad de cosacos a las afueras de la ciudad de Stahanok.

“Luchamos para que los cosacos podamos tener un país, tenemos derecho a esta tierra… más que nadie y no nos van a echar. Soy cosaco y por tanto me siento cosaco”, sentencia con vehemencia.

Entre las localidad de Pervomaisk y Stahanok se encuentra un reducido grupo de cosacos que vigilan las entradas y las salidas a estas dos ciudades para evitar que tropas ucranianas prosigan con su avance. A pesar de estar en el lado ‘rebelde’ su lucha es diferente. Como advierte Nikolai, ellos son cosacos y luchan por su propia tierra.

“Los cosacos somos guerreros y siempre estamos preparados para luchar y defender nuestra tierra, por eso antes de que estallara la guerra ya estábamos preparados para combatir contra cualquier enemigo”, comenta Vadimir   Victorovich Ivlegoduyka.

 

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Siria: La Primavera Marchita

Portada de Siria: La Primavera Marchita

Portada de Siria: La Primavera Marchita

Hoy se celebra el día del libro. Miles de libreros de toda España se echaran a la calle para tratar de atraer la atención de posibles compradores. Muchos autores firmarán sus libros e intercambiarán afectuosas palabras con aquellos que acuden en busca de sus firmas o fotografías. Hoy, que es el día del libro. Quiero hablaros de Siria. La Primavera Marchita.

El libro desgrana la parte más humana del conflicto de Siria. El lector descubrirá a partir de estas historias cómo ha sido la vida en este país de Oriente Próximo durante 2013 y la realidad que hay más allá de los combates, los atentados, las treguas inexistentes y las cifras de muertos. Este título es, además, una apuesta por el periodismo de calidad en tiempos de crisis y un homenaje al oficio de contar lo que ocurre en cualquier parte del mundo, pero especialmente en los lugares donde se cometen injusticias.

Está firmado por un total de 12 periodistas (Españoles, italianos, mexicanos y colombianos) que han visto, sentido y vivido le guerra se Siria en los últimos años. Siria. La Primavera Marchita recoge historias de 2013 y 2014, e incluye una treinta de fotografías.

Los beneficios del libro serán destinados a una ONG médico-humanitaria que trabaja en Siria.

Aquí puedes comprarlo (también en librerías) y descargarte el primer capítulo.

http://libros.com/crowdfunding/siria-la-primavera-marchita/

Disfrutarlo!

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Los cadáveres del ISIS se pudren en Kobane

Cadáver de un combatiente del ISIS. Fotografía: © Antonio Pampliega

Cadáver de un combatiente del ISIS. Fotografía: © Antonio Pampliega

“¡Puagggg!”, dice Mohammad poniendo cara de asco y acercándose a los restos de un combatiente del ISIS. “Nunca los había visto tan de cerca. La verdad es que es una cosa asquerosa”, confirma el muchacho contemplando los fragmentos de una pierna que perteneció a un yihadista. El olor es nauseabundo. La escena es dantesca pero los ojos de Mohammad, de 11 años, no se pueden apartar de la carne putrefacta.

Kobane es un gigantesco cementerio donde centenares de cuerpos se pudren al sol o debajo de los escombros de los edificios destrozados por la aviación de la coalición. La ciudad huele a putrefacción y a muerte. Una pierna colgando entre las ruinas de una casa deshecha a morterazos. Un cráneo mimetizado entre pedazos de hormigón. Un cuerpo partido por la mitad donde aún se puede distinguir la camiseta de FC Barcelona.  No es complicado toparse con restos de combatientes del Estado Islámico. En algunas zonas, donde los combates han sido más intensos, hay que tener cuidado donde se pisa porque muchos cuerpos permanecen semienterrados entre los edificios bombardeados.

Según las estimaciones kurdas cerca de 3,000 yihadistas habrían muerto en los combates. Una cifra que nadie puede calcular con exactitud debido a la destrucción de la ciudad- muchos cuerpos se encuentran bajo los escombros- y a que muchos cuerpos han sido volatilizados por los bombardeos aéreos. Algunos cuerpos llevan descomponiéndose desde hace meses, casi desde los primeros albores de la ofensiva yihadista contra la ciudad kurda. “Los yihadistas no se pararon a enterrar a sus muertos. Los dejaban tirados en medio de la calle o debajo de las casas. Las ha dado exactamente igual”, denuncia Saber Damer, director de las brigadas de limpieza de la ciudad.

Restos de un yihadista en  la ciudad de Kobane. Fotografía: © Antonio Pampliega

Restos de un yihadista en la ciudad de Kobane. Fotografía: © Antonio Pampliega

Este hombre, que estuvo preso desde 1992 a 2003 por oponerse al régimen de Hafez Al Assad, comanda un grupo de ocho hombres que, en el último mes, han recogido los cadáveres- lo que poco que quedaba de ellos- de centenares de combatientes. “No podemos contabilizar con exactitud cuántos cuerpos hemos recogido en estas semanas, porque muchas veces sólo podemos recuperar brazos, piernas o el torso; pero estoy seguro de que han sido más de 350 cuerpos”, comenta.

Provistos de trajes ‘especiales’, guantes, mascarillas y gafas de plástico recorren las calles de Kobane recogiendo cualquier resto que encuentran a su paso. En muchas ocasiones son los propios vecinos los que les llaman. “Cuando regresamos a nuestras casas nos encontramos con más de una docena de cadáveres. Algunos los tapamos con mantas para tratar de mitigar el hedor que desprenden”, apunta Ahmed, un vecino de la zona quién acompaña a la brigada señalando los cuerpos de los islamistas. “Esto es un foco de infecciones y de insalubridad. ¿Qué pasará cuando llegue el buen tiempo y el calor?”, se pregunta este vecino.

Y ese es el principal problema al que se enfrentan ahora los habitantes de Kobane. Las enfermedades infecciosas. “Hay cientos de cuerpos en descomposición bajo los escombros y en las calles. Los cadáveres están llenos de larvas y con el calor eclosionarán y comenzarán a transmitir enfermedades a los habitantes de la ciudad. Tendríamos que fumigar debajo de los escombros para aplacar la epidemia antes de que sea demasiado tarde”, denuncia Mahmut, uno de los operarios del equipo de limpieza. El problema es que esta brigada carece de todo menos de ímpetu a la hora de trabajar sobre el terreno.

Pasaportes, dinero y coranes

Miembros de las brigadas de limpieza ante el cadáver de un combatiente. Fotografía: © Antonio Pampliega

Miembros de las brigadas de limpieza ante el cadáver de un combatiente. Fotografía: © Antonio Pampliega

Mientras esperan la llegada de ayuda para combatir las posibles epidemias que se ciernen sobre la población de Kobane el equipo continúa sus labores de recogida de los cadáveres. Al este de la ciudad, donde la intensidad de los combates se mide por el número de casas que han quedado en pie- casi ninguna, los cuerpos se acumulan en las calles.

“Lo primero que hacemos es revisarles los bolsillos”, apunta Mustapha, otro de los componentes del grupo. Un ejemplar del Corán. Pasaportes. Dinero de su país de origen. “Hemos encontrado varios pasaportes de Jordania o Documentos de identidad de Siria pero los cadáveres estaban en tan mal estado que no hemos podido confirmar si se trataban de ellos o no”, recuerda.

Monedas de Marruecos, Euros o billetes de Irak son algunas de las cosas que han podido recuperar de los cuerpos. “Aparte de esto no sabemos absolutamente nada más de su origen. Ni fotos de la familia. Ni teléfono móvil”, comenta Mustapha mirando con desprecio el cuerpo de un combatiente del Estado Islámico que tiene varias heridas de bala en el torso.

“Siento desprecio por ellos. Si dependiese de mí se quedarían aquí pudriéndose al sol o para que sirviesen de alimento a los perros que vagabundean por las calles de la ciudad; pero no queremos ser como ellos. Nosotros respetamos los cadáveres y los enterramos. A pesar de todo… siguen siendo Seres Humanos aunque su humanidad quede en duda”, puntualiza este hombre que ha encontrado, mientras trabajaba, los cadáveres de varios amigos que murieron combatiendo al Estado Islámico. “Los reconocí por la ropa o por algún objeto que llevaban consigo… A ellos los enterramos con todos los honores”, puntualiza.

Mahmut mira la fosa común, a las afueras de Kobane. Fotografía: © Antonio Pampliega

Mahmut mira la fosa común, a las afueras de Kobane. Fotografía: © Antonio Pampliega

¿Y qué ocurre con los cuerpos de los yihadistas? Mahmut Sadei conduce su pequeño tractor por las calles de la ciudad. En la caja se acumulan cuerpos y más cuerpos putrefactos. Las miradas de los vecinos se fijan en las manos o piernas que sobresalen. Algunos hacen fotos. Otros vitorean a Mahmut. Los menos apartan la mirada. “Los llevo a las afueras de Kobane. Allí hemos abierto fosas comunes donde los tiramos todos juntos y los enterramos. ¿Deberíamos quemarlos? Quizás, pero sólo Alá tiene la potestad de quemar a una persona. Dejemos que sea Él quien lo haga”, comenta el tractorista, que hace el mismo camino varias veces al día.

“Este trabajo es ingrato pero alguien lo tiene que hacer. Nunca había visto un muerto. Ahora, casi estoy inmunizado. Lo que más me preocupa es el impacto que pueden tener sobre los niños que juegan por la ciudad y se topan con esto”, se sincera.

El Skyline de la ciudad está cercenado por las bombas. La situación convierte a la ciudad en un lugar inhabitable pero aun así la vida vuelve a abrirse paso en la ciudad mártir del Kurdistán.

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