Mujeres a pie de guerra

Nadia desayunando en uno de los comedores sociales de Pervomaisk. Fotografía: © Antonio Pampliega

Nadia desayunando en uno de los comedores sociales de Pervomaisk. Fotografía: © Antonio Pampliega

Nadia come con ansia. Colma la cuchara con sopa. Muerde con avidez el mendrugo de pan. El hambre se ha convertido en su único compañero de juegos. Larisa, su madre, observa a su hija de 4 años. No puede reprimir las lágrimas. Vive en medio del frente de combate. Por un lado tiene a la artillería ucraniana y por otro las tropas prorrusas quienes le roban los pocos alimentos que tienen en la despensa. “He estado semanas sin comer nada de nada, salvo algunas hierbas que crecen en mi jardín. Mis vecinos se apiadan de nosotros y nos dan algo de comer”, se lamenta esta mujer madre de cuatro hijos y que lleva meses sin poder cobrar su salario. “Nosotros no vivimos sólo sobrevivimos”, denuncia.

Esta madre, como muchas de las que viven en la ciudad de Pervomaisk, tiene que explicar a sus hijos que no puede comprarles chocolate o dulces porque no tiene dinero. “Muchas veces no lo entienden y se enfadan conmigo. Yo siempre les digo ‘mañana, mañana compraremos algún dulce’ pero es mentira”, Larisa rompe a llorar. La ansiedad y la angustia acaban por desbordarla. “No quería venir a este comedor. Nunca he pedido nada en mi vida. Me avergüenzo de mi situación y de no poder mantener a mis hijos con dignidad”.

El llanto de la mujer es ahogado por el sonido de las cucharas golpeando los platos de sopa vacios. Un ejército de caras tristes y cansadas abarrota el comedor social de Pervomaisk. La comida escasea en la ciudad y cientos de personas llenan, cada día, los diferentes comedores de la ciudad donde reparten un plato de sopa caliente y un pedazo de pan. “Damos de comer a más de 2,000 civiles. Son tiempos muy difíciles. La comida escasea. El frío aprieta y la gente no tiene dinero. Hemos contabilizado más de 10 muertos por culpa del hambre”, afirma Viktoria.

Esta joven, de 17 años, se ofreció como voluntaria en este comedor social tras no poder volver al colegio por culpa de los bombardeos de la artillería ucraniana. “Mi responsabilidad era ayudar a mis vecinos. Ayudar a las familias que…”. Viktoria hace una pausa. Las ventanas de la vivienda vibran. La onda expansiva de un mortero las hace temblar. “… más lo necesitan puedan sobrevivir”.

Viktoria trabaja junto a su madre, que es la cocinera, y junto a media docena de voluntarias del pueblo. “Cada día vemos a nuestros vecinos agradecidos. Nos agradecen tener algo caliente que llevarse a la boca. Pueden repetir todas las veces que quieran…”.

Sobrevivir en un refugio

 

Katia en su refugio. Fotografía: © Antonio Pampliega

Katia en su refugio. Fotografía: © Antonio Pampliega

Pervomaisk es una ciudad fantasma. De sus más de 50,000 vecinos sólo unos pocos han decidido quedarse y resistir el envite de la artillería que castiga, con dureza, las posiciones prorrusas situadas en la ciudad. Los que han decidido quedarse lo hacen escondidos en sótanos o en refugios antinucleares.

Sus ojos miran al infinito. La tristeza de su alma se dibuja en su rostro. El ‘tic-tac’ de un pequeño reloj rompe el silencio de la habitación. Katia respira profundamente. Permanece sentada en una modesta butaca desvencijada por el paso del tiempo. Esta anciana de 82 años es consciente de que su vida se va apagando poco a poco. ‘Tic-tac’. Katia vive en un refugio construido durante la Guerra Fría y cuya función era la de albergar a cientos de civiles en caso de ataque nuclear y que, desde agosto, se ha convertido en su hogar. “No puedo volver a mi casa porque todas las ventanas están rotas y hace mucho frío por la noche. No tengo a donde ir”, se lamenta esta anciana que vive hacinada en una destartalada habitación, de paredes mohosas y desconchadas.

“En la Segunda Guerra Mundial la situación no era tan mala como ahora. He visto a varios vecinos morir de hambre y no quiero que eso me pase a mí. Yo no quiero morirme así”, comenta entre sollozos. Katia tenía sólo seis años cuando los nazis asolaron su ciudad pero aún conserva destellos de aquellos funestos días. “Había combates, bombardeos, había hambre… pero no nos matábamos entre hermanos. Nos ayudábamos entre nosotros”, afirma volviendo a mirar al infinito y a quedarse silente mientras ojea una biblia de color azul.

La hija de Nina espera la hora del almuerzo para comer algo. Fotografía: © Antonio Pampliega

La hija de Nina espera la hora del almuerzo para comer algo. Fotografía: © Antonio Pampliega

Nina Timofeevna cuida de Katia. Tiene 67 años y vive desde hace meses en el mismo refugio que la anciana. Los bombardeos destrozaron su casa y se refugió en el subsuelo junto con su hija-disminuida psíquica. Nina ha colocado varias rebanadas de pan duro en una sartén que se calienta al fuego. “Esa será nuestra cena hoy. Eso y un vaso de café”, se queja. “Nosotros no podemos ir a los comedores sociales porque están muy lejos. Si empiezan los bombardeos nos pillarían en medio de la calle, sin poder huir y moriríamos. Katia con 82 años no está para correr”, denuncia Nina.

Las mujeres de Donetsk

La figura del imponente Donbass Arena surge entre la espesa niebla que cubre la ciudad de Donetsk. Cientos de personas aguardan paciente su turno bajo la lluvia. Esperan para sacar un ticket con el que llevarse a casa una bolsa de alimentos. El hambre campa a sus anchas por la capital del carbón. “Hace meses que no recibo mi salario. Sólo me queda la caridad para poder sobrevivir”, se queja Anastasia mientras sostiene a su recién nacido.

“La situación se está volviendo insostenible para la población civil de Donetsk. Sin la ayuda que les brindamos la mayoría de las personas morirían de frío y de hambre en cuestión de semanas”, se sincera Anna. Esta joven ucraniana siempre ha tenido vocación para ayudar a los demás. Antes de la guerra trabajaba en un centro de ayuda a mujeres maltratadas. “Ahora dedico mi tiempo a mis vecinos para ayudarles a sobrevivir”, comenta.

Varias mujeres hacen cola en un mercado para poder comprar alimentos. Fotografía: © Antonio Pampliega

Varias mujeres hacen cola en un mercado para poder comprar alimentos. Fotografía: © Antonio Pampliega

Anna se encarga de registrar a todas las personas, anotar sus necesidades y gestionar el reparto de comida. “Hay familias que viven atrapadas en el frente de batalla y no pueden arriesgarse a venir hasta aquí, así que nosotros les llevamos la comida hasta sus refugios o sus casas”, afirma esta joven voluntaria que forma parte de un equipo de más de 50 personas que trabajan los siete días de la semana.

Mientras Anna sigue registrando más y más civiles; a unos kilómetros de allí, en la mina de Chelyuskintsev las hermanas Voronok están cruzadas de brazos. Hace meses que la mina está parada por culpa de una inundación- la artillería dejó sin luz los generados que extraen agua del interior anegando los pozos. “El carbón es nuestro pan. Hace meses que no cobramos un céntimo pero tenemos que seguir viniendo a trabajar para que, en pocos meses, la mina vuelva a funcionar”, afirma Galina, la mayor de las dos hermanas. Su trabajo consistía en separar las impurezas y los desperdicios del carbón. Pero… ahora mira con nostalgia como las cintas transportadoras permanecen paradas.

Galina trabajando en la mina. Fotografía: © Antonio Pampliega

Galina trabajando en la mina. Fotografía: © Antonio Pampliega

“Esta mina se fundó en 1913. En estos 100 años sólo había dejado de funcionar durante la II Guerra Mundual y en 1976 para poder mejorar algunos túneles…”, cuenta con nostalgia Mikhailovna, la otra hermana. No saben cuánto tiempo llevarán las reparaciones para que la mina vuelva a funcionar. “Seis meses. Un año. Depende de si la guerra vuelve a dejarnos sin luz en los generadores”, se sincera la mujer que lleva seis meses sin cobrar. “Aún así tenemos que venir a trabajar todos los días”.

Desde que dio comienzo la guerra en el Este de Ucrania (12 de abril de 2014) la artillería a fin al gobierno de Kiev ha alcanzado esta mina hasta en seis ocasiones provocando diferentes destrozos. “Han conseguido que la producción se reduzca. De los 2,5 millones de toneladas de carbón que producíamos anualmente en 2014 no vamos a alcanzar ni el millón”, denuncia Galina cuyo marido también trabaja en la mina y han visto como su situación financiera comienza a ser precaria. “Si no tengo pronto un salario no sé cómo voy a poder alimentar a mis hijos”.

Este mismo problema lo tiene Yana Ivanova, jefa de enfermeras del psiquiátrico de Donetsk. Hace meses que no cobra y muchas veces no puede ir a trabajar porque no tiene ni dinero para pagar el autobús. Esta mujer lleva 11 años trabajando en el hospital y para ella sus pacientes forman parte de su familia. “No pienso abandonarlos a su suerte y esperar a que mueran de inanición. Esta situación no puede prolongarse más en el tiempo. En unos meses nos quedaremos sin medicamentos”, denuncia.

“La mayor parte de los pacientes son bastante tranquilos, y a pesar de que algunos no reciben la medicación adecuada- muchos tienen, además, tuberculosis o SIDA- no hemos registrado ningún altercado violento. Pero necesitamos ayuda urgentemente. No podemos trasladar a 400 enfermos y cruzar los puestos de control que separan la zona rebelde de la ucraniana”, se resigna la enfermera jefe.

En el exterior del edificio una docena de pacientes se calientan alrededor de la lumbre mientras, a través de un viejo transistor, suena música Pop. “Los pacientes nos ayudan cocinando o limpiando. La mayor parte del personal huyó durante los combates y estamos muy justos”, comenta Yana.

Mujeres en la trinchera

Natacha, una cosaca.

Natacha, una cosaca.

Pero en esta guerra no todas las mujeres están en retaguardia, las hay que también luchan en primera línea. Las hay que combaten al lado de los hombres. Natacha tiene 27 años y es madre de una niña de cinco años, pero eso no la ha impedido pertrecharse con su uniforme de camuflaje, coger su AK-47 e ir al frente. “Mi abuelo era cosaco. Mi padre es cosaco. Mi marido también lo es… y yo estoy orgullosa de serlo. Por eso estoy aquí. Para defender a mi pueblo y dar mi vida por mi gente”, comenta orgullosa Natacha.

Además de combatir Natacha es la encargada de alimentar a sus compañeros de batallón. “Al final, los hombres no son nada sin las mujeres”, ríe. “Ellos cuidan de mí y yo de ellos. Somos una gran familia bien avenida”, confirma.

Natacha rehúsa responder a la pregunta sobre el combate. Sobre si ha matado o no. “En una guerra se hacen cosas para sobrevivir. Cosas de las que no se puede estar orgulloso. Y yo he hecho cosas de las que no me siento orgullosa. Pero es una guerra…”, sentencia.

La guerra saca lo mejor y lo peor del ser humano. Estas mujeres valientes están dispuestas a dar su vida por ayudar al prójimo.

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La batalla de Kobane

Una familia llora la pérdida de un combatiente kurdo. Fotografía: © Antonio Pampliega

Una familia llora la pérdida de un combatiente kurdo. Fotografía: © Antonio Pampliega

Unas lágrimas furtivas caen por sus mejillas. Unas pocas. Sólo unas pocas son las que puede permitirse. No puede llorar, aunque eso es precisamente lo que necesita. Guarda la compostura. Respira profundamente pare evitar venirse abajo. Mira el cadáver de su amiga sobre la camilla. Le acaricia el pelo. Se acerca para besarle la frente. Le da el último adiós. La celadora cubre el rostro con la sábana e introduce el cadáver en el interior del frigorífico, donde espera para ser enterrado.

“Luchamos juntas durante meses contra el Estado Islámico. Murió como una heroína. Luchó hasta su último aliento. Estoy muy orgullosa de ser su amiga. Ahora es una de nuestras mártires y su nombre perdurará en nuestra historia”, se enorgullece la joven Zozan, 20 años. La soldado apura un cigarrillo en el exterior del tanatorio donde esperan para ser enterrados 17 combatientes kurdos, siete mujeres y 10 hombres, que perdieron la vida luchando contra el Estado Islámico.

Un cartel anuncia la entrada a la ciudad. Detrás, los restos de un tanque del ISIS. Fotografía: © Antonio Pampliega

Un cartel anuncia la entrada a la ciudad. Detrás, los restos de un tanque del ISIS. Fotografía: © Antonio Pampliega

Hace un mes que los yihadistas fueron expulsados de la ciudad de Kobane. Ahora los combates se han trasladado a las localidades de la periferia. Los kurdos tratan de abrir una brecha en las líneas islamistas para poder crear un corredor humanitario entre Kobane y los cantones de  Efrén y Yazira (poblaciones de mayoría kurda en Siria). Las tropas kurdas, con ayuda de la aviación de la coalición internacional, han conseguido que los islamistas se replieguen hasta la ciudad de Yarablus, a orillas del rio Éufrates.

La lucha en Kobane

Mientras tanto, la vida regresa, a cuenta gotas, a la ciudad mártir de Kobane. Más del 60% de las casas están completamente destrozadas por los bombardeos de la aviación o por los coches-y camiones- bomba que usó el Estado Islámico para abrirse paso por la ciudad. “Esto es lo que queda de un camión bomba que usaron los yihadistas para avanzar terreno”, señala a El Confidencial Nusurat Ahmad, combatiente de 21 años. El joven se alistó tras conocer la noticia de la muerte de su hermano. “Mi hermano fue uno de los 700 milicianos que se quedaron en Kobane”, afirma orgulloso. Nusurat pasea por los resto del antiguo hospital de la ciudad, hoy convertido en un amasijo de cascotes, escombros y hierros fundidos. “Los turcos dejaron que los yihadistas entraran por la frontera con el camión bomba y lo detonaron delante del hospital”, denuncia el combatiente.

Pasear por la ciudad es hacerlo por un escenario post-apocalíptico que ya quisieran firmar los grandes del género de Ciencia Ficción de Hollywood. “Se combatió calle por calle. Se luchó esquina por esquina. Cada palmo de terreno está manchado con sangre kurda. Perdimos a muchos hombres y mujeres por defender esta ciudad”, se enorgullece Nusurat quien afirma que el Estado Islámico perdió cerca de 3,000 combatientes en su intento por hacerse con el control de la ciudad.

Combatientes kurdos. Fotografía: © Antonio Pampliega

Combatientes kurdos. Fotografía: © Antonio Pampliega

“Nos replegamos al interior de Kobane, donde las calles son más estrechas y los tanques no pueden maniobrar por lo que es más sencillo tender emboscadas y luchas cuerpo a cuerpo”, explica Zardas Saleh combatiente kurdo, hoy al mando de las brigadas de autoprotección. “Levantamos barricadas por todas las calles para combatir a los yihadistas. Estos recurrieron a la artillería y a los suicidas para tratar de avanzar posiciones. Pero son gente que no está acostumbrada a combatir… Luchaban a lo loco”, afirma Zardas a El Confidencial.

El kurdo asegura que los islamistas mandaban a primera línea de combate a los extranjeros y en segunda línea, al mando de la artillería, quedaban los iraquíes y los sirios. “Los mandaban a morir. Daba igual el número de soldados que perdiesen. Ellos seguían mandando y mandando más hombres a reemplazarlos”, comenta.

Bombas trampa

Así lograron aguantar un total de 45 días hasta que la coalición internacional decidió intervenir militarmente en Kobane mediante bombardeos aéreos. “En ese momento empezamos a ganar terreno rápidamente. Los islamistas comenzaron a replegarse pero continuaban con sus atentados suicidas y con el lanzamiento de bombas caseras de muy mala calidad”, denuncia Sara Yusuf, una combatiente que mató- según asegura- a más de 14 islamistas. “Los imbéciles piensan que si las mujeres los matamos no van al paraíso. Así que muchos de ellos cuando nos veían avanzan corrían a retaguardia. Son unos fanáticos mentalmente desequilibrados”, comenta la joven.

Un mortero sin explotar en una calle de Kobane. Fotografía: © Antonio Pampliega

Un mortero sin explotar en una calle de Kobane. Fotografía: © Antonio Pampliega

Por la ciudad aún se pueden ver esos morteros caseros que usaban los islamistas para atacar posiciones kurdas. Más del 70% no llegaron a hacer explosión. Aunque muchos aún llevan la carga mortífera en el interior, por lo que pueden explotar en cualquier momento. “Ahora lo que más no preocupa son las bombas trampa que dejaron en su huida. La ciudad está llena de estos artefactos. Las ocultan detrás de las puertas de las casas. En el suelo. Con cables en medio de la calle. Kobane es una trampa mortal, por eso los civiles aún no pueden regresar”, denuncia Ibrahim, uno de los artificieros que se dedica a localizar y neutralizar los artefactos explosivos.

Restos de un edificio alcanzado por la aviación de Estados Unidos. Fotografía: © Antonio Pampliega

Restos de un edificio alcanzado por la aviación de Estados Unidos. Fotografía: © Antonio Pampliega

Más del 60% de las bajas que están registrando actualmente los kurdos son por culpa de estas bombas trampas. Los artificieros no tienen ninguna experiencia anterior. Y su técnica es la de acierto-error… “Algunas bombas las ponen a simple vista. Los artificieros las desactivan y cuando se disponen a levantar la carga de TNT debajo hay una mina anticarro que explota matándolos a todos. Ese es uno de los procedimientos habituales”, comenta Ibrahim.

En la última semana, una docena de expertos en desactivación de bombas y de catalogación de armamento están llegando hasta Kobane para echar una mano a los kurdos limpiando las calles del armamento que no llegó a explotar.

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Ayudemos a los niños de Alepo

Colegio clandestino de  Alepo, Siria. Fotografía: © JM López

Colegio clandestino de Alepo, Siria. Fotografía: © JM López

El 15 de marzo se cumplen cuatro años de guerra en Siria. El conflicto se ha cobrado 250,000 víctimas de las cuales 8,803 son niños- de los cuales 2,165 son menores de diez años.

Desde Occidente, en innumerables ocasiones, hemos asistido a la matanza de estos niños son inmutarnos. Es el momento de actuar. De hacer algo por esos niños que aún quedan en ciudades como Alepo tratando de sobrellevar su día a día de la mejor manera posible.

No se me ocurre mejor manera de hacerlo que ayudándoles a llevar una vida lo más ‘normal’ posible. Es momento de echarles una mano y desmostrarles que no nos da igual lo que les ocurra.

Un niño posa en su antigua aula, destrozada por los combates. Fotografía: © JM López

Un niño posa en su antigua aula, destrozada por los combates. Fotografía: © JM López

Quiero lanzar esta campaña para llevar material escolar a los niños de la ciudad de Alepo que va, cada día, a la escuela. Escuelas que se encuentran en primera línea de combate. Escuelas que son objetivo de artillería, aviación o de suicidas.

Si tenéis libros de vuestros hermanos, primeros, sobrinos, hijos… Lápices de colores. Diccionarios. Peluches. Lo que sea… Cualquier cosa será bien recibida.

Todo el material será enviado desde España hasta la localidad turca de Killis desde donde viajará- por carretera- hasta los colegios de Alepo.

Los niños de Alepo os necesitan.

http://elpais.com/elpais/2014/11/20/planeta_futuro/1416499724_787057.html

Podéis mandar el material escolar a la siguiente dirección.

C/Ciudad de Londres 16, Mejorada del Campo (Madrid) 28840 España.

Aquí os podéis sumar al proyecto.

https://www.facebook.com/events/830967820308886/

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Siria: La Primavera Marchita

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Después de muchos meses de trabajo, cerca de un año, ya tenemos la portada definitiva del nuevo libro sobre Siria. Ha sido un largo camino pero el resultado es muy bueno.

Siria: La primavera marchita recopila una selección de historias escritas entre 2013 y 2014 por profesionales del periodismo que han trabajado estos últimos años sobre el terreno.

Podéis encontrar historias escritas por Natalia Sancha, Laura J. Varo, Sergi Cabeza, David Meseguer, Catalina Gómez o Iván M. García.

Las fotografías las firman fotógrafos de la talla de JM López, Fabio Bucciarelli, Javier Manzano, Cesare Quinto o Pablo Tosco.

Los beneficios de este libro están destinados a una ONG Medico humanitaria que trabaja en los hospitales de Siria. Es la mejor forma que tenemos de ayudar a los que más lo necesitan y a aquellos a los que hemos ‘robado’ parte de su intimidad para contar al mundo su sufrimiento.

Podéis comprar el libro on-line aquí:
http://libros.com/crowdfunding/siria-la-primavera-marchita/

Gracias a todos los que nos habéis estado apoyando y a los que habéis conseguido que este proyecto sea una realidad.

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De civiles a médicos

Con la guerra en el Este de Ucrania recrudeciéndose, son docenas los civiles ucranianos que han decidido ayudar a sus compatriotas. Algunos empuñan armas… Otros prefieren salvar vidas. A las afueras de la ciudad de Kiev, una docena de civiles reciben instrucción para poder ayudar a los heridos durante los combates o a los civiles alcanzados por la metralla.

Aquí podéis ver uno de sus entrenamientos…

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