De civiles a médicos

Con la guerra en el Este de Ucrania recrudeciéndose, son docenas los civiles ucranianos que han decidido ayudar a sus compatriotas. Algunos empuñan armas… Otros prefieren salvar vidas. A las afueras de la ciudad de Kiev, una docena de civiles reciben instrucción para poder ayudar a los heridos durante los combates o a los civiles alcanzados por la metralla.

Aquí podéis ver uno de sus entrenamientos…

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Los olvidados del Maidan

Galina Skripnikova sostiene una fotografía de su hijo Max. Fotografía: © Antonio Pampliega

Galina Skripnikova sostiene una fotografía de su hijo Max. Fotografía: © Antonio Pampliega

Galina Skripnikova se aferra a la fotografía de su hijo. La presiona contra su pecho. Los dedos le tiritan de frío. La mujer permanece impertérrita cerca de la puerta de Liadski bajo la atenta mirada del Árcangel San Miguel, patrono de la ciudad de Kiev, quien la observa desde su privilegiada atalaya de Maidan. Algunos curiosos se detienen e intercambian varias palabras con esta mujer de 60 años. Sus ojos azules albergan una profunda tristeza. “Estoy buscando a Maxim. ¿Lo ha visto? ¿Me puede ayudar?”, susurra Galina a todo aquel que pasa delante de ella.

Desde el pasado 25 de febrero Maxim, tenía 39 años e ingeniero agrónomo, desapareció de la faz de la tierra. Era voluntario en una de las cocinas que se establecieron en la plaza para alimentar a los manifestantes. Desde entonces, Galina no ha cejado en su empeño por encontrar a su único hijo. “He acudido a todos los estamentos policiales, a la prensa, a los activistas, al ministerio del interior, a los hospitales… Pero nadie me quiere ayudar”, denuncia la mujer que gasta todos los meses 15€, de los 60€ que gana trabajando en el hipódromo de Kiev, poniendo anuncios en los periódicos de Kiev por si alguien puede darla información acerca de su hijo.

“Un testigo afirma que vio a Maxim en los calabozos de una cárcel cercana a Maidan, pero  cuando fui a la comisaría a pedir los registros de los detenidos me echaron de allí”, relata Galina sin poder reprimir las lágrimas. “Estoy desesperada. Nadie quiere ayudarme. Maxim es la única familia que me queda en el mundo…”, los sollozos de la mujer acaban ahogando sus lamentos.

“Hay 27 personas que continúan desaparecidas”, denuncia Nazarii Boiarskyi coordinador de la organización pro-europeísta EuroMaidan SOS. “No sabemos absolutamente nada de lo que ha ocurrido con ellos. Tras la caída del gobierno de Viktor Yanukóvich la policía y los servicios de inteligencia se apresuraron a destruir todo el material sensible que les pudiera incriminar en futuras investigaciones por lo que es muy complicado unir las piezas del puzle para dar con el paradero de los desaparecidos”, comenta el activista.

Boiarskyi y sus compañeros de EuroMaidan SOS han recopilado informes y testimonios que afirman que varios cadáveres que estaban en la morgue de la ciudad fueron incinerados. “Según ha quedado documentado en el registro de la morgue de Kiev esos cuerpos pertenecían a indigentes que habían muerto de congelación y al no haber reclamación por parte de los familiares procedieron a su incineración”, apunta pero sin poder asegurar que esos cuerpos perteneciesen a los manifestantes. “No nos hemos olvidado de ellos. Cada cierto tiempo compartimos sus fotos en las redes sociales pero nuestra búsqueda, sin la ayuda del gobierno, es insuficiente”, comenta.

Frente a la Plaza de la Independencia hay un tablón con las fotografías de todas y cada una de las personas que continúan en paradero desconocido. Cada cierto tiempo, alguien deja caer un clavel rojo en el suelo recordando a los 27 que aún faltan. Pero ese es el único acto que se hace en su memoria. El gobierno guarda silencio y la justicia continúa recopilando información para realizar un macrojuicio.

“No tenemos constancia de asesinatos sumarísimos o de fosas comunes así que no podemos afirmar que hayan sido ajusticiados”, reflexiona Nazarii Boiarskyi. De lo que si tienen constancia es de arrestos ilegales y torturas a varios detenidos. “Les desvestían. Les obligaban a tumbarse sobre la nieva y les golpeaban con palos. Pero, salvo un caso que tenemos documentado de un hombre que fue abandonado en el bosque y murió de frío, no se produjeron casos de víctimas mortales durante estas torturas”, aclara el activista.

Nazarii Boiarskyi, a pesar de ser a fin al nuevo gobierno y de ser uno de los principales promotores de las revueltas de noviembre y febrero, no duda en denunciar la falta de ayuda a los familiares de los muertos y desaparecidos. “El gobierno no ha dado ningún tipo de ayuda a los familiares es como si, simplemente, no existiesen para ellos”. Y no sólo se refiere a ayuda económica. “Sólo hay una persona bajo arresto domiciliario por los hechos ocurridos en Maidan. No ha habido arrestos. Ni acusaciones. Las familias sientes que les han abandonado”, denuncia el activista.

 

Aquí puedes leer el reportaje completo, publicado en El Confidencial:

http://www.elconfidencial.com/mundo/2015-02-06/esta-mujer-gasta-15-de-los-60-euros-que-gana-en-buscar-a-su-hijo-desaparecido-en-ucrania_651775/

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“Ahora vivimos peor que durante la Segunda Guerra Mundial”

Katia en el sótano de su edificio. Fotografía: © Antonio Pampliega

Katia en el sótano de su edificio. Fotografía: © Antonio Pampliega

Sus ojos miran al infinito. La tristeza de su alma se dibuja en su rostro. El ‘tic-tac’ de un pequeño reloj rompe el silencio de la habitación. ‘Tic-tac’. Suelta un profundo suspiro. Katia permanece sentada en su modesta butaca deshilachada por el paso del tiempo. Esta anciana, de 82 años, es consciente que la vida se va apagando poco a poco. ‘Tic-tac’. Un hondo penar la invade. “Doy gracias a Dios todas las noches. Sólo me queda su compañía. Sólo me puedo aferrar a él”, afirma mientras las lágrimas afloran en sus ojos.

Katia vive en un refugio construido durante la Guerra Fría que tenía la función de albergar a cientos de civiles en caso de ataque nuclear y que, desde agosto se ha convertido en el hogar de una veintena de personas que lo han perdido todo por culpa de los bombardeos indiscriminados sobre las zonas civiles de la ciudad de Pervomaisk (Este de Ucrania). “Cuando comenzaron los bombardeos nos refugiamos en el sótano del edificio… Pero ya no puedo volver a mi casa porque no tengo ventanas. Hace frío por las noches. Lo he perdido todo y no tengo a donde ir”, se lamenta esta anciana que malvive en una habitación destartalada, de paredes mohosas y desconchadas donde se conforma con comer una vez al día un plato de sopa con un mendrugo de pan.

“En la Segunda Guerra Mundial la situación no era tan mala como ahora. He visto a varios vecinos morir de hambre. Yo no quiero que me pase a mí. Yo no quiero morirme así”, comenta entre sollozos. Katia tenía sólo seis años cuando los nazis asolaron su ciudad pero aún conserva en la memoria aquellos días. “Había combates, bombardeos, había hambre… pero no nos matábamos entre hermanos. Estábamos unidos, nos ayudábamos entre nosotros. No comprendo los nuevos tiempos”, afirma volviendo a mirar al infinito y a quedar silente mientras ojea una biblia de color azul.

El padre de Iván tostando pan sobre una estufa de leña. Fotografía: © Antonio Pampliega

El padre de Iván tostando pan sobre una estufa de leña. Fotografía: © Antonio Pampliega

En el vestíbulo Iván, de 27 años y antiguo minero, trata de calentar cuatro rebanadas de pan duro sobre una vieja estufa. El joven apura un cigarrillo. “Esto es lo que vamos a comer en todo el día. Y así llevamos desde agosto. No llega la ayuda humanitaria. No tenemos dinero para comprar comida y aunque lo tuviésemos, todas las tiendas están cerradas o destruidas por la artillería”, denuncia. “Nosotros no vivimos… hace tiempo que sólo sobrevivimos. Esto no es vida. Ni las ratas viven como nosotros, todo el día escondidos en sótanos y asomándonos a la luz del día cuando la artillería deja de disparar”.

Pervomaisk es una ciudad fantasma. De sus más de 50,000 habitantes sólo unos pocos resisten el envite de la artillería ucraniana. Los que han decidido quedarse se refugian en sótanos o refugios antinucleares; ni siquiera las iglesias han sido respetadas. “Un obús destruyó la cúpula y comenzó a arder”, se lamenta uno de los pocos viandantes que se atreve a deambular por la ciudad desafiando los intermitentes bombardeos. “Tengo que ir a buscar algo de comer para mi familia. Si me quedo en el refugio también moriremos pero de hambre”, afirma mientras continúa su camino con paso firme.

Un intenso y helado viento bate con fuerza las ventanas desvencijadas que crujen con el vaivén. Las cortinas se agitan a modo de despedida. El sonido del silencio sobrecoge. La metralla ha dibujado una macabra sonrisa en el muro del edificio. Sobre el suelo, un lecho de cristales rotos. La artillería ha convertido este edificio de nueve plantas en una caricatura de lo que fue.

Unos angostos escalones conducen al interior del edificio donde 67 personas se refugian de los intensos bombardeos que castigan Pervomaisk; y del frío que hiela los huesos y la sangre- en invierno se alcanza temperaturas de hasta -20º.

María viste a su nieto. Fotografía: © Antonio Pampliega

María viste a su nieto. Fotografía: © Antonio Pampliega

Tiene la mirada cansada. Triste. Apagada. Suelta un largo suspiro para continuar en absoluto silencio. “¡Sasha, por favor, ven aquí!, María Ivanova se desespera llamando a su nieto. El pequeño desoye a su abuela mientras corretea por la habitación llevando a su oso de peluche en volandas como si de un piloto de avión se tratase. “¡Vamos Sasha, tengo que terminar de vestirte!”, ordena sin conseguir llamar su atención. María tiene 82 años y está cansada, muy cansada. “Me duelen los huesos de dormir en mi cama”, se lamenta la anciana quien por cama tiene un fino colchón colocado sobre una tabla de madera que se le clava en la espalda. “¿Quién me iba a decir que a mi edad iba acabar viviendo en un refugio como este?”, reflexiona en voz alta la mujer mientras trata de poner orden entre las pertenencias de su nieto, que ha dejado esparcidas por el suelo.

María vive, por llamarlo de alguna forma, desde agosto en este refugio antinuclear. Justo cuando los bombardeos se intensificaron sobre la ciudad. “No teníamos a donde ir. Me vine hasta aquí con mi hija y mi nieto tratando de escapar de las bombas. Mi hija trata de encontrar un trabajo para comprar algo de comida y yo me ocupo de Sasha- su nieto”, relata. El pequeño se abraza a su abuela quien le alborota el pelo rubio platino. Sasha da un beso a su abuela y vuelve a correr por la habitación.

Un niño juega en el interior de unos de los refugios de Pervomaisk. Fotografía: © Antonio Pampliega

Un niño juega en el interior de unos de los refugios de Pervomaisk. Fotografía: © Antonio Pampliega

Las luces del árbol de Navidad se apagan y se encienden y un ¡Feliz 2015! Adorna una de las paredes de este refugio. “A pesar de vivir en estas condiciones y de estar en medio de una guerra no hemos querido que los niños olvidasen la Navidad. Son niños y no deben sufrir más de la cuenta”, afirma esta anciana quien con seis años ayudaba a su padre a pasar objetos metálicos a los prisioneros en los campos de concentración de los nazis para que pudiesen cavar un pequeño túnel en las alambradas y escapar. “Yo también viví una guerra. Sé lo que es pasar hambre. Sé lo que es pasar parte de tu infancia escondido en un sótano mientras los aviones y los cañones destruyen tu ciudad”, recuerda María Ivanova.

Desde hace meses el gobierno de Kiev no paga las pensiones a los jubilados, ni los salarios a los funcionarios públicos lo que ha llevado a la mendicidad a cientos de miles de ucranianos que se han quedado atrapados en la zona del conflicto. Los civiles tratan de sobrevivir como pueden. Dependen, en muchas ocasiones, de la solidaridad de los vecinos. “Nos ayudan con ropa de abrigo para los niños, con comida o con mantas. Esta guerra lo que ha conseguido es que nos unamos aún más y seamos como una gran familia. Sin ellos ahora mismo estaríamos desamparados”, reconoce María quien no duda en afirmar que “la ropa que a nosotros nos sobra la entregamos a otras personas que se esconden en otros refugios”.

Una familia escondida en un sótano. Fotografía: © Antonio Pampliega

Una familia escondida en un sótano. Fotografía: © Antonio Pampliega

Esta Navidad será la más triste de los últimos 70 años en la ciudad de Pervomaisk. Con la artillería castigando con dureza las zonas habitadas y los civiles escondidos en los sótanos pocos argumentos les quedan para celebrar más que sobrevivir un día más.

Video de la ciudad de Pervomaisk. © Antonio Pampliega

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La segunda oportunidad de Sergey

Sergey en la habitación del hospital en la que está ingresado. Fotografía: © Antonio Pampliega

Sergey en la habitación del hospital en la que está ingresado. Fotografía: © Antonio Pampliega

Sergey Romanosvky está nervioso. Habla con su mujer quien trata de reconfortarlo y calmarlo. Hoy es uno de esos momentos que recordará a lo largo de toda su vida. Como el día del nacimiento de su hijo, hace ahora siete meses. Sergey tiene 24 años, es el capitán más joven del ejército ucraniano- o eso presume él. Se rasca compulsivamente el muñón de su pierna. Ha sufrido hasta una veintena de operaciones, pero ninguna ha logrado borrarle la sonrisa, ni quitarle su buen humor. “Pensé que la vida se había acabado para mí. Los psicólogos me ayudaron muchísimo para que, poco a poco, pudiese ver la luz al final del túnel”. Y esa luz comienza hoy a brillar con más fuerza.

Sergey camino de la clínica. Fotografía: © Antonio Pampliega

Sergey camino de la clínica. Fotografía: © Antonio Pampliega

Sergey estira el cuello tratando de salvar las cabezas de la gente que está sentada delante de él.  Ha acudido a una charla impartida por el doctor Jacob Boeader. Este afamado ortopeda británico ha viajado hasta Kiev con su fundación para ayudar a todos los mutilados de la guerra. “La vida os ha dado una segunda oportunidad y ahora yo os daré la oportunidad de volver a caminar con la última generación de prótesis”, afirma Boeader. Un murmullo recorre la sala. Las puertas se abren de par en par y entra caminando un joven. Todos los ojos se centran en él y en la prótesis de su pierna. “Se acabaron esas prótesis de madera o de plástico que habéis estado usando hasta hoy”, comenta.

“Hemos trabajado en India, en Afganistán y en Camboya donde los amputados se cuentan por cientos de miles. Creo que era momento de ayudar a los amputados de Ucrania”, comenta este mecenas británico.

“El ejército me da una pequeña pensión que apenas me da para vivir. El doctor Jacob me regalará una de esas prótesis para que pueda volver a caminar”, se sincera Sergey quien, de otra manera, no podría optar a una de estas piernas ortopédicas de última generación.

Los doctores toman medidas para la prótesis de Sergey. Fotografía: © Antonio Pampliega

Los doctores toman medidas para la prótesis de Sergey. Fotografía: © Antonio Pampliega

En la clínica de prótesis GmbH Sergey se vuelve a alzar sobre sus piernas. Alexander Stetsenko- director de la clínica- ayuda al muchacho para que no de desequilibre. Sergey suspira y sus ojos refulgen debido a las lágrimas que comienzan a florecer entorno a ellos. Comienza a dar sus primeros pasos ayudado por una vieja muleta. “Veía este momento tan, tan lejano…”, confiesa el joven. Recorre el pasillo de un lado a otro. Al principio titubeante. Luego seguro de sí mismo. “Ahora nadie me va a poder parar. Me voy a preparar para los Juegos Olímpicos de Río”, dice entre risas.

“En Ucrania nadie podía comprar prótesis de calidad porque los salarios son irrisorios. Nosotros fabricábamos prótesis de plástico o de madera que es lo que se puede permitir la mayoría de la gente. Hay quienes ni eso pueden pagar y jamás volverán a caminar porque hasta este momento nadie se ha preocupado del bienestar de los amputados de la guerra librada en Ucrania”, denuncia su ortopeda.

Aquí podéis ver la historia de Sergey en video.

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El psiquiátrico de Donetsk

Dos pacientes miran por la venta. Fotografía: © Antonio Pampliega

Dos pacientes miran por la venta. Fotografía: © Antonio Pampliega

“Somos muy afortunados. No hemos tenido que lamentar graves destrozos por culpa de los bombardeos, no como otros hospitales que han quedado destrozados. Ahora mismo nuestro mayor problema es la falta de medicamentos y la escasez de comida, pero no estamos en una situación límite. Aún podemos aguantar varios meses”, se sincera Boris Anatolievich, director del hospital psiquiátrico de Donetsk.

Una densa y blancuzca neblina cubre los edificios del hospital. El fantasmal silencio que reina es roto por el traqueteo de unas ruedas. Entre la niebla surge una figura embozada tirando de un carrito.  Es la hora de la comida. “Tenemos problemas con el gas y cocinamos en la calle”, afirma el director del centro señalando un par de enormes marmitas que burbujean al son de la leña que arde bajo ellas.

Varios pacientes del hospital mental Fotografía: © Antonio Pampliega

Varios pacientes del hospital mental Fotografía: © Antonio Pampliega

Una docena de pacientes se calientan alrededor de la lumbre mientras, a través de un viejo transistor, suena música Pop. “Los pacientes nos ayudan a cocinar o a limpiar las instalaciones. Por culpa de la guerra la mayor parte del personal del hospital ha huido y estamos muy justos; así que cualquier ayuda es bien recibida”, comenta Yana Ivanovna.

Esta mujer, de sonrisa perpetua, es la jefa de enfermeras  y lleva más de once años trabajando en este hospital psiquiátrico. “Vivimos unos tiempos muy difíciles. Me he planteado dejar de venir a trabajar porque ni siquiera tengo dinero para poder pagarme el autobús para venir hasta aquí”, confiesa.

Hace meses que el gobierno de Kiev ha dejado de pagar los salarios a los funcionarios públicos. Es una manera de presionarlos para que abandonen la zona bajo influencia prorusa. Algunos compañeros de Yana no han podido aguantar y han abandonado Donetsk, otros… simplemente no se pueden permitir seguir trabajando de manera gratuita. “Estos enfermos son parte de mi familia. No puedo abandonarlos a su suerte. Espero y deseo que todo se solucione lo antes posible que podamos vivir en paz”, analiza la jefa de enfermeras.

Dos pacientes pasan horas sentados en un banco. Fotografía: © Antonio Pampliega

Dos pacientes pasan horas sentados en un banco. Fotografía: © Antonio Pampliega

La calefacción caldea el inmenso edificio. Los pacientes miran por la ventana como la niebla y los copos de nieve colapsan el exterior. Alguno trata de liarse un cigarrillo mientras otros pasean ensimismados por los pasillos hablando solos o mirando al infinito. “La mayoría de los pacientes son bastante tranquilos, y a pesar de que algunos no reciben la medicación adecuada- porque se agotó hace semanas- no hemos registrado ningún altercado violento ni ningún ataque. Pero no sé durante cuánto tiempo la situación estará así de estable. Necesitamos ayuda exterior. Kiev nos ha lanzado un ultimátum: ‘Con nosotros o contra nosotros’. Pero no es tan sencillo movilizar a 400 personas y cruzar los checkpoints. No estamos aquí por gusto”, se sincera Boris Anatolievich.

“Además, ¿tienen un sitio para albergar a mis pacientes? No voy a abandonarlos a su suerte o meterlos en una granja para que se mueran de hambre y de frío. Prefiero seguir aquí mientras que no me den las garantías suficientes sobre la situación de mis pacientes”, confiesa. Las patologías de sus pacientes van desde drogadicción hasta alcoholismo pasando por SIDA o por tuberculosis; todos, eso sí, con enfermedades mentales.

 

Aquí puedes ver el vídeo del Hospital Mental de Donetsk

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