India: La lucha por el empoderamiento de las mujeres

Mujeres indias trabajan en Marina Silk pintando pañuelos de seda. Fotografía: © Antonio Pampliega

Mujeres indias trabajan en Marina Silk pintando pañuelos de seda. Fotografía: © Antonio Pampliega

Los pinceles se sumergen en un líquido azulado. Las manos, ajadas y castigadas por los años y por el duro trabajo de recoger basura, se mueven con extremo cuidado. Las mujeres, concentradas, tratan de que el color no salga de los bordes y arruine todo el trabajo. Dibujan y colorean sobre frágiles y delicados pañuelos de seda. Risas. Complicidad. Esta docena de mujeres han encontrado un pequeño refugio donde se sienten poderosas. Importantes. Empresarias. Emprendedoras. Y no es para menos. Han conseguido fundar una pequeña empresa que se dedica a la venta de pañuelos de seda y hacerla auto sostenible. Pero el camino no ha sido sencillo.

“Al principio fue difícil porque no sabían ni coger el bolígrafo. Tuvieron que aprender a hacer líneas, círculos… fueron seis meses de pruebas hasta que salió la primera partida para ser comercializada”, recuerda María Bodelón, fundadora de la ONG Semilla para el Cambio y alma mater de este pequeño proyecto bautizado como Marina Silk.

El sudor comienza a resbalar por sus rostros. El calor cae a plomo sobre las mujeres. Las ventanas permanecen cerradas a cal y canto para evitar que la seda pueda deteriorarse. Con tres horas diarias llegan a producir cerca de 200 pañuelos al mes que- posteriormente- acaban vendiendo en España y a través de los socios de esta organización. El objetivo de Marina Silk no es sólo que estas mujeres tengan un lugar de esparcimiento donde poder evadirse de la realidad- la mayoría viven en slums (barrios chabolistas)- sino también que puedan llegar un sueldo a casa y empoderarlas en una sociedad patriarcal y donde la mujer supeditada a los designios del marido, sean cuales sean.

Trabajando en el taller de los pañuelos de seda. Fotografía: © Antonio Pampliega

Trabajando en el taller de los pañuelos de seda. Fotografía: © Antonio Pampliega

“Las mujeres, al tener cierto nivel de ingresos, tiene más capacidad de decisión en la familia. Marina Silk las ha hecho darse cuenta de que son más de lo que ellas pensaban. Ha subido su autoestima, han ganado confianza y se están haciendo fuertes”, relata una orgullosa María Bodelón, viendo los progresos de las mujeres que hoy trabajan en su propio negocio.

En ciudades como Varanasi las mujeres no dejan de ser las parias de la familia. Encargadas de cuidar a los críos. De mantener la casa limpia. De hacer la comida. De rebuscar entre los desperdicios para luego venderlos al reciclaje. Están sometidas a sus maridos los cuales han pagado ingentes cantidades de dinero por casarse con ellas, por lo que- en muchas ocasiones- creen tener derecho sobre ellas al considerarlas de su propiedad. Los malos tratos. Las vejaciones. “Las mujeres sienten que el marido tiene derecho a pegarlas por lo que jamás se quejan. Es algo que acaba pasando de generación en generación porque se vive en el ámbito doméstico y los hijos maman de lo que ven en el seno del hogar”, comenta Bodelón.

Por este motivo, la docena de mujeres que trabajan en Marina Silk son unas privilegiadas. La mayoría recogía basura o lavaban platos por salarios míseros. Ahora tienen una economía constante lo que las convierte en una pieza fundamental dentro de la familia. Las empodera. Las hace importantes. “Me he comprado un pequeño terrenito en mi aldea natal, cerca de Calcuta. Quiero salir del slum y que mi hijo pueda tener una vida diferente a la que le estoy danto”, comenta Laltussi, una de las mujeres que trabajan en Marina Silk. El marido de esta mujer tienen una parálisis que le impide trabajar por lo que trabaja a sol y a sombra- además es la encargada de la cocina por lo que también recibe un sueldo- para sacar a su familia adelante.

Una mujer trabajando en un slum de Varanasi. Fotografía: © Antonio Pampliega

Una mujer trabajando en un slum de Varanasi. Fotografía: © Antonio Pampliega

Barro. Inmundicias. Ratas. Toneladas de plástico y papel amontonadas en inquietantes pilas. Niños sentados en el suelo clasificando lo que otros desechan en montoncitos en función del material y de la calidad. Muchachos descalzos y a medio vestir corriendo entre la basura. Este slum de Varanasi es una bofetada de realidad. Una visita obligada para los miles de turistas que visitan- cada año- una de las ciudades más místicas de la India, el lugar donde los hindúes son incinerados y esparcidos en el sagrado Ganges. En esa ciudad hay una realidad invisible que se vuelve nítida y cristalina…

Tajkera, una de las mujeres que trabajan en Marina Silk, trabajó durante años en la recolección de basura y en su posterior clasificación. Un trabajo duro. Desagradable. Deshonroso. Y con el que aduras penas se puede sobrevivir. “Por un kilo de papel nos pagaban 0,08 céntimos de euros; 0,13 por el de plástico y  0,33 por el de material sanitario (jeringuillas, vías usadas, etc…)”, comenta esta mujer. La familia de Tajkera logra reunir, en los meses más boyantes, cerca de 70€.  “Para ellas es importante tener un sueldo fijo, estabilidad, horario y vacaciones”, sentencia María Bodelón.

Un niño, con parálisis cerebral, en la puerta de su chabola. Fotografía: © Sara Alonso

Un niño, con parálisis cerebral, en la puerta de su chabola. Fotografía: © Sara Alonso

“A mí me gustaría salir del slum e ir a un edificio de ladrillo pero cuesta como mínimo 2.000 rupias al mes ¿Quién se puede permitir eso?”,  comenta Baisun. Esta mujer vive con su marido y sus siete hijos. Por el pequeño trozo de tierra en el que han montado su precario hogar pagan unas 300 rupias. No pagan suministros. Tienen luz de forma ilegal y extraen agua de un pozo cercano. Así conviven unas 65 familias hacinadas entre la basura. Baisun es otra las de las trabajadoras de Marina Silk y que viven en este slum pero se puede considerar afortunada.

 

Clases de alfabetización.

Frunce el ceño. Está concentrada. Mueve el lápiz dubitativamente. Las matemáticas le siguen costando un poco. Aisha es india, sobrepasa la treintena y es madre de cuatro hijos. Desde hace varios meses acude a las clases de la ONG Semilla para el Cambio para aprender a leer y a escribir. Una mueca de satisfacción se dibuja en su rostro cuando la profesora le corrige el ejercicio y la felicita. A pesar de tratarse de un ejercicio básico de sumas y restas para Aisha supone un gran éxito. “Antes no quería ir a un hospital porque no entendía los papeles o en la calle no sabía leer las indicaciones”, afirma Bodelón.

Un grupo de mujeres durante una clase de alfabetización de adultos. Fotografía: © Antonio Pampliega

Un grupo de mujeres durante una clase de alfabetización de adultos. Fotografía: © Antonio Pampliega

“Quiero aprender a leer y a escribir para que no me puedan engañar y para poder sentirme orgullosa de mi misma”, afirma la propia Aisha que se ruboriza y sonríe.  Esta mujer vive en la ciudad de Varanasi (Este de la India) que con 300 slums reconocidos, y más del doble ilegales, es una de las poblaciones menos desarrolladas del gigante asiático. Aquí la tasa de analfabetismo entre las mujeres ronda el 80%, según un informe presentado por Naciones Unidas.

A su lado, su compañera Pyari Bibi usa su dedo índice para leer cada sílaba. Tiene 39 años. Está embarazada de su cuarto hijo y está aprendiendo a leer. De niña no fue a la escuela porque su familia no tenía dinero para pagar su educación y tuvo que empezar a trabajar en la recogida de basura, actividad a la que se sigue dedicando toda su familia. Su motivación supera a la vergüenza que algunas adultas sienten cuando tienen que aprender como si fueran niñas. “Vengo incluso cuando estoy enferma. Ahora comprendo lo que pone en los letreros, en la calle…”, comenta.  El marido de Pyari no ha puesto ningún problema a que acuda a esta clase de alfabetización porque no ha abandonado en ningún momento las labores domésticas.

Uno de los libros de lectura. Fotografía: © Antonio Pampliega

Uno de los libros de lectura. Fotografía: © Antonio Pampliega

Pyari Bibi es la mayor de un grupo que forman 25 mujeres, casi la mitad de las que empezaron hace un año. “Al no tener aliciente económico muchas se desmotivan. Su forma de vivir es al día: ganan, gastan. No están acostumbradas a hacer cosas que requieran continuidad o que vayan a ser rentables a futuro. Es difícil para ellas ver el medio y el largo plazo. Hay otras que no pueden venir porque tienen que seguir trabajando o porque tienen dificultades de aprendizaje y se sienten avergonzadas”, apunta María Bodelón

Desde la creación de esta escuela de alfabetización para personas adultas sólo un hombre acudió a clase, pero se marchó enseguida porque se reían de él. Sangeeta, de 27 años, no se ruboriza sino todo lo contrario. “Quiero aprender para poder ayudar a mi hija con sus deberes y que tenga un futuro”, sentencia mientras anota el resultado de las operaciones matemáticas que realiza. Ella sola, con los 40€ que gana lavando platos, se hace cargo de su hija. Vive con su madre y su hermana desde que se separó de su esposo. “Era un mal marido”, nos confiesa sin entrar en más detalles. El divorcio no es habitual en India pese a que la violencia de género alcanza índices altísimos. “Hace unos día, la madre de uno de los niños que participan en nuestro proyecto educativo murió quemada con ácido a manos de su esposo. Le atribuía una infidelidad”, cuenta Cristina Iglesias, coordinadora de infancia de la ONG.

Precisamente, para que esto no vuelva a ocurrir, Semilla para el Cambio hace hincapié en el empoderamiento de las mujeres indias. El futuro está en manos de mujeres como Aisha, Sangeeta o Laltussi. El futuro es de las mujeres de India.

Video Marina Silk:

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Servan, un cruzado español combatiendo contra el ISIS

Servan camina entre las ruinas de Kobane. Fotografía: © A. Pampliega

Servan camina entre las ruinas de Kobane. Fotografía: © A. Pampliega

“Antes de llegar a Siria jamás había cogido un arma. Yo era pacifista y antimilitarista. Nunca me había planteado la posibilidad de empuñar un arma y ahora siempre voy con una. Se ha convertido en una parte más de mí. Es una desgracia tener que utilizarla pero es la única forma que tenemos para combatir contra al ISIS. Con ellos no se puede negociar, y es una pena”, se lamenta el joven mientras camina por las ruinas de la ciudad de Kobane Kalashnikov al hombro.

Servan, que en kurdo significa ‘combatiente’, es un joven gallego que lo dejó todo para acudir en ayuda del pueblo kurdo que estaba luchando contra el Estado Islámico. Servan representa a los nuevos cruzados del Siglo XXI. Caballeros sin espada ni armadura pero que defienden una visión romántica de la guerra. Capaces de jugarse la vida por unos ideales que consideran justos. “Mi compromiso con los kurdos va incluso a arriesgar mi vida para que ellos tengan libertad”, sentencia el cruzado.

Las imágenes que veía por televisión y por internet le empujaron a comprar un billete de avión hasta Turquía y viajar hasta la ciudad de Suruç, próxima a la frontera con Siria. Allí tuvo que ganarse la confianza de los kurdos hasta que accedieron a meterlo dentro. “Los turcos sólo permiten a los habitantes de Kobane que entren en la ciudad, al resto la entrada nos está vetada. Así que tuve entrar ilegalmente. Saltando vallas. Corriendo de noche…”, recuerda.

Miles de europeos, descendientes de musulmanes, se han enrolado en las filas del Estado Islámico acudiendo, prestos, a la llamada de la Yihad. Jóvenes desarraigados que han encontrado en el fanatismo religioso su abrigo y una excusa para matar en nombre de Alá. Mientras, del otro lado, también se pueden encontrar- aunque en menor cantidad- occidentales dispuestos a empuñar un rifle para ‘defender’ a la Humanidad del yihadismo. La globalización ha hecho que estás modernas cruzadas ya no se  circunscriban a la toma de Jerusalén 900 años atrás. Ahora la lucha es global y fratricida. Quien no lucha por Dios lo hace por poder, por dinero, por odio… Los motivos son varios. Pero el resultado siempre es el mismo: La Humanidad es la que pierde.

Servan en Kobane. Fotografía: © A. Pampliega

Servan en Kobane. Fotografía: © A. Pampliega

“La guerra da miedo, por supuesto. Sobre todo al principio. Pero una vez que estás aquí o te adaptas o te marchas”, afirma con vehemencia Servan mientras camina por entre las ruinas de Kobane. La ciudad es un enorme solar donde el 80% de las casas están destruidas o con daños considerables; y más del 75% de los civiles han huido.

“La verdad es que jamás me imaginé en medio de una guerra. Recuerdo que los primeros días el cielo estaba completamente negro por culpa de los bombardeos. Era un ambiente muy gris”, recuerda. “Al principio te sobresaltas cada vez que escuchas una bomba, un disparo o una explosión. Te asustas pero a los tres días ya ni pestañeas”.

Muertos por todos lados

Kobane es un gigantesco cementerio donde centenares de cuerpos se pudren al sol o debajo de los escombros de los edificios destrozados por la aviación de la coalición. La ciudad huele a putrefacción y a muerte. Una pierna colgando entre las ruinas de una casa deshecha a morterazos. Un cráneo mimetizado entre pedazos de hormigón. Un cuerpo partido por la mitad donde aún se puede distinguir la camiseta de FC Barcelona.  No es complicado toparse con restos de combatientes del Estado Islámico. En algunas zonas, donde los combates han sido más intensos, hay que tener cuidado donde se pisa porque muchos cuerpos permanecen semienterrados entre los edificios bombardeados.

Según las estimaciones kurdas cerca de 3,000 yihadistas habrían muerto en los combates. Una cifra que nadie puede calcular con exactitud debido a la destrucción de la ciudad- muchos cuerpos se encuentran bajo los escombros- y a que muchos cuerpos han sido volatilizados por los bombardeos aéreos. Algunos cuerpos llevan descomponiéndose desde hace meses, casi desde los primeros albores de la ofensiva contra la ciudad kurda. “Este es un cuerpo de ISIS que los kurdos aún no han retirado. Es como si fuera un muñeco”, comenta Servan mirando fijamente los restos putrefactos del yihadista.

En los bolsillos del islamista un ejemplar del Corán. “Todos los miembros de ISIS portan uno. Y este, por lo que se ve, no lo ha usado mucho porque las páginas no están desgatadas. Además, junto al Corán hemos encontrado los pasaportes”, se sincera. Líbano. Rusia. España. Francia. Reino Unido. Qatar o Alemania. “Vienen de todas las partes del mundo a hacer la Yihad”.

Servan posa con la bandera kurda de fondo. Fotografía: © A. Pampliega

Servan posa con la bandera kurda de fondo. Fotografía: © A. Pampliega

Como extranjero, la cabeza de Servan es un valioso trofeo. Tras las ejecuciones de varios Occidentales a manos del Estado Islámico, si este gallego es secuestrado correría la misma suerte, pero él le quita hierro al asunto. “Estando con los kurdos las posibilidades de que me capturen son mínimas. Es muy difícil que te secuestren estando aquí… En otras partes de Siria la cosa cambia”, se sincera.

Lo más duro de estar tan lejos de casa es, sin duda, la familia. Servan trata de hablar con sus familiares lo más regularmente posible que puede. Las circunstancias no son sencillas. Kobane no tiene electricidad, salvo los pocos generadores que hay repartidos en diferentes barrios. Internet es una utopía. Y las llamadas por teléfono son bastante esporádicas. “Mi familia sabe que estoy en Kobane. Trato de que estén tranquilos diciéndoles que en esta zona no hay peligro. Cuando llegué aún faltaba una semana para liberar la ciudad y entonces la situación era muy distinta porque te podían matar en cualquier momento. Soy capaz de tranquilar a los míos porque tengo la certeza que estoy a salvo”, comenta un emocionado Servan al que no le gusta nada hablar de su familia; como cualquier Ser Humano ese es su punto débil y rápidamente cambia de tema. “¿Sabes? Dos días después de que cesasen los bombardeos sobre Kobane ya se podían escuchar el trinar de los pájaros”, comenta dibujándosele una amarga mueca en los labios.

Los pocos vecinos que han regresado a sus casas invitan a Servan a tomar té con ellos. Se acercan. Le abrazan. Le dan las gracias por venir desde tan lejos para combatir a su lado. Están agradecidos y eso le llena de orgullo y le da fuerzas para seguir. “Me tratan como a un compañero más a pesar de la barrera lingüística. Saben que arriesgo mi vida para salvar la suya. Ese agradecimiento es difícilmente descriptible”, sentencia. “Antes de venir sólo estaría dispuesto a dar mi vida por mi familia… Pero una vez que estás aquí, estás con ellos, y donde todo el mundo está dispuesto a dar la vida por todo el mundo eso hace que no te plantees irte de aquí. Es una situación de guerra donde la gente se siente libre y unida”.

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“Yo sobreviví a una cárcel del Estado Islámico”

Yosef delante de la Mezquita Azul en Estambul. Fotografía: © JM López

Yosef delante de la Mezquita Azul en Estambul. Fotografía: © JM López

“Psicológicamente es un infierno. Estás aislado. Sólo tienes contacto cuando tus carceleros te llevan la comida. Estás solo y tu cabeza da vueltas y vueltas. Te pasas las horas preguntándote cuándo llegará tu turno. Cuándo entrarán por esa puerta y te pegarán un tiro en la cabeza. Pero pasa un día y piensas que te soltarán; pero al día siguiente vuelves a escuchar cómo torturan a los prisioneros que están dos celdas más allá de la tuya. Escuchas sus alaridos. Y en ese momento vuelves a pensar que no vas a salir con vida de ese agujero”, recuerda Yosef Abobaker mientras apura un té en una cafetería que ofrece unas magníficas vistas a la Mezquita Azul. “Es una tortura psicológica contra la que ningún Ser Humano puede enfrentarse. Acabas por volverte completamente loco”.

Yosef vive desde hace más de medio año como refugiado en Turquía, aunque no tiene dicho estatuto. Huyó de su país junto con Ghada, su mujer, y Baker, su hijo, quien está a punto de cumplir un año. No se arrepiente de haber dejado Siria.  “La guerra me ha robado mis mejores años. La guerra me ha quitado amigos. La guerra me ha dejado sin futuro. La guerra ha convertido a mi hijo en un apátrida. No… no quiero saber nada de Siria ni de la guerra, ni de la revolución. Todo eso pertenece ya al pasado”, confirma mientras hacia la Mezquita Azul.

Tiene 28 años recién cumplidos pero unas profundas arrugas enmarcan la comisura de sus ojos. El pelo hace tiempo que se le está volviendo blanco. Su mirada ya no transmite alegría, aunque trata de disimularlo refugiándose detrás de una sonrisa falsa. Yosef ha vivido más que muchas personas que le doblan la edad. Desde soldado hasta fixer para periodistas extranjeros. “Era uno de los pocos que hablaba un inglés fluido. Tenía contactos en las unidades militares. Y los periodistas querían venir conmigo porque tenían acceso a todos los frentes de combate de la ciudad”, afirma. “Uno de esos periodistas que querían trabajar conmigo era Steven Sotloff. Contactó a través de Facebook y me pidió que fuera a recogerlo a la frontera con Turquía”, recuerda Abobaker.

La presencia del Estado Islámico ya era una realidad. Meses antes cuatro periodistas galos fueron secuestrados en Siria. Aquel 4 de agosto de 2013 Yosef se desplazó junto con una pequeña escolta armada hasta Bab Al-Salam donde recogió a Sotloff para llevarlo hasta Alepo. “Dejamos atrás la ciudad de Azaz- próxima a la frontera- y tres vehículos se nos aproximaron a toda velocidad. Dos nos adelantaron cortándonos el paso y el tercero nos cerró una posible huida. Hombres armados se bajaron de los coches apuntándonos. Querían a Steven. Querían al americano… Alguien le había vendido”, confiesa.

Yosef y Ghada el día de su boda en Alepo. Fotografía: © JM López

Yosef y Ghada el día de su boda en Alepo. Fotografía: © JM López

Yosef, junto con Steven Sotloff y sus escoltas, fue conducido al norte de la provincia de Alepo, al interior de una fábrica que los islamistas habían reconvertido en cárcel. “Me metieron en una celda. Desde allí podía escuchar cómo interrogaban a Steven. La preguntaron por las contraseñas del ordenador, de su correo electrónico… Le acusaban de ser agente de la CIA. No lo volví a ver con vida”, afirma con un deje de pena en el rostro. “Me sorprendió la calma de Steven durante el interrogatorio era como si supiese de antemano lo que le iba a pasar. Yo estaba muerto de miedo pero él… él parecía de hielo”.

 

La prisión y las torturas

“Lo peor era escuchar las torturas. Se torturaba por las mañanas. Por las tardes. Por las noches. Escuchabas como gritaban. Los gritos rotos. El dolor. Y luego, finalmente, el tiro. Sabías que se había acabado y tenías un par de horas para poder dormir tranquilo hasta que torturasen al siguiente preso”, recuerda. En aquella prisión las peores torturas recaían sobre los kurdos. “Los machacaban. Hacían turnos para pegarlos. Uno, y otro, y otro, hasta que lo conseguían matar a golpes…”, Yosef hace una larga pausa y respira profundamente. Sabe de lo afortunado que es de estar con vida después de haber vivido aquel infierno durante dos semanas.

“En esa prisión los carceleros eran libios, marroquíes, tunecinos… y sirios. Pero, sin lugar a dudas, los más sádicos y los más hijos de puta eran los sirios. Parecían que disfrutaban haciendo sufrir a los prisioneros. Nos insultaban. Nos pegaban patadas. Nos escupían en la comida. Nos miraban con odio. Si hubiese sido por ellos ahora estaría metido en alguna fosa común”, se sincera Abobaker.

Yosef fue interrogado en varias ocasiones por diferentes miembros del Estado Islámico. “Querían saber si Steven trabajaba para la CIA. Afirmaban que yo le pasaba información a cambio de 500$. Me preguntaron si trabajaba con mujeres. Si era un buen musulmán. Y cuando no les gustaban mis respuestas me golpeaban. Me volvían a preguntar lo mismo y les volvía a contestar lo mismo… así que volvían a pegarme”.

Yosef en el Gran Bazar de Estambul. Fotografía: © JM López

Yosef en el Gran Bazar de Estambul. Fotografía: © JM López

Después de 14 días secuestrado los carceleros sacaron a Yosef y al resto de la escolta de Sotloff- el hermano de Yosef y dos de sus primos- al exterior. “Nos pusieron en el suelo. Nos obligaron a arrodillarnos. Pensé que ese era mi final. Que allí mismo nos iban a pegar un tiro en la cabeza”, comenta recordando a su amigo Sultan quien fue ejecutado por el Estado Islámico en una de sus cárceles. “Pero tuve suerte. Uno de los carceleros me reconoció. Había combatido conmigo en Alepo. Sabía que tenía contactos en la Liwad Tawhid (hoy Frente Islámico) y no querían iniciar una guerra porque aún no tenían el poder que tienen en la actualidad”, comenta.

Así que los dejaron marchar. Los abandonaron en mitad de la nada. Sin zapatos. Sin comida. Sin agua. Y con una promesa que debían de cumplir. “Me hicieron jurar que jamás volvería a trabajar para periodistas extranjeros porque la próxima vez no iba a tener tanta suerte”.

Durante horas estuvieron vagando por los campos de cultivo próximos a la ciudad de Alepo. “Hasta que paramos un coche que nos llevó a la ciudad. Cuando entré en casa recuerdo qué abracé a mi mujer… y me puse a llorar”, se sincera el joven sirio. “Conseguí salvar mi vida… pero siempre me quedará grabada aquella imagen de Steven siendo interrogado por los yihadistas. Si la CIA o el gobierno de Estados Unidos hubiesen contactado conmigo es posible que Steven estuviese vivo. Yo sabía dónde estaba. Quien lo tenía… pero nadie, nunca, me hizo caso”, se lamenta.

Yosef mira al pasado con distancia. Sabe que jamás podrá volver a Alepo. “El Frente Al Nusra (la marca de Al Qaeda en Siria) ha puesto precio a mi cabeza. Meses después del secuestro volví a trabajar con periodistas extranjeros porque creo que eran los únicos capaces de transmitir al mundo lo que pasa en mi país y volví a ser acusado de trabajar para los servicios de inteligencia de medio mundo. La revolución la ha matado todos esos ignorantes que piensan que los periodistas son espías y han conseguido que el mundo nos dé la espalda”, asevera.

NOTA: Las fotografías de esta entrada son de JM López

 

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Las parteras de Sudán del Sur

Esterina osculta a Modia. Fotografía: © Antonio Pampliega

Esterina osculta a Modia. Fotografía: © Antonio Pampliega

Esterina Umbare viste completamente de blanco. Una afable sonrisa se dibuja en su rostro. Camina con tranquilidad entre las casas de adobe de Kuzee, un pueblo a las afueras de la ciudad de Yambio. El cielo tiñe de gris y amenaza tormenta, pero aún así algunos vecinos salen a su paso para saludarle. Lleva desde 1993 asistiendo a partos. Esterina es una partera tradicional.

“He ayudado en más de cien partos. En todo este tiempo sólo he tenido que lamentar la muerte de tres bebés. Nacieron muertos. Yo no pude hacer nada por ellos. Dios decide quién vive y quién muere”, sentencia.

Modia Alison invita a Esterina a que entre en su casa. Tiene 19 años y está embarazada de su segundo hijo. La joven madre se recuesta en el camastro y se levanta la camiseta para que la matrona le reconozca. Las manos de Esterina recorren la abultada barriga de la mujer. “Palpo el vientre para saber en qué posición se encuentra el feto y si está mal colocado trato de ponerle la cabeza hacia abajo”, comenta.

Esterina apenas sabe leer o escribir. Todo lo que sabe lo ha aprendido a base de experiencia y de los consejos de otras parteras. Decidió convertirse en partera después de ayudar a sus hijas a dar a luz.

Varias madres con sus bebés en el hospital de Yambio. Fotografía: © Antonio Pampliega

Varias madres con sus bebés en el hospital de Yambio. Fotografía: © Antonio Pampliega

Su maletín de trabajo consta de una pieza de madera para escuchar los latidos del corazón, gasas, guantes, algodón, unas tijeras (que esteriliza después de cada parto) y una cuerda para atar el cordón umbilical. Con eso debe hacer frente a hemorragias o paradas cardiorespiratorias. Jamás podrá realizar una cesárea de urgencia en caso de que el bebé no pueda nacer por la vía normal.

Sudán del Sur es el país más joven del mundo. Uno de los grandes déficits es la infraestructura sanitaria. Sólo una cuarta parte de la población tiene acceso a la asistencia básica. En este contexto el parto se convierte en una prueba de alto riesgo que una de cada siete mujeres no consigue superar. Además de la falta de calificación médica (sólo uno de cada cinco partos es atendido por profesionales), muchas mujeres deben caminar durante horas para ir al hospital porque no pueden pagarse el Boda-Boda (mototaxi) y no llegan a tiempo.

Un bebé recién nacido junto a su madre. Fotografía: © Antonio Pampliega

Un bebé recién nacido junto a su madre. Fotografía: © Antonio Pampliega

“Tenía una amiga que dio a luz en casa asistida por una partera tradicional. Durante el parto hubo algún tipo de problema y murió ella y su bebé”, se lamenta la joven Rose Elia mientras da el pecho a su recién nacido. “Yo, la primera vez que di a luz lo hice en casa y asistida por una de estas parteras y todo salió perfecto. Pero tras ver morir a mi amiga me entró miedo y preferí venir al hospital”, confiesa mientras mece a su bebé.

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La vida vuelve a Kobane

Después de cinco meses bajo asedio del Estado Islámico la ciudad de Kobane vuelve a la vida.

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