Las chicas del baloncesto que desafiaron a Al Qaeda

*Reportaje publicado por El Confidencial

Amina, capitana de la selección de baloncesto femenina de Somalia, posa delante de sus compañeras en el estadio Wiish. Fotografía: Antonio Pampliega ©

Amina, capitana de la selección de baloncesto femenina de Somalia, posa delante de sus compañeras en el estadio Wiish. Fotografía: Antonio Pampliega ©

“¿Miedo?”, repite en voz baja Amina mientras se ata con fuerza los cordones de las zapatillas deportivas. “¿Miedo?”, vuelve a repetir la muchacha, esta vez esbozando una amplia sonrisa. “El miedo es lo que nos impide avanzar y luchar por nuestros sueños. Claro que tenemos miedo a que nos maten. Tenemos miedo de las amenazas telefónicas. Tenemos miedo… pero nuestro deseo es seguir haciendo deporte, seguir jugando al baloncesto. El miedo no tiene cabida en esta cancha de baloncesto”, afirma con convicción Amina Abukar Ibarahin, capitana de la Selección Nacional de Baloncesto femenino de Somalia.

Las palabras reverberan en unas gradas desiertas. Es, como casi siempre, la primera en llegar al estadio Wiish y la última en irse. Representa un ejemplo de lucha y superación para el resto de sus compañeras que ven en ella una líder. Amina es raza y fuerza. Es digna heredera de esas mujeres que se vieron despojadas- primero por la guerra civil y luego por los fundamentalistas islámicos- de su derecho a practicar deporte, pero, sobre todo, de su derecho a elegir y ser libres.

Las paredes de la cancha de baloncesto son el mejor ejemplo de lo que ha sido Somalia durante los últimos 23 años. Agujeros de bala por doquier. Edificios semidestruidos. Pero estas muchachas son las que ahora deben escribir la historia del país… Y junto con ellas, un total de 75 adolescentes, repartidas en siete equipos, han vuelto a fundar la liga femenina de baloncesto.

Integrantes de la selección femenina de baloncesto durante un entrenamiento. Fotografía: Antonio Pampliega ©

Integrantes de la selección femenina de baloncesto durante un entrenamiento. Fotografía: Antonio Pampliega ©

Se despoja de su chador, que coloca con mimo sobre los escalones de la grada, y se ciñe en la frente un pañuelo de color negro para ocultar su cabello. “Hace 20 años en Somalia las mujeres ya jugaban al baloncesto. Nosotras no somos pioneras ni heroínas, simplemente seguimos sus pasos. No tenemos más mérito que otras mujeres somalíes que salen cada día a la calle a luchar por sus derechos”, afirma con pasión esta joven.

Aunque trate de restar importancia a lo que hacen ella y sus compañeras, la realidad es que este equipo de baloncesto está en el punto de mira de los fundamentalistas de Al-Shabab (la filial de Al Qaeda en el cuerno de África). Amina, como alguna de sus compañeras, ha recibido llamadas de teléfono amenazantes, pero prefiere obviar el tema y centrarse en el baloncesto. La muchacha agarra uno de los balones que están desperdigados por el suelo y comienza a botarlo. Sus compañeras, tapadas hasta los pies, comienzan a entrar en el pabellón.

Las chicas del equipo suelen venir en grupos de dos y de tres hasta esta cancha. Tapadas con sus chadores para que no se las reconozca, tratan de pasar desapercibidas en las calles de Mogadiscio. Saben que su cabeza tiene precio y que se juegan la vida viniendo a entrar. “Las chicas son muy valientes al formar parte de esta selección de baloncesto. Hemos recibido muchas amenazas desde que volvimos a reconstruir el equipo y muchas chicas dejaron la selección por temor”, advierte Hussein Ibrahim Ali, Presidente de la Federación Somalí de Baloncesto.

El baloncesto es el segundo deporte más popular en Somalia después del fútbol; y uno de los tres deportes donde las mujeres tienen representación, junto con el fútbol y el balonmano. Pero esto no siempre fue así. En 2006, la Unión de Tribunales Islámicos de Somalia- que gobernaban el país bajo los preceptos de la sharia, emitió una orden que prohibía a las mujeres practicar cualquier deporte; en caso de saltarse esta ley, las jugadoras serían castigadas de manera ejemplar. “Se las cortaría la mano derecha o el pie izquierdo”, recuerda Hussein avergonzado recordando los tiempos oscuros en los que estuvo sumergido su país.

Integrante de la selección femenina de baloncesto durante un entrenamiento en Mogadiscio.  Fotografía: Antonio Pampliega ©

Integrante de la selección femenina de baloncesto durante un entrenamiento en Mogadiscio. Fotografía: Antonio Pampliega ©

Al Shabab es, ahora, solo un murmullo. Un mal sueño. La presencia del grupo fundamentalista en Mogadiscio son solo fogonazos en forma de atentados suicidas que se repiten con más o menos frecuencia. Pero las muchachas de la selección siguen temiendo por su vida y por su seguridad, prueba de ello es que en la puerta de esta cancha hombres armados registran a todo aquel que accede por las puertas de color verde. “Aunque Mogadiscio es ahora una ciudad tranquila no podemos bajar la guardia sabemos que somos un objetivo para los terroristas de Al Shabab y si tienen la oportunidad de atentar contra nosotros lo harán, sin dudarlo”, se lamenta Hussein Ibrahim Ali quien desea que la selección vuelva a dar grandes alegrías a Somalia.

Posiblemente hagan falta varias décadas para ver a las jugadoras de esta selección desfilando detrás de la bandera de Somalia en unos Juegos Olímpicos, pero tras más de 20 años de guerra civil los primos éxitos no se han hecho esperar y estas jugadores han vuelto a disputar partidos internacionales. En 2011 la selección logró vencer por 67-57 a Qatar en los Juegos Árabes, fue su primera victoria (logró otra ante Kuwait), y marcó un hito en la historia moderna del baloncesto somalí. “Ganar a Qatar- el país anfitrión- fue la mayor alegría de mi vida. Cuando acabó el partido nos abrazábamos, parecía que habíamos ganado el campeonato y solo habíamos ganado un partido. Pero para nosotras era un logro. Además, defender a Somalia en un campeonato internacional fue todo un orgullo”, confiesa Suweys Ali Jam, una de las integrantes del equipo durante ese partido. Desde 1987 Somalia no había participado en ningún torneo internacional por culpa de la guerra civil.

Esta joven, de 17 años, es otra de las estrellas de la selección. Conocida por conceder varias entrevistas a medios nacionales e internacionales su rostro se ha hecho ‘popular’ y eso la ha granjeado diversos enemigos. “Varias veces me han llamado a mi teléfono. Siempre era la voz de un hombre que me decía: ‘Deja de jugar al baloncesto o te vamos a matar’”, Suweys hace una pausa para reflexionar. “No te voy a engañar, he pensado en muchas ocasiones dejar de jugar al baloncesto. No solo por mí, sino por mi familia. Pero al final siempre encuentro fuerzas para continuar. Mi madre es mi principal apoyo y quien se enfada conmigo cuando la comento que quiero dejar de jugar por culpa de las amenazas”, apunta.

Selección Nacional de Baloncesto de Somalia. Fotografía: Antonio Pampliega ©

Selección Nacional de Baloncesto de Somalia. Fotografía: Antonio Pampliega ©

Al frente de la selección se encuentra Fátima Ali Abderraman. Fue jugadora de la selección en los ’80 y ahora se ha convertido en la entrenadora y en el alma mater de este grupo de mujeres. “El baloncesto es solo una excusa para dar visibilidad a las mujeres somalíes. Este deporte debe demostrar que debemos tener un rol en la sociedad más allá de casarnos, tener hijos y cuidarlos. La mujer somalí es el futuro del país y como tal así debemos demostrarlo; por eso, el valor de estas niñas debe servir de ejemplo a muchas más”, sentencia.

El futuro es esperanza y la esperanza es algo que desborda en este estadio.

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El fútbol, la última esperanza para Somalia

*Reportaje publicado en Marca.

**Fotografías de JM López

Heegan team's supporters celebrate a goal in the Banadir Stadium of Mogadishu, Somalia on January 31, 2014. This year is celebrated the first football league recognized by FIFA after 23 years or war, which means the other ones were non official competitions and only now they can take part in official competitions such as African Cup and Word Cup. JM López©

Heegan team’s supporters celebrate a goal in the Banadir Stadium of Mogadishu, Somalia on January 31, 2014. This year is celebrated the first football league recognized by FIFA after 23 years or war, which means the other ones were non official competitions and only now they can take part in official competitions such as African Cup and Word Cup. JM López©

Pisa el balón con los tacos. Lo acaricia mientras mira a los ojos al rival. Amaga a la derecha, luego a la izquierda y arranca por la derecha tras quebrar al contrario que sólo lo puede seguir con la mirada. Apura hasta la línea de fondo y pone un centro templadito al punto de penalti. Deeq Abdullahi aprovecha el regalo de su compañero y sin dejarla botar la clava a la derecha haciendo inútil la estirada del portero que, con rabia, golpea el césped con el puño.

La grada estalla. Celebran el gol por todo lo alto. Se abrazan. Cantan. Bailan. Un auténtico espectáculo. La fiesta que se vive en la grada se contagia al banquillo del Heegan. Los jugadores celebran el segundo tanto, el de la tranquilidad. Alguno resopla y mira el mercador electrónico. Ganan 2-0 al Horseed y quedan menos de 10 minutos para el final. De terminar así, encabezarán la liga (aunque con un partido más) por delante del Banadir y del temible Elman F.C. (campeón los tres últimos años).

Es viernes por la tarde en Mogadiscio. Miles de somalíes abarrotan las gradas del estadio Banadir para disfrutar de su deporte favorito. Después de 23 años de guerra civil (que ha costado la vida a más de un millón de persona y ha dejado sin hogar a varios millones más) el fútbol se ha convertido en la gran esperanza para Somalia. “El fútbol es importante para la integración, para la estabilidad de los países y para la paz; y en Somalia necesitamos paz”, afirma a Marca Abdiqani Arab, secretario de la Federación de Fútbol de Somalia.

Jugadores del  Heegan buscan el tercer gol para sentenciar el encuentro y  sumar los tres puntos.   JM López©

Jugadores del
Heegan buscan el tercer gol para sentenciar el encuentro y sumar los tres puntos.
JM López©

Una paz que es esquiva con el país desde que un Golpe de Estado, en 1991, acabara con el dictador Mohamed Siad Barré. Desde entonces se han sucedido en el poder señores de la guerra, islamistas radicales, discípulos mal encarados de Al Qaeda y una sucesión de gobiernos corruptos que han convertido a Somalia en un agujero negro más conocido en el mundo por sus ‘famosos’ piratas que por sus playas de fina arena y agua cristalina.

Desde 2011, cuando Al Shabab (la filial de Al Qaeda en el cuerno de África) se retirase de Mogadiscio, Somalia vive en una tensa calma. Sólo los atentados suicidas, el último unos días después de la celebración de este partido dejó media docena de muertos, rompen con la aparente normalidad. Pero por primera vez en dos décadas los somalíes son ‘libres’ para ver un partido de fútbol.

En junio de 2006, durante el Mundial de Alemania, la Unión de Cortes Islámicas prohibió que se pudieran ver los partidos porque el fútbol va contra las normas del Islam. Pero no contentos con esa prohibición, cuatro después los islamistas dieron un paso más y durante el mundial de Sudáfrica, que ganó España, hubo varias ejecuciones públicas a personas que se saltaron la prohibición. “Esos días ya quedaron atrás. Ahora las gradas están siempre llenas de espectadores y nuestro sueño es poder ver jugar en Somalia a nuestra selección”, afirma Abdiqani Arab.

Y es que desde 1980 la Selección Nacional no ha podido disputar un solo partido como local para la Copa de África o para los mundiales. “Mi sueño es poder jugar por fin en casa un partido. Delante de mi gente. Escuchar al estadio cantando el himno nacional. Y ver qué la paz es una realidad palpable”, comenta Deeq Abdullahi, estrella del Heegan y jugador de la selección nacional.

Los jugadores del Heegan descansan en el vestuario después del partido. JM López©

Los jugadores del Heegan descansan en el vestuario después del partido. JM López©

Y el primer paso para que el combinado de Somalia vuelva a ‘casa’ será la disputa de los primeros partidos amistosos contra equipos de países vecinos. Primero contra un equipo de Putlandia (un estado autoproclamado autónomo de Somalia desde 1998) enemigo irreconciliable de Somalia. “La importancia del fútbol es poder ver sobre un terreno jugadores de Putlandia y de Somalia. Ese poder no lo tiene ningún político. Jamás conseguirían sentarse a una mesa a hablar… Directamente se pegarían o se matarían”, comenta con una sonrisa Ali Said Guled, presidente de la Federación somalí de fútbol.

Aún faltan décadas para que Somalia (203 en el ránking FIFA con 8 puntos- España lidera la tabla con 1,507) pueda disputar una Copa del Mundo, pero la ‘Perla de África’ está disputando el que será su partido más importante- posiblemente de su historia- conseguir la tan ansiada paz. Y para ello el fútbol está jugando un partido vital.

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Los piratas somalíes vuelven a pescar

*Artículo publicado en El Confidencial

** Este reportaje incluye galería fotográfica y un video

Un porteador se dirige a la loja de pescado con un ejemplar de pez espada capturado la noche anterior en aguas del índico. Fotografía: Antonio Pampliega ©

Un porteador se dirige a la loja de pescado con un ejemplar de pez espada capturado la noche anterior en aguas del índico. Fotografía: Antonio Pampliega ©

El viento caracolea entre los huecos horadados por las balas en el viejo faro de Mogadiscio. Mientras, pequeñas olas de crestas blanquecinas mecen una docena de embarcaciones que están amarradas cerca de la playa. Justo enfrente, el enorme cadáver de hormigón del hotel Aruba, la joya de Somalia y del este de África, hoy convertido en un esqueleto impasible que se pudre al ritmo del sol y carcomido por el salitre del mar.

La arena le muerde con fuerza en la cara. Agacha la cabeza y mira a su reloj. Son las 10:30 de la mañana. Mohammad Muhudin Hassan contempla desde su atalaya las aguas azules del Océano Índico. A lo lejos, diminutos puntitos se acercan a toda velocidad hacia la costa. Los pescadores comienzan a regresar después de haber estado faenando toda la noche.

Mohammad saca de su bolsillo una vieja libreta y un bolígrafo mordido por su parte posterior- síntoma inequívoco de las horas de aburrimiento que pasa este hombre cada día en el puerto. Desciende la escalinata de piedra hasta llegar a pie de playa. Aquí el viento golpea con más intensidad. “Ahora mismo estamos en temporada baja por culpa del viento. Con los botes que tenemos es prácticamente imposible salir a pescar porque corremos el riesgo de que una ola nos vuelque la embarcación”, afirma este hombre, encargado del Ministerio de Pesca de contabilizar el número de embarcaciones que salen cada día a pescar y de la captura que trae cada uno.

Los botes comienzan a entrar en puerto. Acompasados por las olas se van acercando a tierra firme donde varios jóvenes porteadores, con los pantalones remangados hasta las rodillas, esperan para transportar el pescado hasta el mercado. Un total de 100 barcos y más de 600 tripulantes zarparon por la noche o de madrugada en busca de las mejores capturas. Algunos- los que mejores barcos tienen- con dirección a Alta Mar para pescar las mejores y más valiosas piezas. El resto, la flota de bajura, se alejó una docena de millas de la costa.

Debido al aumento de la pesca, los precios del pescado han caido en picado en los últimos meses. Fotografía: Antonio Pampliega ©

Debido al aumento de la pesca, los precios del pescado han caido en picado en los últimos meses. Fotografía: Antonio Pampliega ©

“Trabajo en este puerto desde hace más de dos década y jamás había visto tal cantidad de barcos y de pescadores”, confiesa a El Confidencial. En Somalia la pescada nunca ha sido una de las industrias punteras, pero la tendencia cambió de unos años a esta parte cuando la mayoría de los piratas dejaron los AK-47 y volvieron a tomar las redes y los aparejos de pesca. Según las estimaciones, solo el 30% de los piratas continúan en el ‘oficio’ el resto ha desistido. En su mayoría procedentes de la región semiautónoma de Himan y Heeb, y de Putlandia- considerados como los centros históricos de la piratería en Somalia.

Varios hombres se afanan en limpiar con arena un bote que está en la playa. Otro grupo levanta a pulso una pequeña embarcación hasta dejarla sobre un repecho de arena, en tierra firme. Mohammad se acerca a los pescadores y les saluda. No ha sido una buena noche. Han capturado cinco langostas y un atún. “Tuvimos mala suerte. Se nos rompió el motor de la embarcación y no pudimos hacer nada más”, confiesa uno de los marineros mientras carga sobre su hombre la pieza cobrada y se dirige al cercano mercado de pescado.

El ritmo es frenético. Barcos y más barcos continúan entrando a puerto. Peces espada. Tiburones. Mantas Raya. Enormes atunes… El desfile de pescado es incesante. “Esto es una minucia. A penas tres o cuatro buenos ejemplares en toda la mañana. Los barcos Occidentales esquilman nuestras aguas y a nosotros solo nos quedan las migajas”, se queja amargamente Noordin, de 29 años, y propietario de varios barcos pesqueros. Dos hombres cargan sobre la cabeza un enorme pez espada y un tiburón. Se dirigen al mercado, pero antes deben sortear los innumerables escombros que abarrotan las calles de una ciudad destruida por 23 años de guerra.

Muchos pescadores se unen a la queja de Noordin y comienzan a amontonarse alrededor de Mohammad Muhudin Hassan. Lamentos. Súplicas. Quejas. Y hasta alguna amenaza contra el funcionario del gobierno somalí que sonríe de manera bobalicona aguantando el chaparrón. “Los Occidentales faenan en aguas de Somalia con barcos mucho mejor que los nuestros. Usan redes de arrastre y nosotros solo tenemos arpones para capturar las presas”, confiesa Hassan dando la razón a los pescadores que han tenido un mal día.

“Barcos de Corea o China realizan pesca ilegal en nuestras aguas. Sus barcos son tan grandes que parecen enormes ciudades, llenos de luces. Si la situación continúa como en los últimos meses los pescadores se acabarán cansado y volverán los ataques a los barcos. En definitiva, es mucho más rentable que salir todos los días a pescar y volver con las manos vacías”, finaliza Mohammad Muhudin Hassan tratando de calamar a la muchedumbre.

Y es que desde que en abril de 2005 se produjese el primer ataque contra un barco, Somalia ha acaparado portadas a nivel mundial por ‘culpa’ de sus ya famosísimos piratas. Desde aquel primer asalto, un total de 194 barcos han sido secuestrados y 3,741 tripulantes retenidos. Uno de los puntos álgidos en esta crisis se registró en 2011 cuando se produjeron 243 intentos de asalto a diferentes embarcaciones. Pero lejos quedan ya los tiempos de gloria de estos modernos piratas que armados con lánguidos AK-47 asaltaban superpetroleros de cientos de millones de euros. En 2013 solo se registraron un total de nueve ataques y la tendencia continúa a la baja.

“La culpa la tienen los barcos de la OTAN que disparan contra los piratas. Muchos creen que no merece la pena jugarse la vida y han dejado de dedicarse a la piratería”, afirma a El Confidencial Yusuf Hasan. “Ya no les resulta tan fácil como antes. Ahora los barcos llevan seguridad privada y mejor armamento. Es un suicidio pretender asaltar un barco”, sentencia.

Según las estimaciones, solo el 30% de los piratas continúan en el ‘oficio’ el resto ha desistido. En su mayoría procedentes de la región semiautónoma de Himan y Heeb, y de Putlandia- considerados como los centros históricos de la piratería en Somalia.Fotografía: Antonio Pampliega ©

Según las estimaciones, solo el 30% de los piratas continúan en el ‘oficio’ el resto ha desistido. En su mayoría procedentes de la región semiautónoma de Himan y Heeb, y de Putlandia- considerados como los centros históricos de la piratería en Somalia.Fotografía: Antonio Pampliega ©

Otro de los principales motivos por los que la piratería ha caído en picado es por la intervención del gobierno- el primer gobierno estable del país en décadas. Más de 900 antiguos piratas han sido integrados en las Fuerzas Armadas del país y, otros, han obtenido cursos de capacitación como pescadores. Además, empresas locales han comenzando a explotar las fértiles y abundantes aguas de Somalia. En febrero de 2013, el presidente de Somalia, Sheikh Hassan Mohamud, ofrecía una amnistía a los piratas que decidan abandonar sus operaciones en aguas del Índico. «Hemos estado negociando con los bucaneros indirectamente a través de los ancianos de los pueblos. La piratería tiene que terminar», aseguró el mandatario.

Mercado de Pescado

Somalia posee 3,300 kilómetros de litoral, el país con más kilómetros de costa de todo el continente, pero a pesar de este dato es el país de la región donde menos pescado se consume por habitante, 3,3 kg al año. “Los somalíes nunca han tenido una cultura del pescado. Pueden estar muriéndose de hambre que harán todo lo posible para no comer pescado”, afirma Abdel Kareem quién lleva ocho trabajando en uno de los puestos del mercado de pescado de Mogadiscio.

La somalí es una sociedad nómada donde la posesión de ganado es reflejo del estatus económico. Por ello, históricamente, el pescado ha sido percibido como símbolo de pobreza y de clase social baja. En los últimos años esta tendencia comienza a cambiar. Y para ellos no hay nada como visitar la lonja de Mogadiscio

Hordas de compradores caminan entre los puestos en busca de género. Pequeños ejemplares de tiburones y de peces martillo se agolpan en el mostrador de uno de los puestos de venta. Un hombre va señalando con el dedo y el comerciante los guarda en una bolsa de plástico… El griterío es mayúsculo en la parte de atrás del marcado. Dos Mantas Rayas aguardan en el suelo. Un joven levanta una de ellas y coloca su brazo dentro de la boca mientras otro, con un enorme cuchillo comienza a trocearla. La sangre inunda el suelo para regocijo de los curiosos que se agolpan para ver el espectáculo.

Hussein Musab lleva media vida trabajando como pescadero en esta lonja de la capital. Es uno de los más veteranos y una de las voces más críticas que se pueden encontrar. “Hace unos años el kilo de carne de tiburón recién capturado podía llegar a costar ocho dólares en la actualidad el precio está por debajo de los cuatro, la mitad”, se queja.

El incremento de la pesca ha tirado por los suelos los precios del género, a pesar de que hay más compradores que antes, las ganancias se han visto mermadas y es algo que no gusta. “¿Piratas? Con la miseria que estamos ganando actualmente muchos pescadores tendrán que volver a dedicarse a secuestrar barcos y pedir dinero por ellos. Así no podeos seguir ganándonos la vida”, relata desafiante.

Pero no todo son noticias catastróficas. Los turcos- los que más a fondo han entrado en Somalia- han comenzado a apoyar la pesca local dotando a de refrigeradores esta lonja con el fin de comenzar la exportación de pescado fuera del país, sobre todo de aletas de tiburón que tienen como destino final el mercado asiático.

Mientas Somalia consigue salir del pozo en el que lleva sumergida desde 1991, el negocio de la pesca comienza a revivir y con ella la estabilidad de un país más conocido por sus piratas que por sus playas y sus aguas azules turquesas… Aguas donde faenan- desde hace dos años- esos antiguos bucaneros.

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El hambre como arma de guerra en Somalia

*Reportaje Publicado en El Confidencial

Amina Ali mira con ternuna a su hijo, Ahmed, quien lleva varios meses ingresado para tratar su desnutrición en el hospital Banadir de Mogadiscio. Fotografía: Antonio Pampliega ©

Amina Ali mira con ternuna a su hijo, Ahmed, quien lleva varios meses ingresado para tratar su desnutrición en el hospital Banadir de Mogadiscio. Fotografía: Antonio Pampliega ©

La pequeña Aisha dormita. Su cuerpecito diminuto está envuelto en unas raídas telas rojizas para darle calor. Las costillas arañan la piel tratando de escapar del endeble cuerpo de la niña. Su respiración es rítmica. Un enfermero se acerca hasta ella y cambia la bolsa de glucosa por una nueva. Ichi, su madre, coloca su mano sobre el pecho de su hija. Una mano enorme comparada con el cuerpo de la pequeña. Un cuerpo que corresponde a una niña de cuatro años pero que en realidad no aparenta más de dos. La pequeña se debate entre la vida y la muerte. Aisha es somalí y el hambre le está matando.

En este país del cuerno de África el hambre mata a 13 niños- de cada 10,000 menores de cinco años- al día. Unas cifras escalofriantes que definen la terrible situación en la que se encuentra el país desde hace más de dos décadas. Alrededor de un 40% de los niños sufre desnutrición y sólo el 33% de ellos comen una vez al día. En la actual Somalia, el hambre mata a más gente que los atentados suicidas o las balas.

Ichi ibrahim Mohamed (40 años) ya sabe lo que es que un hijo se muera de hambre. Esta mujer, de rostro curtido y ajado por los años y por las inclemencias de una vida de calamidades, ha tenido que enterrar a tres de ellos. Y desde hace algo más de un año lucha para que la pequeña Aisha salga adelante. Aún tiene esperanza en volver a ver a su hija corretear cerca de la casa de plástico y palos de madera que llama hogar. “El hambre es un mal endémico de Somalia. Nosotros ayudamos a que los niños mejoren y ganen algo de peso, pero el problema es que cuando regresan a sus hogares las madres no pueden darles nada de comer… porque no tienen con qué alimentarlos. Es una espiral que acaba con la muerte del niño”, se lamenta el doctor Abdirizak Ali Mohammed.

Ichi ibrahim Mohamed junto a la cama donde descansa su hija. Fotografía: Antonio Pampliega ©

Ichi ibrahim Mohamed junto a la cama donde descansa su hija. Fotografía: Antonio Pampliega ©

El hospital Banadir (construido por el gobierno chino en 1977), enclavado en el corazón de Mogadiscio, es el barómetro que mide las pulsaciones del país. Aquí, cada día se registran 100 nuevos casos de desnutrición, de los que 8 ó 10 deben quedar ingresados debido a su extrema gravedad. Aisha está ingresada en la UCI junto con una docena de niños. Son los casos más extremos y los números no dejan mucho lugar a la esperanza. “El 90% de los niños que están aquí ingresados no salen adelante”, se lamenta el doctor mirando de soslayo a Ichi quien tiene la mirada fija en el infinito. La triste realidad sitúa a Somalia como uno de los países con la tasa de mortalidad infantil más alta del mundo. 188 de cada mil niños no llega a cumplir cinco años de vida.

Los tétricos pasillos de este hospital han visto morir a miles de niños. Espectros fantasmales que ahora recorren agazapados en las sombras las habitaciones en busca de nuevos niños a los que arrebatar el alma. En la segunda planta se encuentran algunos menores que han logrado salir adelante. Amina Ali aguarda en la cama a que regresen los médicos. A su lado el pequeño Ahmed- 3 años- no para de llorar y de berrear. Dos tiras de esparadrapo recorrer su cara sujetando un fino tubo de plástico que se pierde por los orificios nasales. Esa sonda es la que le ha permitido aferrarse a la vida. “Ahmed ha tenido mucha suerte. Su madre nos lo trajo a tiempo y lo pudimos sacar adelante. Ahora podrá volver a su casa aunque desgraciadamente creo que lo volveremos a ver pronto”, apunta el doctor desesperanzado.

Amina y Ali viven en una pequeña aldea situada a 40 kilómetros de Mogadiscio. La sequía y la guerra han hecho estragos en los civiles. “Todos nuestros animales han muerto y apenas tenemos con qué alimentarnos”, se lamenta la mujer, madre de otros dos hijos. Según la FAO (Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) unas 857.000 personas necesitan ayuda urgente por falta de comida en Somalia, la cifra incluye unos 203.000 niños menores de cinco años que sufren malnutrición aguda, todos ellos en su mayoría son desplazados internos.

Pero a pesar de la extrema gravedad el gobierno de Somalia no hace absolutamente nada por revertir la situación sino que usa la hambruna para seguir amasando dinero. Dinero que es utilizado para otros fines y donde la población civil- desde luego- no es una prioridad. “La Naciones Unidas, la Unión Europea, USAID y varios organismos internacionales donan mucho dinero al gobierno de Somalia para que corte de raíz la situación de hambruna que vive el país. Pero Somalia es el país más corrupto del mundo… Y aquí, esos fondos, no llegan”, denuncia a El Confidencial el doctor Yahya Abdulkadir.

Desde 1991 este es el primer gobierno ‘estable’ y funcional que conoce el país después de 23 años de cruenta guerra civil. Tras años de dictadores, islamistas- más o menos radicales-, señores de la guerra y gobernantes corruptos, los somalíes tenían puestas todas esperanzas en esta nueva administración pero los cambios a mejor son tan imperceptibles que muchos han perdido la fe.

Alrededor de un 40% de los niños sufre desnutrición y sólo el 33% de ellos comen una vez al día. Fotografía: Antonio Pampliega ©

Alrededor de un 40% de los niños sufre desnutrición y sólo el 33% de ellos comen una vez al día. Fotografía: Antonio Pampliega ©

La indignación de este médico llegó hasta tal punto que irrumpió en el despacho del ministro de salud para exigirle que acudiese al hospital para ver con sus propios ojos como los niños morían de hambre. “Dice que se pasará por aquí sin falta”, comenta con cierta ironía. “Lleva dos años en el cargo y jamás ha venido por aquí. Su oficina está a 500 metros de la puerta de este hospital”, sentencia.

Todas las partes implicadas en el conflicto han tratado de usar la hambruna como arma de guerra. Mientras el gobierno obvia a los civiles y prefiere invertir el dinero en la compra de armas para combatir contra los islamistas; los milicianos de Al-Shabab (la marca de Al Qaeda en Somalia) convirtieron la gran sequía de 2011 en una forma de exterminar civiles sin usar munición. Los radicales impidieron a los civiles abandonar las zonas más afectadas por la sequía. Con los campos yermos, los animales no tardaron en morir y acto seguido miles de somalíes perecieron por inanición. Y para completar este macabro círculo de muerte, la ayuda humanitaria cayó en manos de comerciantes ávidos de dinero que vendía, de estraperlo, lo que debería haber sido para civiles hambrientos. Según estimaciones del Centro para el Control y Prevención de Enfermedades de EE.UU., más de 29,000 niños menores de cinco años murieron de hambre en un periodo de tiempo de noventa días durante aquella terrible sequía. “El resultado fue catastrófico. Murieron miles de personas en todo el país de inanición. No tenían absolutamente nada que llevarse a la boca. Aquí lo único que podíamos hacer era certificar su muerte porque nos vimos completamente desbordados por la situación”, recuerda Yahya Abdulkadir.

Desde que el hospital Banadir volviese a abrir sus puertas en 2006- durante el gobierno de los Tribunales de las Cortes Islámicas- ese fue la peor crisis a la que se tuvo que enfrentar los médicos de este centro. “Cada día morían una media de 6 u 8 niños, y entre los adultos la situación no era mucho mejor”, enfatiza el doctor.
La situación ha mejorado ligeramente pero según señala Naciones Unidas en su último informe 3,7 millones de somalíes (casi la mitad de la población) está actualmente amenazada por el hambre. Pero estas cifras no ablandan el corazón de las naciones extranjeras a la hora de donar dinero, ya que se han recaudado menos de la mitad de los fondos que había solicitado la ONU para Somalia ($ 1,000 millones). La caridad de Occidente se mide en crisis y en imágenes. Y ahora mismo Somalia no existe.

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Periodismo, una profesión de riego en Somalia

*Nota del Autor: Después de casi un año sin actualizar el blog, por motivos de trabajo, vuelvo a retomarlo. Y lo hago desde Mogadisico (Somalia).

** Reportaje publicado por la Agencia DPA

Según el informe anual de la organización no gubernamental Reporteros Sin Fronteras (RSF) Somalia es, junto con Siria, el país más peligroso del mundo para el ejercicio del periodismo. En 2013 siete periodistas somalíes fueron asesinados, cifras solo superadas por India (8) y por Siria (10 periodistas y 35 periodistas ciudadanos). Estas cifras, a pesar del alto índice de muertos entre los profesionales de la información, son sensiblemente mejores a los que se registraron en 2012 cuando un total de 17 periodistas perdieron la vida.

“Somalia es uno de los peores lugares del mundo para ejercer el periodismo, nuestra misión no solo es la de denunciar la corrupción política, sino señalar a Al-Shabab (la filial de Al Qaeda en el país africano) o desenmascarar los negocios de los señores de la guerra. Somos un blanco fácil”, afirma a Dpa Abdirahim Isse Adow (51 años), director de Radio Mogadiscio.
Esta emisora, una de las más antiguas del continente y la decana de las radios de Somalia, se enfrentó frontalmente a Al-Shabab cuando el grupo islámico decidió, en 2009, prohibir la música en todo el país. “Fuimos la única radio que continúo emitiendo música, y eso nos convirtió en uno de los objetivos prioritarios del grupo terrorista”, sentencia el director de la emisora que ha visto, en estos últimos años, como varios de sus compañeros eran asesinados al salir de trabajar o en la puerta de su casa. “El gobierno no puede proveer una escolta a los 600 periodistas que hay en Mogadiscio. Somos un blanco fácil porque todo el mundo sabe donde trabajamos o donde vivimos”, comenta.

El técnico de sonido de Radio Mogadiscio prepara el estudio para la emisión del próximo pograma en directo. Mientras, varios de sus compañeros están listos para la tertulia política. Fotografía: Antonio Pampliega ©

El técnico de sonido de Radio Mogadiscio prepara el estudio para la emisión del próximo pograma en directo. Mientras, varios de sus compañeros están listos para la tertulia política. Fotografía: Antonio Pampliega ©

En los últimos 15 meses cinco informadores de radio Mogadiscio han sido asesinados. El número más alto de todo el país. Por ello, varios de los reporteros de la emisora acuden al trabajo con una pistola. “Imagino que están cansados de vivir con miedo”, asevera de manera diplomática. “El 90% de los asesinatos son cometidos por Al-Shabab y sus afines”, denuncia.

Mohammed Abdiwahab (28 años) trabaja como fotógrafo para una agencia internacional desde 2008. En este tiempo varios de sus mejores amigos han sido asesinados y él ha recibido amenazas de muerte por teléfono. Pero a pesar de la presión a la que se encuentra sometido por ser periodista e informar para un medio extranjero, el joven pretende continuar con el ejercicio de su profesión. “No pienso abandonar mi país, quiero quedarme y trabajar para el pueblo”, asevera categóricamente. “Los periodistas nos hemos convertido en una herramienta fundamental del país. Somalia crece y es, en parte, gracias al trabajo que hacemos los periodistas”, sentencia el joven fotoperiodista. Muchos periodistas somalíes no tienen la suerte de Mohammed y trabajan como voluntarios- sin cobrar un salario- o ganando muy poco dinero. “Lo hacemos porque amamos esta profesión por encima de todas las cosas”, sentencia.

Abdimanan Yusuf Mohamed, director de la empresa de comunicación HornConnect, es de la misma opinión que su compañero. “El pueblo necesita estar informado por eso, en los últimos años han aparecido más y más medios. Somos esenciales para que este país prospero y deje atrás 23 años de guerra civil”, afirma el joven empresario. La empresa de Abdimanan, fundada en 2010, da servicio a todas las televisiones extranjeras con presencia en Mogadiscio.

En la oficina de Horn Connect se puede ver al corresponsal de la BBC Árabe compartiendo mesa con el de Russia Today o Press TV. Esta compañía emitió, por primera vez, las elecciones de 2012 en directo para todo el país. “Sabemos que podemos morir en cualquier momento, pero hasta entonces seguiremos trabajando y siendo profesionales. No podemos dejar que el miedo a la muerte influya en nuestro trabajo. Luchamos por Somalia y por recuperar lo que nos robaron hace 23 años”, finaliza.
Somalia, desde la caída del dictador Siad Barré en 1991, no ha tenido un gobierno estable. Los informadores han estado sometidos a los dictados de Al-Shabab, milicianos, políticos corruptos o señores de la guerra. Convertidos en un blanco fácil para cualquiera que quisiese deshacerse de una mala crítica. “Al-Shabab, por ejemplo, impone a los periodistas una ley mordaza y si te revelas lo pagas con tu propia vida. Su objetivo, último, es controlar los medios y a los informadores para manipular a los somalíes”, denuncia Mohammad Ibrahim (37 años), secretario del Colegio de Periodistas de Somalia y columnista de New York Time desde 2006.
Este veterano periodista, amenazado de muerte en multitud de ocasiones, denuncia la pasividad de la policía y el gobierno de la nación a la hora de tratar de esclarecer los crímenes. “No se investigan los asesinatos. No se detiene a nadie. No se hace nada para impedir que más periodistas sigan siendo asesinados todos los años en Somalia”, señala el informador quién pone el ejemplo de su compañera Fatuma Abdulkadir Hasan quien fue detenida por la policía tras confesar, en un programa de radio, que dos compañeros de trabajo la habían agredido sexualmente. “La libertad de expresión, simplemente no existe en Somalia”, finaliza categórico.

El reportero de Radio Mogadiscio, Swaal Moalim Mohamud, se prepara para entrar en directo desde los estudios centrales de la cadena. Fotografía: © Antonio Pampliega

El reportero de Radio Mogadiscio, Swaal Moalim Mohamud, se prepara para entrar en directo desde los estudios centrales de la cadena. Fotografía: © Antonio Pampliega

El objetivo no deja de ser otro que silenciar todas voces críticas y que buscan la verdad e informar de lo que está pasando, pero esa forma de entender la profesión no es compartida por las altas esferas ni por los terroristas a fines a Al Qaeda. “A la amenaza contaste de Al-Shabab se unen los miedos por denunciar las corruptelas políticas y los tejemanejes de los grandes hombres de negocio de Somalia. Una mala palabra puede costarte la vida…”, afirma el reportero de Radio Mogadiscio Swaal Moalim Mohamud (23 años). El periodista no tiene ninguna duda de que un alto número de compañeros asesinados ha sido por encargo. “Simplemente molestaban y han decidido quitarlos de en medio”, denuncia.

Pero a pesar de todas las amenazas y todos los peligros que se ciernen sobre ellos, cientos de periodistas somalíes salen cada día a la calle para continuar informando.

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