Siria: La Primavera Marchita

Portada de Siria: La Primavera Marchita

Portada de Siria: La Primavera Marchita

Hoy se celebra el día del libro. Miles de libreros de toda España se echaran a la calle para tratar de atraer la atención de posibles compradores. Muchos autores firmarán sus libros e intercambiarán afectuosas palabras con aquellos que acuden en busca de sus firmas o fotografías. Hoy, que es el día del libro. Quiero hablaros de Siria. La Primavera Marchita.

El libro desgrana la parte más humana del conflicto de Siria. El lector descubrirá a partir de estas historias cómo ha sido la vida en este país de Oriente Próximo durante 2013 y la realidad que hay más allá de los combates, los atentados, las treguas inexistentes y las cifras de muertos. Este título es, además, una apuesta por el periodismo de calidad en tiempos de crisis y un homenaje al oficio de contar lo que ocurre en cualquier parte del mundo, pero especialmente en los lugares donde se cometen injusticias.

Está firmado por un total de 12 periodistas (Españoles, italianos, mexicanos y colombianos) que han visto, sentido y vivido le guerra se Siria en los últimos años. Siria. La Primavera Marchita recoge historias de 2013 y 2014, e incluye una treinta de fotografías.

Los beneficios del libro serán destinados a una ONG médico-humanitaria que trabaja en Siria.

Aquí puedes comprarlo (también en librerías) y descargarte el primer capítulo.

http://libros.com/crowdfunding/siria-la-primavera-marchita/

Disfrutarlo!

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Los cadáveres del ISIS se pudren en Kobane

Cadáver de un combatiente del ISIS. Fotografía: © Antonio Pampliega

Cadáver de un combatiente del ISIS. Fotografía: © Antonio Pampliega

“¡Puagggg!”, dice Mohammad poniendo cara de asco y acercándose a los restos de un combatiente del ISIS. “Nunca los había visto tan de cerca. La verdad es que es una cosa asquerosa”, confirma el muchacho contemplando los fragmentos de una pierna que perteneció a un yihadista. El olor es nauseabundo. La escena es dantesca pero los ojos de Mohammad, de 11 años, no se pueden apartar de la carne putrefacta.

Kobane es un gigantesco cementerio donde centenares de cuerpos se pudren al sol o debajo de los escombros de los edificios destrozados por la aviación de la coalición. La ciudad huele a putrefacción y a muerte. Una pierna colgando entre las ruinas de una casa deshecha a morterazos. Un cráneo mimetizado entre pedazos de hormigón. Un cuerpo partido por la mitad donde aún se puede distinguir la camiseta de FC Barcelona.  No es complicado toparse con restos de combatientes del Estado Islámico. En algunas zonas, donde los combates han sido más intensos, hay que tener cuidado donde se pisa porque muchos cuerpos permanecen semienterrados entre los edificios bombardeados.

Según las estimaciones kurdas cerca de 3,000 yihadistas habrían muerto en los combates. Una cifra que nadie puede calcular con exactitud debido a la destrucción de la ciudad- muchos cuerpos se encuentran bajo los escombros- y a que muchos cuerpos han sido volatilizados por los bombardeos aéreos. Algunos cuerpos llevan descomponiéndose desde hace meses, casi desde los primeros albores de la ofensiva yihadista contra la ciudad kurda. “Los yihadistas no se pararon a enterrar a sus muertos. Los dejaban tirados en medio de la calle o debajo de las casas. Las ha dado exactamente igual”, denuncia Saber Damer, director de las brigadas de limpieza de la ciudad.

Restos de un yihadista en  la ciudad de Kobane. Fotografía: © Antonio Pampliega

Restos de un yihadista en la ciudad de Kobane. Fotografía: © Antonio Pampliega

Este hombre, que estuvo preso desde 1992 a 2003 por oponerse al régimen de Hafez Al Assad, comanda un grupo de ocho hombres que, en el último mes, han recogido los cadáveres- lo que poco que quedaba de ellos- de centenares de combatientes. “No podemos contabilizar con exactitud cuántos cuerpos hemos recogido en estas semanas, porque muchas veces sólo podemos recuperar brazos, piernas o el torso; pero estoy seguro de que han sido más de 350 cuerpos”, comenta.

Provistos de trajes ‘especiales’, guantes, mascarillas y gafas de plástico recorren las calles de Kobane recogiendo cualquier resto que encuentran a su paso. En muchas ocasiones son los propios vecinos los que les llaman. “Cuando regresamos a nuestras casas nos encontramos con más de una docena de cadáveres. Algunos los tapamos con mantas para tratar de mitigar el hedor que desprenden”, apunta Ahmed, un vecino de la zona quién acompaña a la brigada señalando los cuerpos de los islamistas. “Esto es un foco de infecciones y de insalubridad. ¿Qué pasará cuando llegue el buen tiempo y el calor?”, se pregunta este vecino.

Y ese es el principal problema al que se enfrentan ahora los habitantes de Kobane. Las enfermedades infecciosas. “Hay cientos de cuerpos en descomposición bajo los escombros y en las calles. Los cadáveres están llenos de larvas y con el calor eclosionarán y comenzarán a transmitir enfermedades a los habitantes de la ciudad. Tendríamos que fumigar debajo de los escombros para aplacar la epidemia antes de que sea demasiado tarde”, denuncia Mahmut, uno de los operarios del equipo de limpieza. El problema es que esta brigada carece de todo menos de ímpetu a la hora de trabajar sobre el terreno.

Pasaportes, dinero y coranes

Miembros de las brigadas de limpieza ante el cadáver de un combatiente. Fotografía: © Antonio Pampliega

Miembros de las brigadas de limpieza ante el cadáver de un combatiente. Fotografía: © Antonio Pampliega

Mientras esperan la llegada de ayuda para combatir las posibles epidemias que se ciernen sobre la población de Kobane el equipo continúa sus labores de recogida de los cadáveres. Al este de la ciudad, donde la intensidad de los combates se mide por el número de casas que han quedado en pie- casi ninguna, los cuerpos se acumulan en las calles.

“Lo primero que hacemos es revisarles los bolsillos”, apunta Mustapha, otro de los componentes del grupo. Un ejemplar del Corán. Pasaportes. Dinero de su país de origen. “Hemos encontrado varios pasaportes de Jordania o Documentos de identidad de Siria pero los cadáveres estaban en tan mal estado que no hemos podido confirmar si se trataban de ellos o no”, recuerda.

Monedas de Marruecos, Euros o billetes de Irak son algunas de las cosas que han podido recuperar de los cuerpos. “Aparte de esto no sabemos absolutamente nada más de su origen. Ni fotos de la familia. Ni teléfono móvil”, comenta Mustapha mirando con desprecio el cuerpo de un combatiente del Estado Islámico que tiene varias heridas de bala en el torso.

“Siento desprecio por ellos. Si dependiese de mí se quedarían aquí pudriéndose al sol o para que sirviesen de alimento a los perros que vagabundean por las calles de la ciudad; pero no queremos ser como ellos. Nosotros respetamos los cadáveres y los enterramos. A pesar de todo… siguen siendo Seres Humanos aunque su humanidad quede en duda”, puntualiza este hombre que ha encontrado, mientras trabajaba, los cadáveres de varios amigos que murieron combatiendo al Estado Islámico. “Los reconocí por la ropa o por algún objeto que llevaban consigo… A ellos los enterramos con todos los honores”, puntualiza.

Mahmut mira la fosa común, a las afueras de Kobane. Fotografía: © Antonio Pampliega

Mahmut mira la fosa común, a las afueras de Kobane. Fotografía: © Antonio Pampliega

¿Y qué ocurre con los cuerpos de los yihadistas? Mahmut Sadei conduce su pequeño tractor por las calles de la ciudad. En la caja se acumulan cuerpos y más cuerpos putrefactos. Las miradas de los vecinos se fijan en las manos o piernas que sobresalen. Algunos hacen fotos. Otros vitorean a Mahmut. Los menos apartan la mirada. “Los llevo a las afueras de Kobane. Allí hemos abierto fosas comunes donde los tiramos todos juntos y los enterramos. ¿Deberíamos quemarlos? Quizás, pero sólo Alá tiene la potestad de quemar a una persona. Dejemos que sea Él quien lo haga”, comenta el tractorista, que hace el mismo camino varias veces al día.

“Este trabajo es ingrato pero alguien lo tiene que hacer. Nunca había visto un muerto. Ahora, casi estoy inmunizado. Lo que más me preocupa es el impacto que pueden tener sobre los niños que juegan por la ciudad y se topan con esto”, se sincera.

El Skyline de la ciudad está cercenado por las bombas. La situación convierte a la ciudad en un lugar inhabitable pero aun así la vida vuelve a abrirse paso en la ciudad mártir del Kurdistán.

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El pan de la guerra

Varias niñas miran con desesperación el pan. Fotografía: © Antonio Pampliega

Varias niñas miran con desesperación el pan. Fotografía: © Antonio Pampliega

Si algo he aprendido de los árabes es su amor por el pan. Más que amor la palabra sería veneración, devoción casi.  En Kobane descubrí un nuevo adjetivo: Desesperación. Y es que el pan se ha convertido en uno de los pocos alimentos que muchos kurdos pueden llevarse a la boca durante todo el día.

Cinco meses de asedio han conseguido acabar con todo. No hay tiendas. No nada. Salvo hambre y desesperación. La única panadería de la ciudad produce más de 150,000 obleas de pan al día. La mayoría van a parar a los soldados que combaten en primera línea contra los yihadistas del Estado Islámico. ¿Y los civiles? Pues los civiles deben agolparse cada tarde en alguno de los puntos de recogida que hay repartidos por la ciudad.

Varios ancianos acuden a recoger sus bolsas de pan. Fotografía: © Antonio Pampliega

Varios ancianos acuden a recoger sus bolsas de pan. Fotografía: © Antonio Pampliega

Imágenes de ancianos empujando a niños. Hombres metiendo la mano y colándose para aferrarse al pan. Miedo por no llevar nada de comer a casa. Imágenes que hablan de una guerra silenciosa y donde los civiles, como siempre… están en medio.

Una niña recoge una bolsa de pan. Fotografía: © Antonio Pampliega

Una niña recoge una bolsa de pan. Fotografía: © Antonio Pampliega

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La madre de Kobane

Hanem y Zardast en el hospital de Kobane. Fotografía: © Antonio Pampliega

Hanem y Zardast en el hospital de Kobane. Fotografía: © Antonio Pampliega

Unas profundas arrugas curten el duro rostro de Hanem. Tiene 60 años pero aparenta, al menos, 10 más. Hanem es kurda. Vive en Kobane. Es madre de una enfermera que trabaja en el único hospital que continúa operativo en toda la ciudad, el resto fueron destruidos por el Estado Islámico.

Mucho se ha escrito y hablado sobre el valor de las mujeres kurdas. Ríos de tinta que se han centrado, sobre todo, en esas mujeres que, Kalashnikov mediante, plantaron cara a los yihadistas. Las mujeres kurdas han dado la vuelta al mundo enarbolando la bandera de la libertad y de la lucha…

Hanem ya no tiene edad para combatir. Pero su misión es tan importante, o más, que la de aquellas que combaten en primera línea. Hanem, durante cinco meses- los mismos que duró el asedio a la ciudad- estuvo siempre en Kobane. No huyó. No… Ella se quedó en Kobane y durante cinco meses acudió cada día al hospital para hacer compañía a todos y cada uno de los heridos que llegaban.

“Muchos de ellos no son de Kobane. No tienen familia. Yo vengo todos los días a hacerles compañía. Hablo con ellos. Les pregunto cómo están. Les preparo té… Me he convertido en la madre de todos ellos”, dice con orgullo Hanem.

La mujer se encuentra junto a la cama de Zardast. El soldado resultó herido en combate. Una bala le entró por la garganta y le salió por la espalda. Está vivo. Tuvo suerte. Más suerte que su compañero. “Murió de un balazo delante de mí”, recuerda.

Zardast vive lejos de Kobane. No tiene familia. Está solo. Pero Hanem se ha convertido en su compañía. En sus pies y en sus manos. “Me hace los días más llevaderos. Me habla de su familia. De su vida… Me recuerda mucho a mi madre”, comenta el joven soldado.

Puede que Hanem no esté pegando tiros en el front line. Su fotografía jamás abrirá la portada de ningún periódico. Su historia no será jamás noticia; pero ella representa a esos héroes silentes. Siempre en segundo plano. Siempre lejos de los focos, pero su luz es la que más brilla.

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Mujeres a pie de guerra

Nadia desayunando en uno de los comedores sociales de Pervomaisk. Fotografía: © Antonio Pampliega

Nadia desayunando en uno de los comedores sociales de Pervomaisk. Fotografía: © Antonio Pampliega

Nadia come con ansia. Colma la cuchara con sopa. Muerde con avidez el mendrugo de pan. El hambre se ha convertido en su único compañero de juegos. Larisa, su madre, observa a su hija de 4 años. No puede reprimir las lágrimas. Vive en medio del frente de combate. Por un lado tiene a la artillería ucraniana y por otro las tropas prorrusas quienes le roban los pocos alimentos que tienen en la despensa. “He estado semanas sin comer nada de nada, salvo algunas hierbas que crecen en mi jardín. Mis vecinos se apiadan de nosotros y nos dan algo de comer”, se lamenta esta mujer madre de cuatro hijos y que lleva meses sin poder cobrar su salario. “Nosotros no vivimos sólo sobrevivimos”, denuncia.

Esta madre, como muchas de las que viven en la ciudad de Pervomaisk, tiene que explicar a sus hijos que no puede comprarles chocolate o dulces porque no tiene dinero. “Muchas veces no lo entienden y se enfadan conmigo. Yo siempre les digo ‘mañana, mañana compraremos algún dulce’ pero es mentira”, Larisa rompe a llorar. La ansiedad y la angustia acaban por desbordarla. “No quería venir a este comedor. Nunca he pedido nada en mi vida. Me avergüenzo de mi situación y de no poder mantener a mis hijos con dignidad”.

El llanto de la mujer es ahogado por el sonido de las cucharas golpeando los platos de sopa vacios. Un ejército de caras tristes y cansadas abarrota el comedor social de Pervomaisk. La comida escasea en la ciudad y cientos de personas llenan, cada día, los diferentes comedores de la ciudad donde reparten un plato de sopa caliente y un pedazo de pan. “Damos de comer a más de 2,000 civiles. Son tiempos muy difíciles. La comida escasea. El frío aprieta y la gente no tiene dinero. Hemos contabilizado más de 10 muertos por culpa del hambre”, afirma Viktoria.

Esta joven, de 17 años, se ofreció como voluntaria en este comedor social tras no poder volver al colegio por culpa de los bombardeos de la artillería ucraniana. “Mi responsabilidad era ayudar a mis vecinos. Ayudar a las familias que…”. Viktoria hace una pausa. Las ventanas de la vivienda vibran. La onda expansiva de un mortero las hace temblar. “… más lo necesitan puedan sobrevivir”.

Viktoria trabaja junto a su madre, que es la cocinera, y junto a media docena de voluntarias del pueblo. “Cada día vemos a nuestros vecinos agradecidos. Nos agradecen tener algo caliente que llevarse a la boca. Pueden repetir todas las veces que quieran…”.

Sobrevivir en un refugio

 

Katia en su refugio. Fotografía: © Antonio Pampliega

Katia en su refugio. Fotografía: © Antonio Pampliega

Pervomaisk es una ciudad fantasma. De sus más de 50,000 vecinos sólo unos pocos han decidido quedarse y resistir el envite de la artillería que castiga, con dureza, las posiciones prorrusas situadas en la ciudad. Los que han decidido quedarse lo hacen escondidos en sótanos o en refugios antinucleares.

Sus ojos miran al infinito. La tristeza de su alma se dibuja en su rostro. El ‘tic-tac’ de un pequeño reloj rompe el silencio de la habitación. Katia respira profundamente. Permanece sentada en una modesta butaca desvencijada por el paso del tiempo. Esta anciana de 82 años es consciente de que su vida se va apagando poco a poco. ‘Tic-tac’. Katia vive en un refugio construido durante la Guerra Fría y cuya función era la de albergar a cientos de civiles en caso de ataque nuclear y que, desde agosto, se ha convertido en su hogar. “No puedo volver a mi casa porque todas las ventanas están rotas y hace mucho frío por la noche. No tengo a donde ir”, se lamenta esta anciana que vive hacinada en una destartalada habitación, de paredes mohosas y desconchadas.

“En la Segunda Guerra Mundial la situación no era tan mala como ahora. He visto a varios vecinos morir de hambre y no quiero que eso me pase a mí. Yo no quiero morirme así”, comenta entre sollozos. Katia tenía sólo seis años cuando los nazis asolaron su ciudad pero aún conserva destellos de aquellos funestos días. “Había combates, bombardeos, había hambre… pero no nos matábamos entre hermanos. Nos ayudábamos entre nosotros”, afirma volviendo a mirar al infinito y a quedarse silente mientras ojea una biblia de color azul.

La hija de Nina espera la hora del almuerzo para comer algo. Fotografía: © Antonio Pampliega

La hija de Nina espera la hora del almuerzo para comer algo. Fotografía: © Antonio Pampliega

Nina Timofeevna cuida de Katia. Tiene 67 años y vive desde hace meses en el mismo refugio que la anciana. Los bombardeos destrozaron su casa y se refugió en el subsuelo junto con su hija-disminuida psíquica. Nina ha colocado varias rebanadas de pan duro en una sartén que se calienta al fuego. “Esa será nuestra cena hoy. Eso y un vaso de café”, se queja. “Nosotros no podemos ir a los comedores sociales porque están muy lejos. Si empiezan los bombardeos nos pillarían en medio de la calle, sin poder huir y moriríamos. Katia con 82 años no está para correr”, denuncia Nina.

Las mujeres de Donetsk

La figura del imponente Donbass Arena surge entre la espesa niebla que cubre la ciudad de Donetsk. Cientos de personas aguardan paciente su turno bajo la lluvia. Esperan para sacar un ticket con el que llevarse a casa una bolsa de alimentos. El hambre campa a sus anchas por la capital del carbón. “Hace meses que no recibo mi salario. Sólo me queda la caridad para poder sobrevivir”, se queja Anastasia mientras sostiene a su recién nacido.

“La situación se está volviendo insostenible para la población civil de Donetsk. Sin la ayuda que les brindamos la mayoría de las personas morirían de frío y de hambre en cuestión de semanas”, se sincera Anna. Esta joven ucraniana siempre ha tenido vocación para ayudar a los demás. Antes de la guerra trabajaba en un centro de ayuda a mujeres maltratadas. “Ahora dedico mi tiempo a mis vecinos para ayudarles a sobrevivir”, comenta.

Varias mujeres hacen cola en un mercado para poder comprar alimentos. Fotografía: © Antonio Pampliega

Varias mujeres hacen cola en un mercado para poder comprar alimentos. Fotografía: © Antonio Pampliega

Anna se encarga de registrar a todas las personas, anotar sus necesidades y gestionar el reparto de comida. “Hay familias que viven atrapadas en el frente de batalla y no pueden arriesgarse a venir hasta aquí, así que nosotros les llevamos la comida hasta sus refugios o sus casas”, afirma esta joven voluntaria que forma parte de un equipo de más de 50 personas que trabajan los siete días de la semana.

Mientras Anna sigue registrando más y más civiles; a unos kilómetros de allí, en la mina de Chelyuskintsev las hermanas Voronok están cruzadas de brazos. Hace meses que la mina está parada por culpa de una inundación- la artillería dejó sin luz los generados que extraen agua del interior anegando los pozos. “El carbón es nuestro pan. Hace meses que no cobramos un céntimo pero tenemos que seguir viniendo a trabajar para que, en pocos meses, la mina vuelva a funcionar”, afirma Galina, la mayor de las dos hermanas. Su trabajo consistía en separar las impurezas y los desperdicios del carbón. Pero… ahora mira con nostalgia como las cintas transportadoras permanecen paradas.

Galina trabajando en la mina. Fotografía: © Antonio Pampliega

Galina trabajando en la mina. Fotografía: © Antonio Pampliega

“Esta mina se fundó en 1913. En estos 100 años sólo había dejado de funcionar durante la II Guerra Mundual y en 1976 para poder mejorar algunos túneles…”, cuenta con nostalgia Mikhailovna, la otra hermana. No saben cuánto tiempo llevarán las reparaciones para que la mina vuelva a funcionar. “Seis meses. Un año. Depende de si la guerra vuelve a dejarnos sin luz en los generadores”, se sincera la mujer que lleva seis meses sin cobrar. “Aún así tenemos que venir a trabajar todos los días”.

Desde que dio comienzo la guerra en el Este de Ucrania (12 de abril de 2014) la artillería a fin al gobierno de Kiev ha alcanzado esta mina hasta en seis ocasiones provocando diferentes destrozos. “Han conseguido que la producción se reduzca. De los 2,5 millones de toneladas de carbón que producíamos anualmente en 2014 no vamos a alcanzar ni el millón”, denuncia Galina cuyo marido también trabaja en la mina y han visto como su situación financiera comienza a ser precaria. “Si no tengo pronto un salario no sé cómo voy a poder alimentar a mis hijos”.

Este mismo problema lo tiene Yana Ivanova, jefa de enfermeras del psiquiátrico de Donetsk. Hace meses que no cobra y muchas veces no puede ir a trabajar porque no tiene ni dinero para pagar el autobús. Esta mujer lleva 11 años trabajando en el hospital y para ella sus pacientes forman parte de su familia. “No pienso abandonarlos a su suerte y esperar a que mueran de inanición. Esta situación no puede prolongarse más en el tiempo. En unos meses nos quedaremos sin medicamentos”, denuncia.

“La mayor parte de los pacientes son bastante tranquilos, y a pesar de que algunos no reciben la medicación adecuada- muchos tienen, además, tuberculosis o SIDA- no hemos registrado ningún altercado violento. Pero necesitamos ayuda urgentemente. No podemos trasladar a 400 enfermos y cruzar los puestos de control que separan la zona rebelde de la ucraniana”, se resigna la enfermera jefe.

En el exterior del edificio una docena de pacientes se calientan alrededor de la lumbre mientras, a través de un viejo transistor, suena música Pop. “Los pacientes nos ayudan cocinando o limpiando. La mayor parte del personal huyó durante los combates y estamos muy justos”, comenta Yana.

Mujeres en la trinchera

Natacha, una cosaca.

Natacha, una cosaca.

Pero en esta guerra no todas las mujeres están en retaguardia, las hay que también luchan en primera línea. Las hay que combaten al lado de los hombres. Natacha tiene 27 años y es madre de una niña de cinco años, pero eso no la ha impedido pertrecharse con su uniforme de camuflaje, coger su AK-47 e ir al frente. “Mi abuelo era cosaco. Mi padre es cosaco. Mi marido también lo es… y yo estoy orgullosa de serlo. Por eso estoy aquí. Para defender a mi pueblo y dar mi vida por mi gente”, comenta orgullosa Natacha.

Además de combatir Natacha es la encargada de alimentar a sus compañeros de batallón. “Al final, los hombres no son nada sin las mujeres”, ríe. “Ellos cuidan de mí y yo de ellos. Somos una gran familia bien avenida”, confirma.

Natacha rehúsa responder a la pregunta sobre el combate. Sobre si ha matado o no. “En una guerra se hacen cosas para sobrevivir. Cosas de las que no se puede estar orgulloso. Y yo he hecho cosas de las que no me siento orgullosa. Pero es una guerra…”, sentencia.

La guerra saca lo mejor y lo peor del ser humano. Estas mujeres valientes están dispuestas a dar su vida por ayudar al prójimo.

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