“La guerra me convirtió en traficante de armas”


Reportaje de A. Pampliega para AFP

El humo de los cigarrillos nubla la cargada atmósfera de la habitación. Las colillas mueren en unos ceniceros colmados de ceniza. Al calor del hogar los hombres, de manera distendida, hablan de la evolución del conflicto y de la situación de Idlib. “No creo que las tropas de Bachar Al Asad tarden mucho en atacar Binnish, sobre todo después de la caída de Idlib”, afirma un guerrillero de fiera mirada y espesa barba. Los vasos de cristal llenos de té pasan de una mano a otra mientras los rebeldes hablan de sus cosas… Nadim, en el centro de la habitación, controla la situación. Todos han venido a verle a él, es el hombre más popular de toda la provincia de Idlib.

Antiguo comerciante es, desde hace un mes, el proveedor oficial del Free Army. “Cuando comencé a ver los bombardeos y los asesinatos de civiles en la televisión pensé en hacer algo por la revolución y se me ocurrió en comprar armas a los soldados del régimen para dárselas al Free Army. La guerra me convirtió en traficante de armas”, afirma. Pero aunque las palabras y las intenciones de Nadim suenen loables, este orondo hombre no es el Robin Hood de la revolución Siria… Continua haciendo negocio a costa de unos y de otros; a este hombre de mediana  edad lo que realmente le motiva es el dinero.

Soldados del Ejército Llibre Sirio en su cuartel de Binnish (provincia de Idlib). Fotografía Ricardo García Vilanova

Por él pasan todas las armas que usan los soldados rebeldes en sus ataques contra las tropas del régimen. “Los soldados de Bachar Al Asad acuden a mi cuando tienen un buen número de armas y me las venden a un precio razonable: 2.000$ por Kalashnikov. Yo se las revendo al Free Syrian Army por 2.500$”, afirma. Un negocio redondo y con pingues beneficios donde sabe, mejor que nadie, que si las tropas gubernamentales dan con él su castigo será la pena de muerte.

Desde primera hora de la mañana hasta bien entrada la madrigada el goteo de guerrilleros, civiles y todo aquel que quiera empuñar un arma es incesante. “Venimos a ver el género que tiene… Y a comprar un arma para poder defender a nuestras familias cuando las tropas del régimen asalten nuestras ciudades”, comenta Mahmud un antiguo soldado regular. Soldados con uniformes de camuflaje se sientan en el salón de casa de este traficante donde las armas están apoyadas en la pared, junto al televisor.  A la vista de todo el mundo. No tiene que ocultar nada… todo el mundo en Binnish y en las localidades cercanas sabe a qué se dedica… Uno a uno va entregando las armas a sus posibles clientes para que las examinen.

Con una colilla apunto de consumirse entre sus labios sus diestras manos desmontan con una facilidad pasmosa el AK-47. Comprueba la boca del cañón. Baña en aceite los cerrojos y las piezas metálicas. Levanta la mirilla mientras guiña un ojo. Coloca varias veces los cargadores en el arma… Su rostro muestra su satisfacción. Parece que hoy Nadim hará un buen negocio. “No todo el mundo puede pagar un rifle; los que no tienen suficiente dinero me lo alquilan para operaciones esporádicas y después me la devuelven; es otra forma de ganar dinero”, sentencia con una sonrisa irónica.

El Free Army carece de todo. Hay más soldados dispuestos a dar su vida por la revolución que Kalashanikov que empuñar. La munición es otro bien preciado por estos parajes. “Nosotros no queremos que intervengan potencias extranjeras como ocurrió en Libia, nosotros lo que queremos son armas para poder defendernos y derrocar a Al Asad. Los sirios seremos los que ganemos… pero para eso alguien nos tiene que suministrar el armamento”, sentencia otro soldado rebelde.

Mohammad, un ex oficial del ejército regular del presidente sirio, saca de su bolsillo un grueso fajo de billetes y comienza a contarlos mientras Nadim mira el dinero con avaricia. “He tenido que vender los sillones de mi casa, las alfombras… Hasta la estufa para poder comprar un Kalashnikov. Mi mujer me dio, incluso, sus propias joyas… pero no puede aceptarlas”, sentencia. Nadim vuelve a contar el dinero… Todo está correcto. Le entrega uno de los rifles que tiene apoyados en el salón de su casa al guerrillero, pero sin munición. “Las balas van a parte”, afirma… “Cada una de ellas cuesta tres dólares”, sonríe. La sonrisa le delata. Un Kalashanikov es capaz de disparar 600 balas por minutos. Si su cliente es de gatillo fácil; en un minuto podría ganar hasta 1.800$. Nadim abre el armarito que hay bajo el televisor y saca tres cargadores llenos de munición y se los entrega a Mohammad…

Checkpoint nocturno del Ejército Libre Sirio en la ciudad de Taftanaz (provincia de Idlib). Fotografía Ricardo García Vilanova

“Yo he tenido que vender hasta el coche para poder comprarme un rifle y munición”, confiesa otro soldado mientras se atusa la barba. Nadim atiende a uno y a otro mientras el teléfono no para de sonar… más clientes. “Sí, sí, puedes pasarte cuando quieras”, afirma este traficante mientras suelta una risa estridente. El supermercado de la guerra se prepara para la inminente ofensiva; ese día cada saldado rebelde empuñará un arma de Nadim.

“Nosotros no queremos que intervengan potencias extranjeras como ocurrió en Libia, lo que queremos son armas para poder defendernos y derrocar a Asad. Los sirios seremos los que ganemos, pero para eso alguien nos tiene que suministrar el armamento”, afirma otro soldado rebelde.

Mohamad, un ex oficial del ejército regular, saca de su bolsillo un grueso fajo de billetes y comienza a contarlos mientras Nadim mira el dinero con coidicia. “He tenido que vender los sillones de mi casa, las alfombras, hasta la estufa para poder comprar un Kalashnikov. Mi mujer me dio, incluso, sus propias joyas, pero no pude aceptarlas”, agrega Mohamad.

Nadim vuelve a contar el dinero. Todo está correcto. Le entrega al guerrillero uno de los rifles que tiene apoyados en el salón de su casa, pero sin munición. “Las balas van aparte”, afirma. “Cada una de ellas cuesta tres dólares”, sonríe. La sonrisa le delata. Un Kalashanikov es capaz de disparar 600 balas por minuto. Si su cliente es de gatillo fácil, en un minuto podría ganar hasta 1.800 dólares. Nadim abre un pequeño armario bajo el televisor, saca tres cargadores llenos de municiones y se los entrega a Mohamad.
“Yo he tenido que vender hasta el coche para poder comprarme un rifle y munición”, confiesa otro soldado mientras se atusa la barba. Nadim atiende a uno y a otro mientras el teléfono no para de sonar: más clientes.

“Sí, sí, puedes pasarte cuando quieras”, afirma este traficante mientras suelta una risa estridente. El supermercado de la guerra se prepara para la inminente ofensiva; ese día, cada soldado rebelde empuñará un arma de Nadim.

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