Las tropas de Al Asad bombardean la ciudad de Binnish


Reportaje de A. Pampliega publicado por AFP

El pánico se podía ver  grabado a fuego en sus ojos glaucos a través de la ventanilla del coche. Apretó a su pequeño contra su pecho mientras las lágrimas resbalaban por sus pálidas mejillas. Echó un último vistazo a su hogar y bajó la cabeza mientras el vehículo sorteaba, entre las callejuelas, a cientos de personas que cargaban sus enseres de más valor en coches, taxis, motocicletas, furgonetas o camiones. Huye, junto a toda su familia, a Turquía… y en el fondo de su alma sabe que es posible que jamás vuelva a ver su hogar.

La guerra, enmascarada en forma de bombas, acababa de golpear con crueldad en la ciudad de rebelde de Binnish (40.000 habitantes), el último bastión del Free Syrian Army en el norte de Siria, cogiendo a sus miles de habitantes desprevenidos. Todo el mundo era consciente que tras la caída de Idlib y la toma, ayer, por parte del ejército gubernamental de Serman, esta ciudad sería su siguiente objetivo… pero nadie imaginaba que su tiempo se acababa de agotar.

Cinco minutos antes del incio del bombardeo los habitantes de Binnish eran ajenos a lo que estaba a punto de suceder. Un pastelero prepara un dulce. Fotografía Ricardo García Vilanova

Los primeros obuses comenzaron a caer sobre las afueras de la localidad procedentes de los carros blindados situados en un asentamiento militar cerca de la vecina Sermen (a 6 kilómetros al este), sobre las 21:30 de la noche (hora local). Con cada deflagración el pánico, el miedo y el temor comenzaron a propagarse entre los civiles. En cuestión de segundos miles de personas comenzaron a huir despavoridas por la carretera que conduce hasta Taftanaz. Sus peores temores se habían cumplido… la ciudad estaba punto de caer en manos de las tropas del régimen.

Los primeros instantes fueron de caos e incertidumbre. Tras el sonido de cada explosión el rostro de los habitantes de Binnish se fue tornando sombrío. “Tranquilos, tranquilos… Ese sonido proviene de Sermen. No tengáis miedo”, afirmó a AFP un lugareño mientras continuaba cortando el pelo a un cliente en su peluquería, situada cerca de la plaza de los Mártires. Pero una tras otras, las detonaciones se escuchaban con más claridad… En las arterias principales de la ciudad las carreras de  los rebeldes de un lado a otro eran una constante. No había duda… Estaban atacando Binnish.

Cientos de soldados del Free Army se iban repartiendo en pick-up, coches, motocicletas e incluso camiones en dirección a las posiciones repartidas por toda la ciudad para defender la ofensiva que se cernía sobre ellos. RPG. Ametralladoras M-50. Kalanshnikov… Armados hasta los dientes,  los hombres iban a luchar hasta su último aliento por evitar la caída de la ciudad.  “Hemos colocado minas anticarro y minas antipersona alrededor de Binnish. Cada avenida, cada calle y cada callejón de esta ciudad tienen colocadas minas y explosivos preparados para ser detonados cuando los tanques y las tropas del régimen decían entrar en el interior de la ciudad. No nos vamos a rendir sin presentar batalla… Vamos a vender cara nuestra vida”, afirma el general Abu Abdel Kader, comandante en jefe de las fuerzas rebeldes en Binnish.

Las explosiones se siguen sucediendo mientras la avenida principal de la ciudad comienza a vomitar centenares de coches cargados de civiles con el miedo en el rostro esculpido por el cincel de la guerra. Faros tintineantes que penetran en la oscuridad de una ciudad que estaba siendo castigada por las fuerzas del régimen. Mientras el goteo de desplazados era una constante desde el Free Syrian Army clamaban a voces para que la gente se quedase en su casa. “Quedaros, quedaros. No pasa nada”, reza una voz metálica desde los altavoces de un coche con la bandera rebelde pintada a mano. Aquellas arengas parecían más una broma macabra de un perturbado que de alguien consciente de lo que estaba ocurriendo a su alrededor. “Preferimos la libertad a la vida”, continuaba gritando un fuera de sí.

Miembros del Free Army piden a la población que no abandone la ciudad de Binnish y que permaneza su casa mientras las bombas del régimen continuaban cayendo. Fotografía Ricardo García Vilanova

Las explosiones de las bombas fueron sustituidas por fuego de armas ligeras y de ametralladoras. Los soldados del Free Army luchaban cuerpo a cuerpo contra la maquinaria del régimen que marchaban desde el este. Los rebeldes cuentan con un grueso de  “al menos cinco centenares de hombres” repartidos por toda la ciudad esperando el golpe de gracia. Las barricadas están situadas en posiciones estratégicas de la ciudad para dificultar el avance del enemigo, pero saben que nada puede parar a los blindados. “Si deciden entrar aquí nada será capaz de detenerlos… Pero, si Dios quiere no vendrán a por nosotros”, comenta Abu Salim, el segundo al mando de los rebeldes.

Poco a poco los tambores de la batalla van apagándose y un silencio comienza a cubrir cada avenida, cada calle y cada callejón cual manto de muerte. La ciudad está completamente desierta. Disparos esporádicos a lo lejos… Pero silencio. Un silencio que sobrecoge y acongoja. Sólo los perros, rebuscando entre la basura, son los únicos que se han atrevido a salir a la calle de esta ciudad fantasma. “Ha sido sólo un aviso para que los civiles se vayan. Todos los que decidan quedarse será para morir”, comenta Abu Adbu conscientes del incierto final que les aguarda. Él ha decido quedarse hasta el final… y junto a este horondo hombre, su mujer y sus cuatro hijos.

Las primeras luces del día traen consigo nuevos bríos de guerra. En la vecina Sermen el ejército sido golpeando sin piedad. El humo es visible; y las explosiones y tiroteos perceptibles desde cada rincón de esta ciudad. La batalla final enfila  su última recta.

Los pocos aldeanos que han decido quedarse se afanan en limpiar los escombros y cascotes de sus casas para continuar con su vida diaria. “Estaba rezando quince minutos antes en esa misma habitación”, afirma a AFP una vecina de Binnish que no es consciente de la suerte que ha tenido. Un obús entró por el tejado, dejando un agujero de un metro cuadrado, y salpicando toda la estancia de esquilarlas de metralla. Las paredes, salpicadas de viruela… narran una tragedia que no se produjo. “Tenemos miedo de que se produzcan nuevos ataques y nos vamos a ir a otras ciudades. Las bombas no distinguen entre hombres, mujeres y niños… Todos podemos morir en el próximo bombardeo. Desde hace 10 días (fecha del último bombardeo) vivimos aterrorizados porque todo Binnish está cercado por el ejército del régimen”, afirma Salem a AFP mientras nos muestra los destrozos que la metralla a causado en su casa.

Cerca de esta vivienda horadada por la muerte, en un edificio de tres plantas, otro proyectil entró por la azotea y fue a parar contra el descansillo de la escalera. El polvo, los escombros y los cascotes cubren cada rincón. En el momento del impacto, el dueño de la casa, criador de canarios, estaba en la cocina. Eso fue lo que le salvó… El salón, salpicado de cristales vomitados por las ventanas de la estancia y las habitaciones vacías, recogen una triste historia. La familia cogió lo básico y salió huyendo de la ciudad. La muerte acababa de llamar a la puerta de su casa… quizás la próxima vez no tendrían tanta fortuna.  La espada de Damocles se balancea sobre esta ciudad… ya sólo es cuestión de tiempo esperar el golpe de gracia.

Los habitantes de Binnish salieron al día siguiente a la calle para protestar, como cada viernes, contra el régimen sirio. A pesar de su coraje, el miedo estaba reflejado en su rostro. Fotografía Ricardo García Vilanova

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