“Espero poder regresar algún día a mi país”


Reportaje de A. Pampliega publicado por AFP

Nafisa duerme profundamente ajena a todo. A su lado, Fátima, su madre comienza a hacerla carantoñas para arrebatarla de los brazos de morfeo. Le susurra tiernas palabras mientras la niña abre, poco a poco, los ojos… Estira los brazos y bosteza. Su madre sonríe y le da un beso en la frente. Los primeros rayos de sol han comenzado a asomarse por el horizonte bañando los campos de cultivo de Siria.

En unas pocas horas, si todo marcha bien, estarán al otro lado de la frontera; en Turquía, para empezar de cero lejos de las garras de la guerra. El pequeño Alí, a su lado, ya vestido, juega con un pequeño tractor naranja por la alfombra de la habitación. El pequeño corretea por la estancia feliz mientras sus padres se afanan en guardar las pocas pertenencias que han podido cargar con sigo en varias bolsas de deporte a punto de reventar. Apilan los bultos en una fría esquina de la casa donde han tenido que pasar la noche. “Me llevo a mi familia lejos de Siria. Jamás me perdonaría que les pasase algo… Me rindo, no puedo seguir luchando más. Espero por regresar algún día a mi país…El día en el que seamos libres y el tirano se haya marchado para siempre”, afirma Ahmed Ben Habib mientras apura un cigarrillo. Este hombre, de 30 años, junto con su familia consiguió escapar de la ciudad de Idlib después de la dura ofensiva lanzada por las tropas de Bachar Al Asad. Cargó en su coche varias bolsas y condujo hasta ponerlos a salvo a todos. “Los soldados tenían rodeada la ciudad. Tuvimos que huir de noche… Comenzaron a dispararnos, pero gracias a Dios no pasó nada. Nos quedamos unos días en casa de unos amigos y hoy cruzaremos la frontera”, sentencia mientras no puede reprimir un largo y profundo suspiro.

Los ojos de este joven hombre han visto horrores inenarrables. “Los soldados detenían a la gente, la ataban las manos a la espalda, la rociaban con gasolina y les prendían fuego… Por eso huimos; porque tenemos miedo”, comenta mientras ayuda a su hermano, Mohammad a ponerse en pie. El joven resultó malherido hace varios meses en su pierna izquierda por culpa de la esquilar de un proyectil; apenas puede valerse de sí mismo para andar y tiene que apoyarse en el hombro de su hermano mayor. Necesita llegar urgentemente a Turquía si no quiere quedar lisiado para siempre. “No me atreví a ir a los hospitales públicos. Allí los médicos y los enfermeros torturan a los heridos hasta que confiesan… Aunque no hayan hecho nada. Incluso ponen inyecciones letales a los pacientes”, comenta este joven mientras una mueca de dolor se le dibuja en el rostro a cada paso que da. Son las siete de la mañana…

Llaman a la puerta. “Yallah, Yallah (vamos, vamos, en árabe)”, canturrea uno de los cuatro hombres que conducirán a la familia y al equipo de periodistas de AFP hasta la frontera con Turquía para que puedan abandonar ilegalmente el país. Cuatro bolsas de deporte y tres de plástico… Ese es todo el equipaje que la familia Ben Habib guarda en el maletero de un viejo ‘Kia Rio’. Al volante, un hombre del Free Syrian Army chequea por un walkie-talkie el estado de las carreteras. “Todo despejado hasta destino”, escupe una voz metálica entre cortada.

La comitiva se pone en camino desde Sardana, a unos 15 kilómetros de la frontera… hasta un lugar seguro desde donde tendremos que ir andando hasta cruzar la valla que separa Siria de Turquía. El coche devora los kilómetros a toda velocidad esquivando barricadas colocadas por los rebeldes a lo largo del camino… atravesamos varios pueblos donde los aldeanos nos observan intrigados y con envidia por poder abandonar el país.

Una familia de refugiados sirios espera, junto a la alambrada que separa Siria de Turquía, a la llegada de los soldados turcos para poder pasar y obtener el estatus de refugiados. Fotografía Ricardo García Vilanova

Los coches se detienen en un huerto de olivos donde otras cuatro personas, con varias bolsas a sus pies, esperan sentadas a la sombra. Hoy, en total, cruzaremos10 personas la frontera… La marcha es lenta y penosa. La mañana ha impregnado de rocío los campos sirios convirtiendo la tierra en barro. Uno de los hombres del free Army carga sobre su espalda a Mohammad… Es la única forma de que pueda alcanzar la frontera. Unos metros más atrás Nafisa y Ali caminan, al final de la comitiva, de la mano de su madre… Les cuesta avanzar y hacen que la marcha se detenga en varias ocasiones hasta que su padre decide cargar con la más pequeña sobre sus hombros. La carencia de la respiración se entremezcla con el trinar de los pájaros; los hombres hablan a susurros… Es posible que haya soldados del régimen apostados a lo largo de la frontera para evitar la fuga de refugiados. Toda precaución es poca. Nos detenemos a descansar tras un olivo centenario, alejados de la carretera y de miradas indiscretas. “Los que huimos del país lo hacemos porque estamos amenazados de muerte por el régimen… Tras la toma de Homs e Idlib ya no tenemos esperanzas”, comenta a AFP Abu Mustapha. “Tengo a toda mi familia en los campos de refugiados de Turquía y me voy a reunir con ellos”.

A lo lejos, mecida por el viento… Una enorme bandera de color rojo. Turquía… En lo alto de la loma un pequeño cuartel militar domina la llanura. La comitiva se detiene, después de una hora de marcha, a escasos metros del alambre de espino que delimita los dos países. Uno de los rebeldes llama por teléfono y comienza a hablar. La gente se sienta en el suelo a esperar… La incertidumbre y la inquietud se apoderan del grupo. Miran para el cuartel esperando movimiento; pero no ocurre nada. Miradas de temor invaden el rostro de los desplazados. Si los turcos no les aceptan no tendrán más remedio que volver a sus hogares; y a muchos les espera una muerte más que segura… Otra opción sería volver a intentarlo mañana o pasado… y así hasta poder cruzar al otro lado.

Tras media hora de espera dos vehículos militares descienden de la loma en dirección a la valla fronteriza. Varios uniformados descienden de los coches y saludan a los refugiados. Una sonrisa… Buenas palabras… gestos que cuesta creerlos viniendo de donde vienen. Dos rebeldes cruzan la frontera y saludan cortésmente al capitán turco. Le estrechan la mano. No es la primera vez que estos hombres pasan a refugiados por este lado de la frontera. De hecho… lo hacen cada día desde hace más de un año, ellos son los encargados de escoltar fuera de Siria a los miles de refugiados que han ido abandonando el país durante este último año.

En un punto del alambre de espino los rebeldes han colocado una pesada puerta metálica dejándolo a ras de suelo y abriendo una puerta a la libertad. Mohammad es ayudado por su hermano a cruzar la frontera; los soldados turcos colocan una colchoneta en el suelo para que se pueda sentar a descansar hasta que venga la ambulancia… El resto de hombres se van poniendo en fila de a uno y van cruzando al otro lado. Allí los cachean y revisan sus bolsas para comprobar que no llevan armas consigo. Los pequeños, junto con su madre, son los últimos en pasar. Nafisa mira hacia atrás… Un último vistazo al que ha sido su hogar durante tres años.

Los militares turcos ofrecen a los recién llegados un vaso de agua y les invitan a sentarse en el suelo mientras, uno a uno, van preguntando por sus nombres y apellidos. No hay malas caras, ni malos gestos… La ambulancia no tarda en llegar. Dos enfermeros descienden de ella rápidamente para revisar la pierna de Mohammad. Lo colocan en una camilla y se lo llevan al hospital de Reyhanli, a 10 kilómetros de distancia. “Todos los días recibimos pequeños grupos de refugiados en Turquía. Sobre todo se producen antes y después de cada ofensiva. Son familias enteras u hombres que acuden a reunirse con sus mujeres y a sus hijos en los campos de refugiados”, afirma a AFP el capitán Toremis. “Les pedimos su identificación… y los trasladamos a los campos”, sentencia.

La guerra continúa castigando a la población siria y cada día decenas de familias como la de Ben Habib emprenden un largo camino hasta la frontera para huir del caos que asola su país.

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