Minkamman, el campo de desplazados más grande de Sudán del Sur


Un grupo de desplazados llegan al puerto de Minkamman huyendo de los combates. Foto: Antonio Pampliega ©

Un grupo de desplazados llegan al puerto de Minkamman huyendo de los combates. Foto: Antonio Pampliega ©

El sol comienza a descender y a ocultarse en el horizonte. Las sombras brotan por los recovecos tiñendo de negro las aguas del Nilo Blanco. Zakaria, como cada tarde, aparca su vieja moto frente al embarcadero de la ciudad de Minkamman. Son las seis y los primeros barcos comienzan a atracar en el improvisado puerto. “Cada día cientos de personas vienen desde Bor huyendo de la guerra”, afirma este peculiar taxista de 17 años que se gana la vida transportando viajeros y mercancías de un lado a otro.

Minkamman es una pequeña urbe situada frente a Bor, al otro lado del Nilo. Es punto obligado de paso para todos los desplazados que huyen de los combates que se producen en la provincia de Jonglei y en Malakal. Es la única vía de escape. Una vía de escape que comienza a estar colapsada. Médicos Sin Fronteras (MSF) calcula que más de 80,000 desplazados internos se han asentado en esta ciudad y miles más han pasado por aquí camino de Juba, la capital, o de la cercana provincia de Yirol.

Enormes botes con docenas de personas van entrando con parsimonia al puerto. Los familiares se acercan y ayudan a descargar las mercancías y las pertenencias de los viajeros. Enormes bultos que se amontonan en la orilla. Toda una vida metida dentro de una maleta. “Huimos por la inseguridad. Mi poblado fue arrasado y varios de mis familiares fueron asesinados por los nuer”, afirma a DPA Dehr Choi Deng (31 años) y que ha cruzado a esta orilla junto con toda su familia. Dehr porta sobre la cabeza una enorme maleta y, justo detrás de él, su esposa carga con otro bulto mientras sus hijos esperan en la orilla.

Las historias de los recién llegados son similares. Todos han perdido a padres, hermanos o hijos a manos de los rebeldes. Todos tienen miedo de volver a sus hogares. Ahora… ahora no tienen nada, más que sus propias vidas. “No sé qué será de mi vida. Lo poco que tenía me lo robaron para después quemar mi casa. Sé que a mi hogar no podré volver jamás”, lamenta Elisabeth Agom (40 años) madre de seis hijos- cinco de ellos asesinados en la ciudad de Bor por los rebeldes.

Hace dos décadas las tropas comandadas por el entonces líder rebelde Riek Machar- hoy ex-presidente de Sudán del Sur- arrasaron Bor y sus alrededores matando a más de 5,000 personas. La histórica animadversión entre dinka y nuer- utilizada por el Gobierno de Jartum en su propio beneficio- vuelve a poner al descubierto un odio ancestral entre las dos etnias mayoritarias del país. La historia de odio, muerte y venganza se repite una vez más. “Jamás podré perdonar a los nuer lo que han hecho a mi familia”, advierte una Elisabeth de rostro cansado por el viaje y mirada triste. La mujer se pierde entre la multitud en busca de un sitio para poder pasar la noche junto con su única hija.

Cerca de 80,000 personas viven en este inmenso campo de desplazados. Foto: Antonio Pampliega ©

Cerca de 80,000 personas viven en este inmenso campo de desplazados. Foto: Antonio Pampliega ©

Cientos de miles de tiendas tiñen las estepas de Minkamman. Plásticos. Palos. Barro… Cualquier cosa sirve a los desplazados para improvisar un pequeño refugio que convertirán en su nuevo hogar. Pero la situación, ahora que se acerca la época de lluvias, es crítica. “La situación es de extrema gravedad. Hay alto riesgo de contagio de enfermedades como el sarampión o como el cólera”, advierte Katy Brown, enfermera de la ONG médico humanitaria. Esta organización ha vacunado a cerca de 50,000 desplazados, además de dar cobertura médica con 5 clínicas y un hospital y de facilitar más de 500,000 de litros cúbicos de agua potable.

“Cuando estalló el conflicto- 15 de diciembre de 2013- miles de personas comenzaron a cruzar desde Bor. Aquí se encontraron en la miseria más absoluta. Improvisaron unos refugios. La necesidad les llevó a beber directamente del Nilo, con todos los riesgos de enfermedades que eso conlleva”, sentencia Brown.

Juk Deng Dnui se pasea con su bastón por la aldea. El anciano, tiene 70 años aunque no lo sabe con certeza- busca refugio bajo un tupido árbol. Se seca el sudor de la frente y vuelve a colocarse su sombrero. Tiene la mirada perdida y está fatigado. La vida, 20 años después, vuelve a castigarlo con crueldad. Hace 20 años Juk vio como su mujer era asesinada por los nuer. “Estaba enferma. No podía moverse y la asesinaron en la cama”, recuerda. La guerra, ahora, lo ha echado de su casa. Juk está cansado, agotado de tanta muerte. De tanto odio. “Lo he perdido todo. Me han echado de mis tierras y de mi casa, no tengo nada. Sólo quiero morirme de pena”, relata con lágrimas en los ojos. “Jamás pensé que a mis años me vería mendigando comida para poder sobrevivir”, se lamenta. Este anciano vive con varios de sus hijos que, como él, también tuvieron que hiur de Bor para escapar de la brutalidad de los nuer.

La época de lluvias será un momento crucial para estos miles de personas que mal viven en Minkamman. La crecida del Nilo obligará a tener que encontrar un nuevo emplazamiento para los cerca de 80,000 desplazados a lo que habrá que sumar el desbordamiento de las letrinas y la contaminación del agua potable con las aguas fecales por lo que el riesgo de enfermedades se multiplicará. “MSF llevará a cabo una segunda ronda de vacunaciones coincidiendo con la temporada de lluvias para tratar de minimizar el contagio del cólera entre los desplazados”, comenta Katy Brown a esta agencia.

Los desplazados miran al cielo con temeridad. El miedo se les refleja en la cara. Les esperan meses muy duros y saben que las tiendas de lona, que han improvisado como refugio, no resistirán las lluvias torrenciales que azotan esta zona del Nilo durante tres meses. “Ahora me preocupa más la lluvia que la guerra”, se sincera Philip Awan.

Las mujeres se ganan la vida llevando bidones de agua durante todo el día. Foto: Antonio Pampliega ©

Las mujeres se ganan la vida llevando bidones de agua durante todo el día. Foto: Antonio Pampliega ©

Philip vive junto con su mujer y sus tres hijos en una endeble tienda de plástico que se sostiene con varios palos de madera que ha podido arrancar de algunos árboles cercanos. Es más que consciente que no aguantarán las embestidas del agua. “Tendremos que huir a otra parte del país o refugiarnos en algún país cercano hasta que pase la temporada de lluvias para luego volver a casa”, reconoce. Philip no es el único desplazado en Minkamman al que le ronda esta idea por la cabeza. “El gobierno nos debería ayudar proporcionándonos lugares donde refugiarnos. Si no fuese por las organizaciones internacionales estaríamos totalmente desamparados y abandonados a nuestra suerte”, comenta un vecino de Philip indignado con el gobierno de Salva Kiir. “Está demostrando que el pueblo le da exactamente igual, solo quiero mantenerse en el poder. Y por eso lo único que hace es combatir y combatir contra los rebeldes pero se ha olvidado del pueblo, el pueblo que le votó y le convirtió en presidente”, asevera.

Mientras se acercan las primeras lluvias el drama de la guerra continúa en Sudán del Sur y, según Naciones Unidas, ha obligado a un millón de personas a dejar sus hogares. Un cuarto de millón se han refugiado en los países vecinos y el resto vaga por campos de desplazados como este de Minkamman.

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Un pensamiento en “Minkamman, el campo de desplazados más grande de Sudán del Sur

  1. Me es imposible entender el por qué de las guerras y el por qué de tanto odio entre pueblos hermanos.

    Crudísimo reportaje, Antonio.

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