Los niños perdidos de Sudán del Sur


Nyayath sigue teniendo la esperanza de volver a ver a sus hijos. Fotografía: Antonio Pampliega ©

Nyayath sigue teniendo la esperanza de volver a ver a sus hijos. Fotografía: Antonio Pampliega ©

Nyayath tiene la mirada perdida en la inmensidad del pasillo. La pena la consume por dentro. La tristeza la emponzoña el alma quitándola las ganas de vivir. Sus ojos han llorado tanto que hace tiempo que dejaron de producir lágrimas. Su rostro permanece impertérrito cuando la enfermera comienza a cambiarle los vendajes de su pierna izquierda. Nyayath mira el muñón un instante. Permanece callada.

Nyayath está sola. Completamente sola. Y esa soledad la suma en una profunda tristeza. Nyayath no podrá celebrar el día de la madre con sus pequeños. Lleva más de dos meses sin saber nada de ellos. Los ojos de la mujer siguen fijos en el pasillo. Espera verlos aparecer por él y correr hacia ella. Nyayath parpadea. Su vida dio un giro de 180º cuando los rebeldes entraron en su ciudad, Malakal, y comenzaron a cazar a todas las personas que encontraron a su paso. Una bala perdida hirió a Nyayath en la pierna y estuvo escondida durante cinco días. Al final, la herida se gangrenó y cuando la rescataron solo pudieron amputársela. “Durante el ataque sus hijos y su marido huyeron de la casa. Desde entonces no ha vuelto a saber nada más de ellos. No sabe si están vivos o muertos”, revela el doctor Wani Lolik Lado, director general del hospital Universitario de la ciudad de Juba. Nyayath mira al doctor y suspira escuchando de sus labios su propia historia. Sus ojos vuelven a buscar la infinidad del pasillo. Sigue esperando.

Abou Jok  reocrre los pasillos del hospital de Juba con su madre. Fotografía: Antonio Pampliega ©

Abou Jok reocrre los pasillos del hospital de Juba con su madre. Fotografía: Antonio Pampliega ©

Este hospital universitario es un pozo de ánimas tristes. La podredumbre. La miseria. El horror. La muerte. La guerra. Impregnan sus paredes desconchadas. Abou Jok tiene sólo 12 años y no puede hablar. La tristeza se comió sus palabras y desde hace más de un mes permanece internada en el área psiquiátrica del hospital. El doctor George Nazario, responsable de esta planta, la ha diagnosticado estrés postraumático. Pero lo que la verdad la pasa es que la pena la ahoga. “Los combates estallaron de noche en Bor. Su padre trató de ponerla a resguardo en uno de los botes con la gente que huía de la ciudad. Los rebeldes acribillaron a los civiles y su padre murió mientras la protegía. Murió abrazado a ella”, relata la madre de la pequeña tomándola de la mano y mirándola con toda la dulzura con la que solo una madre puede mirar a un hijo.

Las historias que llenan este hospital hablan de la crueldad de una guerra tribal que ha sumido a Sudán del Sur en un erial donde solo la muerte, con su afilada guadaña, sonríe. “La mayoría de pacientes que recibimos en el hospital no tienen más de 18 años. Los niños son los más afectados por la guerra. Vienen con estrés postraumático o con depresiones por todo lo que han visto estos últimos meses”, comenta George Nazario. Este doctor, que lleva más de dos décadas ejerciendo su profesión en el área de psiquiatría, jamás ha tenido que tratar a tantos niños en tampoco tiempo. “Se acabarán reponiendo gracias a la medicación y volverán a tener una vida normal, pero las secuelas las tendrán para toda la vida. Son heridas invisibles pero que no siempre se acabarán curando”, se sincera.

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