Morir de sed entre las ruinas de Alepo


Varios vecinos de un barrio de Alepo hacen cola para llenar sus bidones con agua. Fotografía: Antonio Pampliega ©

Varios vecinos de un barrio de Alepo hacen cola para llenar sus bidones con agua. Fotografía: Antonio Pampliega ©

La guerra civil siria está librando su última batalla en Alepo tras la caída de Homs. La derrota de la ciudad estandarte de la revolución ha sido un duro golpe para los insurgentes. Los frentes están enquistados. Mientras, Alepo agoniza, medio muerta de sed y hambre. Los intensos bombardeos sobre las zonas habitadas han provocado un éxodo generalizado.

El sonido del avión de combate hiela la sangre. La gente corre a esconderse en el interior de tiendas y portales. Busca refugio ante lo inevitable. Mira al cielo. El ruido se hace más intenso. El MIG sobrevuela el barrio de Bustan Al-Qaser. Y, de repente, ¡booomm!, un edificio de cinco plantas queda reducido a polvo y escombros. Los civiles salen de sus escondites y continúan con su camino, sin apartar los ojos del cielo.

Las calles de este barrio del centro de Alepo, la ciudad más grande de Siria, están prácticamente vacías. Los vendedores ambulantes se recuestan sobre sus puestos, dormitando. Otros tratan de apartar las moscas que revolotean sobre un género caduco y que se marchita como Siria. Hay más puestos de fruta y verdura que clientes. Los intensos bombardeos sobre las zonas habitadas han provocado un éxodo generalizado. Apenas queda el 10% de los habitantes de Alepo.

‘La ciudad se ha vaciado por completo. Hay muy poca gente porque tienen miedo a los barriles explosi…’. Una nueva explosión interrumpe la entrevista. El polvo inunda las calles del barrio. ‘Ahí tienes la respuesta a por qué la gente se ha marchado de Alepo’, responde Abdullah Mohammad“La ciudad se ha vaciado por completo. Hay muy poca gente porque tienen miedo a los barriles explosi…”. Una nueva  explosión interrumpe la entrevista. El polvo inunda las calles del barrio. “Ahí tienes la respuesta a por qué la gente se ha marchado de Alepo”, responde Abdullah Mohammad Al-Karma, responsable de la ONG Organización Libre, que da cobertura a los civiles más necesitados.

Alepo es una ciudad fantasma. Fotografía: Antonio Pampliega ©

Alepo es una ciudad fantasma. Fotografía: Antonio Pampliega ©

En los últimos seis meses, más de 2.000 personas han muerto por culpa de los barriles explosivos que lanza la aviación siria. Lanueva modalidad de muerte en Alepo viene desde el aire en forma de barriles repletos de TNT. Capaces de reducir edificios de cinco plantas a la nada más absoluta, son más baratos que los misiles o los cohetes convencionales y su poder destructivo infinitamente superior. Esto ha provocado que la ciudad esté prácticamente vacía; los pocos que han decido resistir viven con pavor cada vez que escuchan el sonido de una aeronave sobrevolando sus cabezas.

“Si me marcho, ¿quién ayudará a la gente?”

Con una media diaria de más de un centenar de barriles bombas, misiles, cohetes y proyectiles de artillería, los habitantes de Alepo consideran que un día ha sido especialmente bueno cuando la cifra no sobrepasa los cincuenta. La ciudad paga las consecuencias de tanta barbarie y destrucción en forma de edificios derruidos, columnas de humo, cascotes y escombros. Y de muertos, sobre todo de muertos.

“He pensado en irme. Abandonar Alepo y no volver nunca más”, comenta Khaled Hjo, jefe de la brigada de Protección Civil encargada del barrio de Masaki Hanano. “He visto muchos muertos. Demasiados…”. Este antiguo estudiante de Derecho en la Universidad de Alepo se avergüenza al reconocer que ha estado a punto de huir en varias ocasiones; como cuando vio a más de 50 personas calcinadas en medio de la calle después de que varios barriles arrasaran una avenida llena de tiendas de alimentación. “Ese día pensé en irme lejos de aquí, pero, si me marcho, ¿quién ayudará a la gente? ¿Quién se jugará la vida para tratar de rescatarlos bajo los escombros?”, se pregunta.

Como Khaled, hay miles de civiles que han decidido permanecer en sus hogares y resistirse a la huida a Turquía o a los pueblos de la periferia de la ciudad de Alepo, donde también hay continuos bombardeos. Para ellos, el día a día en esta ciudad semidestruida es una cuestión de supervivencia, donde la muerte aguarda a la vuelta de la esquina disfrazada de barril explosivo, bala de francotirador o hambruna.

El héroe de las marmitas

Tres pequeños aguardan pacientes. En la mano, un cubo de plástico. Permanecen en silencio, mirando a todos lados. Sienten vergüenza. Y tratan de que la gente no reconozca sus caras. Han venido a buscar algo de alimento que llevarse a la boca. “Repartimos, cada día, cerca de 400 kilos de comida que reciben más de 1.000 familias en toda la ciudad de Alepo. Sin nosotros habría centenares de personas rebuscando entre la basura”, afirma Loaae Alwali, responsable de esta cocina clandestina.

En el sótano de un edificio ubicado en un barrio del centro de Alepo, seis marmitas dormitan sobre otros tantos fogones. En su interior se cuecen varios kilos de garbanzos y arroz, la comida de hoy. “Llevamos dos años en guerra. La gente que era rica hoy es pobre y los pobres están muertos. Somos la única esperanza para mucha gente”, comenta Abdullah Mohammad Al-Karma, responsable de la ONG.

Activistas sirios han creado el hastag #Save_Aleppo para denunciar los bombardeos Fotografía: Antonio Pampliega ©

Activistas sirios han creado el hastag #Save_Aleppo para denunciar los bombardeos Fotografía: Antonio Pampliega ©

‘Estamos desabastecidos. No podemos hacer nada por los pacientes más que vendarlos y mandarlos en una ambulancia hacia la frontera; algunos no resisten el viaje’, afirma el enfermero Hoseifa, que ha decidido quedarse en Alepo hasta las últimas consecuenciasEn Tared Al-Bab la situación es parecida a la de otros barrios de Alepo. No hay una casa que esté intacta. Todas tienen los cristales rotos y las fachadas agujereadas por la metralla de los morteros. Varios edificios están esparcidos por la calzada, debido a la última explosión ocurrida hace dos noches. Varios coches cargados de rebeldes transitan la calle de un lado a otro camino de la primera línea de combate.

Un grupo de niños empujan un carrito lleno de bidones de color azul. El agua rebosa y moja el suelo. Sólo hay que seguir el reguero que han dejado los chiquillos para encontrar a los pocos vecinos de este barrio. Se arremolinan alrededor de un sencillo grifo de metal. Los cubos, las botellas, los bidones y hasta las cazuelas –todo sirve– van llenándose de agua. La gente hace cola pacientemente. “Llevamos más de un mes sin agua. Hemos recorrido varios barrios de la ciudad en busca de agua para llenar los bidones”, comenta Abu Mohammad mientras guarda en el maletero de su coche varias garrafas de agua.

La ciudad de Alepo se muere de sed. Meses atrás los cortes de agua han dejado a la ciudad sin suministro, lo que sumado a la deficiente red eléctrica de la ciudad impide que la gente pueda sacar agua de los pozos, ya que recurrir a un generador es una quimera. “Sin dinero para comer, cómo vamos a gastarnos lo poco que nos queda en comprar un generador y llenarle el depósito”, se queja un hombre que lleva más de un año sin trabajar, por lo que se dio a la venta ambulante. Pero con la ciudad vacía, sus ingresos han descendido considerablemente y no puede alimentar a su familia, de ocho miembros.

La revolución siria agoniza

Otro de los bienes que escasean en Alepo son los médicos. Sólo quedan 22 en toda la ciudad y muchos de ellos están pensando, seriamente, en huir a Turquía. La victoria del régimen parece más que segura y tienen miedo a las posibles represalias. “Tendré que dar a luz en Turquía. Me gustaría que mi hijo naciera en Siria, pero es imposible”, afirma Ghada, embarazada de ocho meses. Esta mujer ha desistido de buscar un médico que pueda atenderla durante el parto. Además, las condiciones precarias en las que se encuentran los hospitales de la ciudad no invitan a dar a luz en ellos.

“Estamos desabastecidos y muchas veces no podemos hacer nada por los pacientes más que vendarlos y mandarlos en una ambulancia hacia la frontera; algunos no resisten el viaje y mueren por el camino”, afirma el enfermero Hoseifa, que ha decidido quedarse en Alepo hasta las últimas consecuencias, aunque eso signifique la muerte.

En el sótano de un edificio, seis marmitas dormitan sobre otros tantos fogones. En su interior se cuecen varios kilos de garbanzos y arroz. ‘Llevamos dos años en guerra. La gente que era rica hoy es pobre y los pobres están muertos. Somos la única esperanza para muchos’, comenta Mohammad. La guerra civil siria está librando su última batalla en Alepo tras la caída de Homs. La derrota de la ciudad estandarte de la revolución ha sido un duro golpe para los insurgentes. Los frentes están enquistados. Hace casi dos años que la revolución se extendió como un veneno por las principales arterías de la ciudad pero, desde hace meses, todo permanece estático. Ni hacia delante, ni hacia atrás.

Los rebeldes se ven incapaces de ganar terreno frente a la maquinaria bélica de un régimen que ha resurgido con vitalidad gracias a la aparición del ISIL (Estado Islámico de Ira y Levante), la milicia vinculada a Al Qaeda que le ha hecho el trabajo sucio luchando contra los rebeldes y dejándoles, en muchas ocasiones, el camino libre para reconquistar territorio.

La realidad en Alepo es que los rebeldes están cansados y se ven superados en número y en armamento por un régimen que castiga duramente las posiciones de los alzados con artillería pesada y aviación. La revolución agoniza y con ella, la ciudad de Alepo.

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