Luchando contra la muerte en el infierno de Alepo


Miembros de las Brigadas de Protección Civil rescatan el cuerpo de una niña. Fotografía: Antonio Pampliega ©

Miembros de las Brigadas de Protección Civil rescatan el cuerpo de una niña. Fotografía: Antonio Pampliega ©

“¡Está aquí! ¡La he encontrado!”, grita Shahad mientras hace gestos con las manos a sus compañeros para que traigan las palas y le ayuden. El joven está arrodillado. Se afana en retirar los cascotes y escombros lo más deprisa posible con sus propias manos. Una nube de polvo lo envuelve todo pero ni siquiera eso le detiene. Resopla y se limpia el sudor que resbala por su rostro con la manga del mono. “Despacio, despacio. Tiramos todos juntos. Eso es…despacio”, ordena a sus compañeros. A sus pies. Semienterrada aparece la cabeza de la pequeña a la que llevan más de una hora buscando entre las ruinas del edificio, después de que un barril explosivo lo echase completamente a bajo.

Shahad da un suave tirón y el cuerpo de la niña es vomitado por las entrañas de la vivienda. Los gritos de “¡Allah u Akbar! ¡Allah u Akbar!”, se repiten. Pero no es momento para celebrar nada. La pequeña no se mueve. No respira. La sangre mana de su cabeza. Shahad se la entrega al padre que corre como alma que lleva el diablo hacia la ambulancia. La pequeña acabará falleciendo camino de un hospital de Turquía.

Los aviones continúan sobrevolando el vecindario que ha quedado arrasado. Fotografía: Antonio Pampliega ©

Los aviones continúan sobrevolando el vecindario que ha quedado arrasado. Fotografía: Antonio Pampliega ©

“He visto muchos muertos. Demasiados. Demasiados”, afirma negando con la cabeza y enjuagándose el sudor. “Niños. Mujeres. Ancianos… Matan indiscriminadamente y su objetivo prioritario son los civiles. Buscan hacer el mayor daño posible”, sentencia Shahad Hosain miembro de las brigadas de Protección Civil.

Barriles repletos de TNT

La nueva modalidad de muerte en Alepo viene del cielo en forma de barriles repletos de TNT. Lanzados por los helicópteros del régimen son capaces de reducir un edificio de cinco plantas a polvo y escombros. Estas ‘bombas caseras’, más económicas que un misil o un cohete convencional y su poder destructivo es infinitamente superior; han matado a 2.000 personas sólo desde enero. Han conseguido que la ciudad esté prácticamente desierta y que los pocos que se han atrevido a quedarse vivan con pavor cada vez que escuchan el sonido de los rotores de los helicópteros. “En los últimos 15 meses han muerto más de 5.000 civiles en Alepo”, afirma Khaled Hjo, jefe de la brigada de Protección Civil encargada del barrio de Masaki Hanano.

Con una media diaria de más de un centenar de barriles bombas, misiles, cohetes y proyectiles de artillería se considera un día especialmente bueno cuando la cifra no sobrepasa el medio centenar. La ciudad de Alepo paga las consecuencias de tanta barbarie y destrucción en forma de edificios derruidos. Columnas de humo. Cascotes y escombros. Y de muertos, sobre todo de muertos. “He pensado en irme. Abandonar Alepo y no volver nunca más”. Khaled se avergüenza al reconocer que ha estado a punto de huir en varias ocasiones, una de ellas cuando vio más de 50 personas calcinadas en medio de la calle después de que varios barriles arrasaran una calle llena de tiendas de alimentación. “Me quedé bloqueado. Mirando a todos lados. No entendía. No quería creer lo que estaban viendo mis ojos”, relata con el horror dibujado en sus ojos. “Ese día pensé en irme lejos de aquí, pero… si me marcho, ¿quién ayudará a la gente? ¿Quién se jugará la vida para tratar de rescatarlos bajo los escombros?”, se pregunta.

Jugarse la vida a diario

Varios vecinos sacan sus pertenencias de su casa después de que un avión destruyese el edificio colindante. Fotografía: Antonio Pampliega ©

Varios vecinos sacan sus pertenencias de su casa después de que un avión destruyese el edificio colindante. Fotografía: Antonio Pampliega ©

Y lo de jugarse la vida es literal. El pasado 9 de marzo tres de sus hombres se encontraban en el barrio de Al Haidariya tratando de rescatar a varios civiles que habían quedado sepultados tras una explosión cuando una segunda bomba cayó sobre ellos. En total ocho personas perdieron la vida, incluido el fotógrafo canadiense Ali Mustafa (de origen paquistaní y portugués), quien se encontraba realizando un reportaje sobre las Brigadas de Protección Civil. “Si uno de esos barriles cae a tu lado ni Alá será capaz de salvarte. La destrucción es total”, apunta este antiguo estudiante de derecho que decidió dejar los libros y ayudar a rescatar civiles después de que el régimen arrasara una manzana en el barrio de Ard Al-Hamra con un misil Scud.

“Aquel día murió muchísima gente atrapada bajo los escombros porque no había un equipo especializado en rescate. Así que decidimos crear las Brigadas de Protección Civil con el objetivo de ser los primeros en llegar y salvar el mayor número de vidas posibles”, comenta Khaled. Y desde entonces 135 personas trabajan en turnos de 24 horas los siete días de la semana en cinco lugares diferentes de la ciudad de Alepo. “La guerra no nos da ni un solo segundo de tregua para descansar, así que no nos podemos dar el privilegio de tomarnos un día libre. Si la guerra no descansa, nosotros tampoco lo hacemos”, sentencia categórico Khaled.

Una espesa nube de polvo grisáceo inunda las calles del barrio de Bab Al-Nerb. Escombros y piedras esparcidos por el suelo. Una lengua de cascotes nace del interior de una vivienda. Un barril explosivo la alcanzó de lleno reduciéndola a la nada más absoluta. La visión es apocalíptica. “¡Vamos, traedme una venda! ¡Vamos!”, chilla uno de los miembros del equipo cuyo cuerpo serpentea bajo el techo derruido de la casa. Allí, una mujer permanece semienterrada. Está viva aunque la explosión la ha destrozado la mano izquierda y tiene la cara cubierta de polvo y sangre. Un familiar traer un pañuelo, de uno de los armarios desvencijados del interior de la casa, para cubrirla. La mujer mira aturdida a los hombres que afanan por liberar sus piernas atrapadas a más de un metro de profundidad.

Ira contra Naciones Unidas

El equipo de Protección Civil trabajan en el interior de una casa. Fotografía: Antonio Pampliega ©

El equipo de Protección Civil trabajan en el interior de una casa. Fotografía: Antonio Pampliega ©

“¿Dónde están las Naciones Unidas y Occidente? ¿Por qué no nos ayudan como hicieron en Libia?”, se lamenta un vecino. No hay tiempo para lamentaciones. El tiempo juega en contra de los servicios de emergencia. Hay otro avión sobrevolando el barrio. La posibilidad de que caiga una segunda bomba aumenta considerablemente. En menos de media hora la mujer es liberada y trasladada al hospital de Zarzour. Pero el trabajo no ha terminado. La mujer no estaba sola en la casa. Su sobrino estaba con ella. “¡Mi hijo! ¿Dónde está? ¡Tenéis que sacarlo! ¡Tenéis que sacarlo!”, grita la mujer lanzándose a suelo sobre una manta que han colocado los miembros del equipo cuando recuperar el cuerpo bajo los escombros. Los gritos y llantos de la mujer sobrecogen el alma. Todos la escuchan pero ninguna la quiere mirar. “Todos los días lo mismo. Todos los días”, se lamenta Khaled quien contempla la escena desde la distancia. “Estoy cansado y harto de ver tanto drama”.

“¿En qué guerra mueren más civiles que soldados? Esto es una locura sin sentido alguno. No se puede matar a civiles inocentes sólo para seguir aferrado a una silla”, analiza este antiguo estudiante de derecho. Los miembros de Protección Civil logran encontrar el cuerpo del joven. Lo tapan con una manta para evitar que los padres lo vean en ese estado aunque parte de la cabeza y el brazo derecho quedan al descubierto. Aún tardarán más de una hora en lograr sacar el cadáver.

“Hemos llegado a tardar más de una semana en sacar en recuperar todos los cuerpos bajos los escombros. Con las herramientas de las que disponemos es prácticamente imposible”, se lamenta Khaled Hjo, quien continuará en primera línea tratando de salvar el máximo número de vidas posibles aunque son más las almas que se pierden.

El drama de Alepo vive silenciado. El mundo hace oídos sordos del grito de auxilio que vomitan la garganta de los sirios. El apagón mediático tampoco ayuda a abrir los ojos a la humanidad. No interesa contar lo que aquí sucede. Siria no está de moda.

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