La madre de Kobane


Hanem y Zardast en el hospital de Kobane. Fotografía: © Antonio Pampliega

Hanem y Zardast en el hospital de Kobane. Fotografía: © Antonio Pampliega

Unas profundas arrugas curten el duro rostro de Hanem. Tiene 60 años pero aparenta, al menos, 10 más. Hanem es kurda. Vive en Kobane. Es madre de una enfermera que trabaja en el único hospital que continúa operativo en toda la ciudad, el resto fueron destruidos por el Estado Islámico.

Mucho se ha escrito y hablado sobre el valor de las mujeres kurdas. Ríos de tinta que se han centrado, sobre todo, en esas mujeres que, Kalashnikov mediante, plantaron cara a los yihadistas. Las mujeres kurdas han dado la vuelta al mundo enarbolando la bandera de la libertad y de la lucha…

Hanem ya no tiene edad para combatir. Pero su misión es tan importante, o más, que la de aquellas que combaten en primera línea. Hanem, durante cinco meses- los mismos que duró el asedio a la ciudad- estuvo siempre en Kobane. No huyó. No… Ella se quedó en Kobane y durante cinco meses acudió cada día al hospital para hacer compañía a todos y cada uno de los heridos que llegaban.

“Muchos de ellos no son de Kobane. No tienen familia. Yo vengo todos los días a hacerles compañía. Hablo con ellos. Les pregunto cómo están. Les preparo té… Me he convertido en la madre de todos ellos”, dice con orgullo Hanem.

La mujer se encuentra junto a la cama de Zardast. El soldado resultó herido en combate. Una bala le entró por la garganta y le salió por la espalda. Está vivo. Tuvo suerte. Más suerte que su compañero. “Murió de un balazo delante de mí”, recuerda.

Zardast vive lejos de Kobane. No tiene familia. Está solo. Pero Hanem se ha convertido en su compañía. En sus pies y en sus manos. “Me hace los días más llevaderos. Me habla de su familia. De su vida… Me recuerda mucho a mi madre”, comenta el joven soldado.

Puede que Hanem no esté pegando tiros en el front line. Su fotografía jamás abrirá la portada de ningún periódico. Su historia no será jamás noticia; pero ella representa a esos héroes silentes. Siempre en segundo plano. Siempre lejos de los focos, pero su luz es la que más brilla.

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