Servan, un cruzado español combatiendo contra el ISIS


Servan camina entre las ruinas de Kobane. Fotografía: © A. Pampliega

Servan camina entre las ruinas de Kobane. Fotografía: © A. Pampliega

“Antes de llegar a Siria jamás había cogido un arma. Yo era pacifista y antimilitarista. Nunca me había planteado la posibilidad de empuñar un arma y ahora siempre voy con una. Se ha convertido en una parte más de mí. Es una desgracia tener que utilizarla pero es la única forma que tenemos para combatir contra al ISIS. Con ellos no se puede negociar, y es una pena”, se lamenta el joven mientras camina por las ruinas de la ciudad de Kobane Kalashnikov al hombro.

Servan, que en kurdo significa ‘combatiente’, es un joven gallego que lo dejó todo para acudir en ayuda del pueblo kurdo que estaba luchando contra el Estado Islámico. Servan representa a los nuevos cruzados del Siglo XXI. Caballeros sin espada ni armadura pero que defienden una visión romántica de la guerra. Capaces de jugarse la vida por unos ideales que consideran justos. “Mi compromiso con los kurdos va incluso a arriesgar mi vida para que ellos tengan libertad”, sentencia el cruzado.

Las imágenes que veía por televisión y por internet le empujaron a comprar un billete de avión hasta Turquía y viajar hasta la ciudad de Suruç, próxima a la frontera con Siria. Allí tuvo que ganarse la confianza de los kurdos hasta que accedieron a meterlo dentro. “Los turcos sólo permiten a los habitantes de Kobane que entren en la ciudad, al resto la entrada nos está vetada. Así que tuve entrar ilegalmente. Saltando vallas. Corriendo de noche…”, recuerda.

Miles de europeos, descendientes de musulmanes, se han enrolado en las filas del Estado Islámico acudiendo, prestos, a la llamada de la Yihad. Jóvenes desarraigados que han encontrado en el fanatismo religioso su abrigo y una excusa para matar en nombre de Alá. Mientras, del otro lado, también se pueden encontrar- aunque en menor cantidad- occidentales dispuestos a empuñar un rifle para ‘defender’ a la Humanidad del yihadismo. La globalización ha hecho que estás modernas cruzadas ya no se  circunscriban a la toma de Jerusalén 900 años atrás. Ahora la lucha es global y fratricida. Quien no lucha por Dios lo hace por poder, por dinero, por odio… Los motivos son varios. Pero el resultado siempre es el mismo: La Humanidad es la que pierde.

Servan en Kobane. Fotografía: © A. Pampliega

Servan en Kobane. Fotografía: © A. Pampliega

“La guerra da miedo, por supuesto. Sobre todo al principio. Pero una vez que estás aquí o te adaptas o te marchas”, afirma con vehemencia Servan mientras camina por entre las ruinas de Kobane. La ciudad es un enorme solar donde el 80% de las casas están destruidas o con daños considerables; y más del 75% de los civiles han huido.

“La verdad es que jamás me imaginé en medio de una guerra. Recuerdo que los primeros días el cielo estaba completamente negro por culpa de los bombardeos. Era un ambiente muy gris”, recuerda. “Al principio te sobresaltas cada vez que escuchas una bomba, un disparo o una explosión. Te asustas pero a los tres días ya ni pestañeas”.

Muertos por todos lados

Kobane es un gigantesco cementerio donde centenares de cuerpos se pudren al sol o debajo de los escombros de los edificios destrozados por la aviación de la coalición. La ciudad huele a putrefacción y a muerte. Una pierna colgando entre las ruinas de una casa deshecha a morterazos. Un cráneo mimetizado entre pedazos de hormigón. Un cuerpo partido por la mitad donde aún se puede distinguir la camiseta de FC Barcelona.  No es complicado toparse con restos de combatientes del Estado Islámico. En algunas zonas, donde los combates han sido más intensos, hay que tener cuidado donde se pisa porque muchos cuerpos permanecen semienterrados entre los edificios bombardeados.

Según las estimaciones kurdas cerca de 3,000 yihadistas habrían muerto en los combates. Una cifra que nadie puede calcular con exactitud debido a la destrucción de la ciudad- muchos cuerpos se encuentran bajo los escombros- y a que muchos cuerpos han sido volatilizados por los bombardeos aéreos. Algunos cuerpos llevan descomponiéndose desde hace meses, casi desde los primeros albores de la ofensiva contra la ciudad kurda. “Este es un cuerpo de ISIS que los kurdos aún no han retirado. Es como si fuera un muñeco”, comenta Servan mirando fijamente los restos putrefactos del yihadista.

En los bolsillos del islamista un ejemplar del Corán. “Todos los miembros de ISIS portan uno. Y este, por lo que se ve, no lo ha usado mucho porque las páginas no están desgatadas. Además, junto al Corán hemos encontrado los pasaportes”, se sincera. Líbano. Rusia. España. Francia. Reino Unido. Qatar o Alemania. “Vienen de todas las partes del mundo a hacer la Yihad”.

Servan posa con la bandera kurda de fondo. Fotografía: © A. Pampliega

Servan posa con la bandera kurda de fondo. Fotografía: © A. Pampliega

Como extranjero, la cabeza de Servan es un valioso trofeo. Tras las ejecuciones de varios Occidentales a manos del Estado Islámico, si este gallego es secuestrado correría la misma suerte, pero él le quita hierro al asunto. “Estando con los kurdos las posibilidades de que me capturen son mínimas. Es muy difícil que te secuestren estando aquí… En otras partes de Siria la cosa cambia”, se sincera.

Lo más duro de estar tan lejos de casa es, sin duda, la familia. Servan trata de hablar con sus familiares lo más regularmente posible que puede. Las circunstancias no son sencillas. Kobane no tiene electricidad, salvo los pocos generadores que hay repartidos en diferentes barrios. Internet es una utopía. Y las llamadas por teléfono son bastante esporádicas. “Mi familia sabe que estoy en Kobane. Trato de que estén tranquilos diciéndoles que en esta zona no hay peligro. Cuando llegué aún faltaba una semana para liberar la ciudad y entonces la situación era muy distinta porque te podían matar en cualquier momento. Soy capaz de tranquilar a los míos porque tengo la certeza que estoy a salvo”, comenta un emocionado Servan al que no le gusta nada hablar de su familia; como cualquier Ser Humano ese es su punto débil y rápidamente cambia de tema. “¿Sabes? Dos días después de que cesasen los bombardeos sobre Kobane ya se podían escuchar el trinar de los pájaros”, comenta dibujándosele una amarga mueca en los labios.

Los pocos vecinos que han regresado a sus casas invitan a Servan a tomar té con ellos. Se acercan. Le abrazan. Le dan las gracias por venir desde tan lejos para combatir a su lado. Están agradecidos y eso le llena de orgullo y le da fuerzas para seguir. “Me tratan como a un compañero más a pesar de la barrera lingüística. Saben que arriesgo mi vida para salvar la suya. Ese agradecimiento es difícilmente descriptible”, sentencia. “Antes de venir sólo estaría dispuesto a dar mi vida por mi familia… Pero una vez que estás aquí, estás con ellos, y donde todo el mundo está dispuesto a dar la vida por todo el mundo eso hace que no te plantees irte de aquí. Es una situación de guerra donde la gente se siente libre y unida”.

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